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(pags. 336-338)

Nada más llevarme este golpe recibí una carta de Alec en la que me comunicaba que se había producido un malentendido entre él y Scott Moncrieff, quien no sólo no necesitaba un secretario, sino que tampoco podía permitírselo, y menos aún teniendo todos mis defectos para el puesto. “Estoy con la soga al cuello”, escribí en mi diario.

Sin rencor, pero con gran tristeza, contrasté mi suerte con la de mis amigos. Christopher Hollis viajaba por el mundo entero, pues era miembro de un equipo universitario de debates. Tony Bushell actuaba en un papel estelar, con Gladys Cooper, en un drama que se representaba en Londres con bastante éxito de público. Richar Plunker Greene había logrado por fin el consentimiento para casarse con la sola condición de que abandonara el precario colegio privado en el que daba clase y aceptara el puesto de profesor de música en Lancing. Una vez superada aquella oposición, se convirtió en algo beneficioso. Una tía tras otra, entre las parientes de su prometida, arrimaron el hombro y apoquinaron algo a la dote de la pareja. Robert Byron ya hacía planes para emprender un aventurero viaje en automóvil por toda Europa junto con dos adinerados amigos, Alfred Duggan y Gavin Henderson (lord Faringdon): fue el periplo que prendería la hoguera de su posterior entusiasmo por el mundo bizantino, dándole material para su primer libro de viajes. Harold Acton gozaba de plena popularidad y estima aún en Oxford. Sólo yo, por lo visto, había sido rechazado y estaba realmente con la soga al cuello.

Grimes se esforzó por darme ánimos contándome anécdotas de sus propios altibajos: experiencias que podrían haberse tomado por alucinaciones de no ser por la candorosa sinceridad con que las contaba. Sobre este hombre irreprimible habían caído toda suerte de deshonras, tanto en la universidad como en el ejército, y aún después, en su dedicación a la enseñanza; eran deshonras del tipo de las que, según se nos decía, a un hombre le obligan a cambiar de nombre y a huir del reino, escándalos tan siniestros que eran secretos allí donde había tenido lugar el crimen. Los directores de los colegios aborrecían tener que reconocer que habían dado albergue y empleo a semejante rufián, por lo que lo expulsaban deprisa y en silencio. Grimes siempre resurgía sereno y triunfal. El catálogo de sus fechorías fue más divertido que reconfortante. Le envidié por su felicidad sin tacha, pero no por sus hazañas.

Una noche, poco después de recibir la noticia de Pisa, bajé solo a la playa, pensando más que nada en la muerte. Me desnudé y nadé mar adentro. ¿Tenía realmente la intención de perecer ahogado? Desde luego, la idea estaba en mi ánimo: dejé una nota con mi ropa, la cita de Eurípides sobre el mar que lava todos los males del ser humano. Me tomé incluso la molestia de verificarla en un manual de griego, poniendo cada uno de los acentos.

Con la edad que tengo hoy, no sabría precisar en qué medida fueron la desesperación verdadera, la fuerza de voluntad y el mero histrionismo los factores que me incitaron a hacer la excursión.

La noche era hermosa, con una luna creciente. Nadé despacio alejándome de la orilla, pero mucho antes de llegar al punto de no retorno el mozalbete de Shropshire sintió un dolor punzante en el hombro. Había tropezado con una medusa. Di unas cuantas brazadas más, sufrí una segunda picadura, aún más dolorosa. Las plácidas aguas de la bahía estaban repletas de seres gelatinosos.

¿Un presagio? ¿Un cortante recordatorio para obrar con cordura, como el que Olivia me habría endilgado?

Di la vuelta y volví a nadie siguiendo la estela de la luna hasta el arenal que aquella misma mañana parecía un ejambre de pilluelos desnudos bajo la mirada experta de Grimes. Tan seguro estaba de mi intención que no llevé toalla. Con ciertas dificultades me vestí e hice pedacitos de mi pretenciosa y erudita despedida, entregándolos al mar para que los zarandeasen por la costa desoladora mareas más poderosas que todas las que llegó a conocer Eurípides y para que las aguas llevasen a efecto su tarea lustral. Entonces subí la cuesta empinada que conducía hacia todos los años venideros.

FIN

Nota: 6 (por dejarnos a medias)

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retrato de E. Waugh a los 26 años por Henry Lamb Evelyn Waugh

Una educación incompleta
Autobiografía parcial

Libros del Asteroide
Prólogo de Miguel Sánchez-Ostiz
Traducción y notas de Miguel Martínez-Lage
primera edición, 2007

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