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(páginas 566-567)

Menciono todo esto para indicar que, si estuvieses diseñando un organismo para que se cuidase de la vida en nuestro cosmos solitario, para controlar hacia dónde va y mantener un registro de dónde ha estado, no deberías elegir para la tarea seres humanos.

Pero hay aquí un punto sumamente importante: hemos sido elegidos, por el destino, por la providencia o como quieras llamarle. Somos, al parecer, lo mejor que hay. Y podemos ser todo lo que hay. Es una idea inquietante que podamos ser el máximo logro del universo y, a la vez, su peor pesadilla.

Como somos tan notoriamente descuidados en lo de cuidar de los seres, cuando están vivos y cuando no lo están, no tenemos idea (realmente ninguna en absoluto) de cuántas especies han muerto definitivamente, o pueden hacerlo pronto, o nunca, y qué papel hemos desempeñado en cualquier parte del proceso. Norman Myers decía en 1979, en su libro The Sinking Ark [El fondo del arca], que las actividades humanas estaban provocando en el planeta unas dos extinciones a la semana. A principios de la década de los noventa había elevado la cifra a unas 600 por semana. (Es decir, extinciones de todo tipo, plantas, insectos, etcétera, además de animales.) Otros han propuesto una cifra aún hasta bastante más de 1.000 a la semana. Un informe de Naciones Unidas de 1995 situó, por otra parte, el número total de extinciones conocidas de los últimos cuatrocientos años en algo menos de 500 en el caso de los animales y algo más de 650 para los vegetales…, admitiendo al mismo tiempo que eran “casi con seguridad unas cifras inferiores a las reales”, sobre todo en el caso de las especies tropicales. Hay, sin embargo, unos cuantos especialistas que creen que la mayoría de las cifras de extinciones son muy exageradas.

El hecho es que no sabemos. No tenemos la menor idea. No sabemos cuándo empezamos a hacer muchas de las cosas que hemos hecho. No sabemos lo que estamos haciendo en este momento o cómo afectarán al futuro nuestras acciones actuales. Lo que sí sabemos es que sólo hay un planeta para seguir haciéndolo y sólo una especie capaz de cambiar las cosas de una forma considerada. Edward O. Wilson lo expresó con una brevedad insuperable en La diversidad de la vida: “Un planeta, un experimento.”

Si este libro contiene una lección, esa lección es que somos terriblemente afortunados por estar aquí… y en el “somos” quiero incluir a todos los seres vivos. Llegar a generar cualquier tipo de vida, sea la que sea, parece ser todo un triunfo en este universo nuestro. Como humanos somos doblemente afortunados, claro. No sólo gozamos del privilegio de la existencia sino también de la capacidad singular de apreciarlo e incluso, en muchísimos sentidos, de mejorarla. Se trata de un truco que sólo acabamos de empezar a dominar.

Hemos llegado a esta posición eminente en un periodo de tiempo de una brevedad asombrosa. Los humanos conductualmente modernos llevamos por aquí sólo un 0,0001% más o menos de la historia de la Tierra…, casi nada, en realidad, pero incluso existir durante ese breve espacio de tiempo ha exigido una cadena casi interminable de buena suerte.

Estamos en realidad en el principio de todo. El truco consiste, sin duda, en asegurarse de que nunca encontraremos el final. Y es casi seguro que eso exigirá muchísimo más que golpes de suerte.

FIN

(Nota: 10. Un libro perfecto)

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Una breve historia de casi todo
Bill Bryson

Planeta RBA Bolsillo

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