Etiquetas

(páginas 409-412)

-Creo que tenemos una llamada de una ciudadana -dijo Roy.
-Estupendo, empezaba a cansarme de conducir por ahí -dijo Serge-. A lo mejor tiene un problema insuperable que nosotros podemos superar.
-Ha oscurecido muy pronto esta noche -observó Gus-. Hace un par de minutos estaba contemplando la puesta de sol y ahora, zas, ya ha oscurecido.
Serge aparcó al lado de la mujer que descendió torpemente del Volkswagen y corrió hacia su coche en zapatillas y una bata que a duras penas podía contener su expansiva gordura.
-Iba a la cabina para llamar a la policía -dijo ella jadeando y, antes de descender del coche, Roy notó su aliento de alcohólica y examinó su cara enrojecida y su cabello pelirrojo teñido.
-¿Qué sucede señora? -preguntó Gus.
-Mi marido está loco. Últimamente ha estado bebiendo y no trabajaba, no me mantenía ni a mí ni a los niños y me pegaba cuando le venía en gana y esta noche parece que está completamente loco y me ha dado un puntapié en el costado. El bastardo. Creo que me ha roto una costilla.
La mujer se estremeció dentro de la bata y se tocó las costillas.
-¿Vive lejos de aquí? -preguntó Serge.
-Al fondo de la calle, en Coliseum -dijo la mujer-. ¿Qué les parecería si me acompañaran a casa y lo echaran?
-¿Es su marido legal? -preguntó Serge.
-Sí, pero está loco.
-Muy bien, la acompañaremos a casa y hablaremos con él.
-No pueden hablar con él -insistió la mujer entrando de nuevo en el Volkswagen-. El bastardo está loco esta noche.
-Muy bien, la acompañaremos a casa -dijo Roy.
-Por lo menos romperá la monotonía -dijo Gus mientras seguían el pequeño coche y Roy colocaba el fusil en el suelo de la parte de atrás del coche y se preguntaba si sería conveniente encerrarlo en la parte delantera o bien si sería suficiente dejarlo en el suelo si cerraban con llave las portezuelas. Decidió dejarlo en el suelo.
-¿Este barrio es de mayoría blanca? -le preguntó Serge a Gus.
-Es mixto -dijo Gus-. Es mixto hasta La Ciénaga y hasta Hollywood.
-Si esta ciudad tiene un gueto, debe de ser el gueto más grande del mundo -dijo Serge-. Menudo gueto. Mirada allí en Baldwin Hills.
-Residencias de lujo -dijo Gus-. Es un barrio muy mezclado también.
-Creo que la mujer del VW será la mejor detención que hagamos esta noche -dijo Roy-. Casi se ha cargado a este Ford al girar.
-Está borracha -dijo Serge-. Os diré una cosa, si choca contra alguien, nosotros intervendremos como si no la conociéramos. Me imaginé que estaba demasiado bebida para poder conducir al acercarse al coche haciendo eses y encenderme el cigarrillo con el aliento.
-Debe de ser su casa -dijo Gus iluminando con la linterna el número de la puerta mientras Serge se acercaba por detrás del Volkswagen que ella aparcó a más de un metro del bordillo.
-Tres Z-Noventa y Uno, llamada de ciudadano, cuarenta y uno veintitrés, paseo Coliseum -dijo Gus al micrófono.
-No olvides cerrar la portezuela -dijo Roy-. He dejado el fusil en el suelo.
-Yo no entro -dijo la mujer-. Le tengo miedo. Dijo que me mataría si llamaba a la policía.
-¿Los niños están dentro? -preguntó Serge.
-No -dijo ella jadeando-. Corrieron a la casa de al lado cuando empezamos a pelearnos. Creo que tengo que decirles que dentro hay un arma y que está hecho una furia esta noche.
-¿Dónde está el arma? preguntó Gus.
-En el armario de la alcoba -dijo la mujer-. Cuando se lo lleven a él, podrán llevársela.
-Todavía no sabemos si vamos a llevar a alguien -dijo Roy-. Primero hablaremos con él.
Serge ya había empezado a subir los peldaños cuando ella le dijo:
-Número doce. Vivimos en el número doce.
Cruzaron un pasadizo abovedado adornado con plantas y salieron a un patio rodeado de apartamentos. Había una tranquila piscina iluminada a la izquierda y un entoldado con mesas de ping-pong a la derecha. Roy se sorprendió de la magnitud del edificio de apartamentos tras cruzar el engañoso pasadizo.
-Muy bonito -dijo Gus admirando evidentemente la piscina.
-El doce debe de ser por aquí -dijo Roy dirigiéndose hacia la escalera de mosaico rodeada por helechos que llegaban hasta la altura de la cara.
A Roy le pareció que todavía olía el aliento de la alcohólica cuando un hombre de color del yeso y aspecto débil, luciendo una camiseta húmeda, apareció desde detrás d eun retorcido árbol enano y se abalanzó contra Roy, que se volvió estando ya en la escalera. El hombre apuntó con el barato revólver del 22 contra el estómago de Roy y disparó una vez y mientras Roy se sentaba en la escalera presa del asombro, los rumores de gritos y disparos y un chillido mortal resonaron por el amplio patio. Entonces Roy advirtió que se encontraba tendido al pie de la escalera, solo, y todo quedó tranquilo durante un momento. Después fue consciente de que era el estómago.
-Aquí no- dijo Roy, y apretó los dientes cerrándolos sobre la lengua y luchando contra la histeria.
El choc. Puede matar. ¡El choc!
Después se abrió la camisa y se desabrochó el Sam Browne y contempló la menuda y burbujeante cavidad abierta en la boca del estómago. Sabía que no podría sobrevivir a otra. “En este sitio no. En las entrañas no” ¡Ya no le quedaban entrañas!
Roy abrió los dientes y tuvo que tragar varias veces por culpa de la sangre que manaba de su lengua partida. Esta vez no dolía tanto, pensó, y se sorprendió de su lucidez. Vio que Serge y Gus se arrodillaban a su lado con los rostros cenicientos. Serge se santiguó y se besó la uña del pulgar.
Era mucho más fácil esta vez. ¡Ya lo creo que sí! El dolor estaba cediendo y un calor insidioso se apoderaba de él. Pero no, debía ser un error. No debía suceder ahora. Entonces fue presa del pánico al comprender que no debía suceder ahora porque estaba empezando a saber. “Por favor, ahora no -pensó-. Estoy empezando a saber.”
-Saber, saber -dijo Roy-. Saber, saber, saber, saber.
Su voz le sonaba vacía y rítmica como el tañido de una campana. Y después ya no pudo hablar.
-Santa María -dijo Serge tomándole la mano. Santa María… ¿dónde está la maldita ambulancia? Ay, Dios mío… Gus, está frío. Sóbale las manos…
Entonces Roy escuchó sollozar a Gus:
-Se ha ido Serge. Pobre Roy, pobre muchacho. Se ha ido.
Después Roy escuchó decir a Serge:
-Debiéramos cubrirle. ¿Le has oído? Decía “no” a la muerte. “No, no, no”, decía. ¡Santa María!
“No estoy muerto -pensó Roy-. Es monstruoso decir que estoy muerto”. Y entonces vio a Becky caminando graciosamente sobre una extensión de hierba y estaba tan crecida que le dijo Rebecca al llamarla y ella se acercó a su padre sonriendo y el sol brillaba en su cabello, más dorado de lo que había sido nunca el suyo propio.
-Dios te salve María, llena de gracia, el Señor es contigo…-dijo Serge.
-Le cubriré. Le pediré prestada a alguien una manta -dijo Gus-. Por favor, que alguien me dé una manta.
Ahora Roy se abandonó a las ondulantes sábanas blancas de la oscuridad y lo último que escuchó fue a Sergio Durán diciendo “Santa María”, una y otra vez.

FIN
(Nota: 8. Emocionante)

Joseph Wambaugh

Los nuevos centuriones
Joseph Wambaugh

Verticales de Bolsillo, 2007
Colección: NEGRA
ISBN: 978-84-96694-42-2

7387-1.jpg

“Me lo zampé de un tirón. Es un tratado implacable del trabajo policial visto como un periplo inquietante y de moral ambigua” James Ellroy

Anuncios