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(páginas 413-414)

En fin, ya es hora de que concluya mi narración: cualquiera menos tú diría que ya la he alargado demasiado; pero, para tu satisfacción añadiré algunas palabras más, porque supongo que sentirás simpatía por la vieja dama, y te gustará saber la última parte de su historia. Volví en primavera y, felizmente para los requerimientos de Helen, hice todo lo posible por cultivar su amistad. Ella me recibió muy amablemente, habiendo ya sido preparada, sin duda, para tener un gran concepto de mi carácter por las cosas demasiado favorables que su sobrina le había contado de mí. Yo estuve en muy buena disposición, naturalmente, y nos entendimos maravillosamente bien. Cuando se enteró de mis ambiciosas pretensiones, las aceptó más cuerdamente de lo que yo me había aventurado a esperar. La única observación que sobre el tema hizo delante de mí fue:

-Así, señor Markham, que usted va a robarme a mi sobrina, según parece. ¡Bueno! espero que Dios bendiga su unión y haga feliz por fin a mi querida niña. Reconozco que si ella se hubiera contentado con permanecer viuda me habría sentido más satisfecha, pero, si debe casarse otra vez, no conozco a nadie de una edad apropiada a quien yo se la entregara más gustosamente que a usted, o que fuera más sensible para apreciar su valía y hacerla verdaderamente feliz, por lo que yo sé.

Naturalmente me agradó el cumplido, y confié en demostrarle que no se había equivocado en su favorable juicio.

-Tengo, sin embargo una solicitud que hacer -continuó diciendo-. Según parece todavía podré considerar Staningley como mi hogar: deseo que le consideren el suyo también, porque Helen siente afecto por el lugar y por mí, y yo la quiero mucho. Existen penosos recuerdos relacionados con Grassdale, que ella no puede desterrar fácilmente; y aquí yo no les molestaré con mi compañía, ni seré un estorbo: soy una persona muy pacífica, me recluiré en mis propias habitaciones, me dedicaré a mis ocupaciones, y sólo les veré de vez en cuando.

Naturalmente acepté de muy buena gana la proposición; y vivimos en la mayor armonía con nuestra querida tía hasta el día de su muerte, un triste acontecimiento que ocurrió pocos años después; no triste para ella misma (pues le sobrevino apaciblemente y ella deseaba llegar al final de su viaje), sino sólo para los para los pocos amigos que la querían y los agradecidos subordinados que dejaba atrás.

Volvamos, sin embargo, a mis propios asuntos: me casé en verano, una gloriosa mañana de agosto. Fueron necesarios los ocho meses, y toda la bondad y generosidad de Helen para vencer los prejuicios de mi madre en contra de la mujer de mi elección, y reconciliarla con la idea de que yo dejara Linden Grangen y viviera tan lejos. No obstante, después de todo, se sentía satisfecha de la buena suerte de su hijo, y orgullosamente la atribuyó enteramente a sus méritos y dotes extraordinarios. Le legué la granja a Fergus, con más esperanza sobre su prosperidad de la que habría tenido un año antes en circunstancias parecidas; se había enamorado últimamente de la hija mayor del vicario de L…, una dama cuya superioridad había hecho aparecer sus virtudes latentes, y le había estimulado de una manera sorprendente a esforzarse no sólo para ganar su estima y conseguir una fortuna suficiente para aspirar a su mano, sino para ser más digno de ella, ante sus propios ojos, así como antes los de los padres de ella; y finalmente lo consiguió, como ya sabes. En cuanto a mí, no necesito decirte lo felices que hemos sido Helen y yo, y lo felices que somos todavía el uno en compañía del otro, y con los prometedores vástagos jóvenes que crecen alrededor de nosotros. Ahora esperamos con impaciencia que vengais tú y Rose, pues se acerca la época de vuestra visita anual, cuando debeis dejar vuestra polvorienta, neblinosa, agotadora, ruidosa ciudad para pasar una temporada de estimulante descanso y retiro con nosotros.

Hasta entonces, adiós.

GILBERT MARKHAM
Staningley, junio, 10 de 1847

FIN

(Nota: 6)

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Anne Brontë, by Charlotte Brontë, 1834

Anne Brontë
La dama de Wildfell Hall

Júcar
Traducción Waldo Leiros
Primera edición: noviembre, 1975

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