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(Páginas 289-292)

Hacia las diez del día siguiente Marcel pidió aquella cerveza fresca que le iban a buscar al Ritz. Albaret partió enseguida, y Marcel murmuró a Céleste que la cerveza, como todo lo demás, llegaría demasiado tarde. Le costaba un enorme esfuerzo respirar. Céleste no podía despegar los ojos del rostro exangüe cuya barba de varios días acentuaba la palidez de las facciones. Estaba extremadamente delgado, y sus ojos brillaban con tal intensidad que su mirada parecía penetrar lo invisible. En pie al lado de su lecho, Céleste, que apenas se mantenía derecha (no se había acostado desde hacía siete semanas), seguía todos sus movimientos, procurando adivinar y adelantarse al menor de sus deseos. Bruscamente, Marcel extendió un brazo fuera del lecho: le parecía ver en la alcoba a una mujer odiosa y gruesa. “¡Céleste, Céleste! ¡Es gorda y muy negra! Tengo miedo…” El profesor Proust, a quien fueron a avisar al hospital, acudió a toda prisa.” El doctor Bize no tardó en llegar. Céleste, desesperada por haber infringido las órdenes de Marcel, presenció el desfile de medicamentos, balones de oxígeno, jeringuillas para las inyecciones… Los ojos del enfermo adoptaron una expresión irritada cuando el doctor Bize penetró en la cámara. Marcel, por lo general exquisitamente cortés, no dio los buenos días al médico y, para patentizar aún más su descontento, se volvió hacia Albaret, que llegaba con la cerveza solicitada. “Gracias, mi querido Odilon -le dijo-, por haberme ido a buscar esta cerveza.” El doctor se inclinó hacia el enfermo para aplicarle una inyección, y Céleste le ayudó a apartar las sábanas. Oyó decir: “¡Ah, Céleste! ¿Por qué…?” Y notó que la mano de Marcel se posaba en su brazo y se lo pellizcaba en señal de protesta.

Todos bullían alrededor de él. Lo intentaron todo, pero, ¡ay!, era demasiado tarde. Las ventosas no se adherían a la piel. Con sumo cuidado el profesor Proust levantó a Marcel sobre las almohadas. “Te estoy meneando mucho, muchacho: ¿te hago sufrir?”. Y, con una exhalación, Marcel pronunció sus últimas palabras: “¡Oh, sí, mi querido Robert!” Se extinguió hacia las cuatro, dulcemente, sin un movimiento, con los grandes ojos muy abiertos.

Sus amigos, aquella tarde, se telefonearon unos a otros para comunicarse, con tristeza y casi con incredulidad, la turbadora noticia: “Marcel ha muerto.”

Algunos fueron a verlo en su lecho fúnebre. En aquella habitación vulgar de un apartamento amueblado, el admirable rostro inmóvil, exánime, demacrado como un personaje del Greco, irradiaba una indecible grandeza. “Tenía el semblante hundido y enflaquecido, ennegrecido por una barba de enfermo, bañado en las sombras verdosas que algunos pintores españoles esparcen en torno a la faz de sus cadáveres.” Un gran ramo de violetas de Parma descansaba sobre su pecho. “Vimos dice Mauriac-, en un sobre manchado de tisana, las últimas palabras ilegibles que había trazado y entre las que sólo acertamos a descifrar el nombre de Forcheville. Así, hasta el fin, sus criaturas se nutrieron de su sustancia, agotando lo que le quedaba de vida.” Todos comprendieron enseguida, ante la austeridad del decorado del lugar donde se había ido a morir aquel hombre colmado de todos los dones, el sentido y la seriedad del ascetismo que había terminado por imponerse. “Nos asaltó de golpe la impresión -escribe Jaloux- de que estaba muy lejos de nosotros, no sólo por haber muerto, sino por haber llevado una existencia radicalmente diferente; porque el mundo de búsquedas, imaginación y sensibilidad en que había vivido no era el nuestro; porque había sufrido males extraños y sus espíritu se había alimentado de dolores excepcionales y meditaciones poco familiares para el hombre.”

“En su lecho de muerte no aparentaba cincuenta años, sino apenas treinta, como si el Tiempo no hubiese osado tocar a quien lo había domado y conquistado.” Presentaba el aspecto de un eterno adolescente. En el entierro, al salir de Saint-Pierre de Chaillot, Barrès, con el paraguas colgando del antebrazo, se topó con Mauriac. “En fin, ¡caramba! -exclamó-. Era nuestro joven amigo…” En realidad era, sobre todo, y lo es aún, nuestro gran hombre. Barrès, algo más tarde, supo reconocerlo: “¡Ah, Proust, genial camarada, qué excepcional eras! ¡Y con qué ligereza te juzgaba yo!”

Cuando se llega al momento en que acaba la vida terrena y atribulada de Marcel Proust y comienza su vida gloriosa, uno no puede por menos de citar de nuevo la última frase del relato que hace de la muerte de Bergotte:

Lo enterraron, pero durante toda la noche fúnebre, desde las vitrinas iluminadas, sus libros, colocados de tres en tres, lo velaban como ángeles de alas desplegadas y semejaban, para el que ya no existía, el símbolo de su resurrección.

Recuerdo haber leído esta página en público hace algunos meses y haber quedado impresionado por el silencio, cargado de emoción, que se imponía en torno a las obras del genio. Era como lo que el mismo Proust describió cuando Swann escucha la sonata de Vinteuil y la “frasecilla” acaba de sonar:

Swann no osaba rebullir, y habría deseado obligar a los demás a permanecer quietos, como si el menor movimiento hubiera comprometido aquel prestigio sobrenatural, delicioso y frágil, que estaba a punto de desvanecerse. Nadie, a decir verdad, pensaba en hablar. La palabra inefable de un ausente, quizá de un muerto (Swann no sabía si Vinteuil vivía aún), exhalada por encima del rito de aquellos oficiantes, bastaba para mantener en jaque la atención de trescientas personas y convirtió aquel estrado donde un alma había sido así evocada en uno de los más nobles altares donde se hubiese desarrollado jamás una ceremonia sobrenatural.

Aquí termina nuestra búsqueda. Hemos intentado reconstruir la historia de un hombre que, con valentía heroica, persiguió la verdad a través del éxtasis; que tropezó con la indiferencia de los hombres, con el misterio de las cosas y, sobre todo, con sus propias flaquezas; pero que, tras optar por renunciar a todo para liberar las imágenes cautivas, io entre cuatro paredes, en la soledad y el ayuno, en el dolor y el trabajo, abrirse al fin la única puerta a la que ningún escritor había llamado antes, y nos reveló, en nuestro propio corazón y en los objetos más humildes, un mundo tan bello que cabe decir de él lo que él decía de Ruskin: “Muerto, continúa iluminándonos como esas estrellas extintas cuya claridad nos llega aún.” Y: “A través de esos ojos cerrados para siempre en el fondo de la tumba, las generaciones aún no nacidas contemplarán la naturaleza.”

En el principio estaba Illiers, pequeña villa situada en los confines de la Beauce y del Perche, donde algunos franceses se hacinaban en torno a una vieja iglesia coronada por su campanario; donde un niño nervioso y sensible leía, en las bellas tardes de domingo, bajo los castaños del jardín, François de Champi o El molino junto al Floss, donde entreveía, a través de un seto de espinos de flores rosas, avenidas bordeadas de jazmines, pensamientos y verbenas, y se quedaba muy quieto, mirando, respirando, tratando de llegar con su pensamiento más allá de las imágenes y de los aromas. “Lo cierto es que, una vez admirados durante largo rato por aquel humilde viandante, aquel niño que soñaba, ese rincón de naturaleza y ese extremo de jardín nunca habrían sospechado que, gracias a él, serían llamados a perdurar en sus particularidades más efímeras.” Y, sin embargo, en su exaltación lo que trae hasta nosotros el perfume de esas flores de espino muertas hace tantos años y lo que ha permitido a tantos hombres y mujeres que no han visto Francia ni la verán nunca, aspirar extasiados, a través de la lluvia que cae, el olor de invisibles y persistentes lilas. En un principio estaba Illiers, un burgo de dos mil habitantes, pero al fin está Combray, patria espiritual de millones de lectores, dispersos hoy por todos los continentes y que mañana se alinearán, a lo largo de todos los siglos, en el Tiempo.

FIN

(Nota: 8. Apasionante)

En busca de Marcel Proust
André Maurois

Vergara

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Marcel Proust sur son lit de mort (20 novembre 1922)
Man Ray (Emmanuel Rudnitsky, dit)
Epreuve sur papier au gélatino-bromure d’argent, 15 x 20 cm.
Paris, Musée d’Orsay, PHO 1986-61

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