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(páginas 334-338)

La llegada fue una triste parodia de la visita que planeaban hacer para que John les enseñase la ciudad, lo que de alguna forma influyó en el silencio en que se sumieron mientras, ignorantes de que el college estaba lejos de la estación, caminaban con lentitud por las calles sombrías. Joe Kemp, que llevaba la gorra en la mano, se la puso de repente y miró los semáforos y los cines como si le asombrara que Oxford fuera una ciudad como cualquier otra. Para cruzar las cales tomaba a su mujer del brazo.

-¿No es aquí donde dijo que dobláramos a la derecha? -dijo la señora Kemp titubeando.

Preguntaron a un transeúnte.

No podían dejar de mirar con curiosidad los venerables edificios, las tiendas con nombres extraños y los autobuses de distintos colores, pero la angustia que subyacía en su silencio les impedía hacer comentarios. Joe solo se permitió una observación cuando, al pasar frente a una gran librería, vio un volumen con el escudo y el lema de la universidad estampados en dorado. Arrugó la frente mientras leía a trompicones:

-Domimina… nustio… illumea. -Se apartó lentamente del escaparate-. Es latín -dijo.

-Debe de serlo -repuso la señora Kemp.

Cuando llegaron al college, estaban tan nerviosos como su hijo la primera vez que cruzó las puertas. Cohibidos, vacilaron y empezaron a leer las reglas para los visitantes que colgaban enmarcadas en la entrada. En ese momento salió el capellán, que se quedó mirándolos un instante y luego se alejó presuroso.

-Vamos, Joe, pregunta allí -urgió la señora Kemp.

Joe entró respetuosamente en la conserjería, se quitó la gorra y vio que el conserje asomaba la cabeza por la puerta interior.

-Quiero ver a John Kemp -dijo-. Soy su padre.

El conserje utilizó el teléfono. Cuando colgó el auricular, le dijo a Joe que fueran directamente al dispensario, donde los esperaba la enfermera.

-¿Y podría decirme dónde está…?

El conserje le indicó el camino y Joe lo escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza. La señora Kemp aguardaba fuera, mirando los tablones de los anuncios, que al comienzo de las vacaciones estaban casi vacíos. Buscó alguna mención a su hijo y no encontró ninguna. Había una noticia referente a las actividades de una sociedad literaria que firmaba Patrick Dowling en calidad de secretario.

Joe no entendió del todo las indicaciones del conserje, pero, como no quería que las repitiera, cruzó el patio con su mujer confiando en que más adelante alguien podría ayudarles. Hacía viento. La mayoría de las habitaciones estaban vacías y tenían los postigos cerrados. Solo se usaban las de la planta baja, ocupadas por estudiantes que por alguna razón no se habían marchado al concluir el trimestre. A esa hora de la tarde el lugar parecía desierto.

-¡Qué antiguo! -comentó la señora Kemp señalando una pared con la cifra 1610 labrada en una placa de piedra.

Se detuvieron en el patio del Fundador, desorientados.

-Dijo que teníamos que pasar por otro arco -dijo Joe, indeciso-. Para llegar al jardín o algo así.

-Allí hay un estudiante. Pregúntale -susurró la señora Kemp agarrando con fuerza su bolso.

Era Christoper, que había salido de su habitación con abrigo, sombrero de fieltro y una maleta en la mano, y caminaba a grandes zancadas sin mirar a los lados. Acababa de echar un último vistazo a sus aposentos; ya había despachado sus baúles y las escasas pertenencias de John, al fin visibles, habían quedado patéticamente diseminadas. Se detuvo con impaciencia cuando el señor Kemp le salió al paso.

-Disculpe, ¿podría decirme dónde está el jardín?

-Por allí. -Christopher señaló con su mano libre-. Allí, ¿lo ve? El tercer arco.

-Gracias. ¿Y dónde está el dispensario?

-¿El dispensario? Veamos… -Christopher frunció el entrecejo-. La segunda galería a la derecha. Al final del pasaje.

-Gracias, señor. Gracias -dijo Joe Kemp aliviado-. Se lo agradezco mucho.

Christopher no dijo nada y, sin preocuparse por descubrir con quién acababa de hablar, siguió caminando rumbo a la conserjería, donde lo esperaba Elizabeth, que había ido a buscar un taxi mientras él recogía sus pertenencias de la habitación. La joven no llevaba sombrero, pero sí abrigo de pieles, aunque el día no era especialmente frío.

-Ya era hora.

-¿Has conseguido uno? Qué buena eres.

Ella le cogió el brazo libre. Sin mencionar la cuestión ni una vez se las había ingeniado para darle a entender que en Londres estaría dispuesta a ser su amante, de modo que ahora todo iba como la seda entre ellos.

Christopher dejó su maleta en el suelo para buscar dos medias coronas. El conserjer, sabedor de que el joven iba a darle una propina, salió de su cubículo.

-¿Así que ya se marcha, señor? -preguntó mirando el patio vacío-. ¿Nos dejará en paz por un tiempo?

-En efecto, Herbert. Me doy un respiro en mis arduas tareas. Bebe a mi salud durante mi ausencia. -Le tendió cinco chelines.

-Gracias señor -dijo el conserje-. Muchas gracias. ¿Conseguirá usted que se porte bien, señorita? La verdad, no sé que hará este hombre cuando el decano no lo vigile. Será como un perro vagabundo.

Elizabeth sonrió.

-Hablando de perros vagabundos -dijo Christopher-. ¿Ha decidido el college tener animales domésticos?

Señaló un perrito blanco que daba vueltas por el soportal, acercándose de vez en cuando a la pared para olisquearla con la cabeza gacha.

-Debe de haber venido de la calle -dijo el conserje, malhumorado-. ¡Ea! ¡No puedes entrar aquí!

El animal se encogió al oír la voz amenazadora y se acercó furtivamente a los jóvenes. Christopher miró su reloj y recogió la maleta. Fuera, el taxi giraba describiendo un amplio arco para detenerse junto al bordillo.

-Debemos irnos -dijo Christopher-. Hasta la vista, Herbert. Hasta dentro de mucho tiempo.

Con el bolso bajo el brazo izquierdo, Elizabeth se agachó, estiró una mano e hizo un ruidito cariñoso.

-Vamos, ven -dijo con tono zalamero.

El perro la miró y se puso a gruñir.

FIN
(Nota: 8 (hasta que aparece Jill). Como una cara B de Retorno a Brideshead)

 

Jill
Philip Larkin
Lumen

Traducción de Marcelo Cohen
Primera edición: abril de 2007

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A banner for Larkin’ Out Records’ party at the Vibe Bar. La foto original en Flickr

Una crítica con argumentos en “Libro de Arena”

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Arriba: Kingsley Amis&botellas en su estudio en 1974
Abajo: El grandísimo Anthony Powell, Kingsley Amis,
Philip Larkin y Hilary Bardwell (Londres, 1958)

 

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