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(páginas 232-234)

Treinta

En la casa de mi padre hay muchas moradas.
Por supuesto, cuando apreté el gatillo, me morí.
Mentiroso.
Y Tyler murió.
Con los helicópteros de la policía haciendo un ruido atronador al acercarse, y Marla y toda la gente del grupo de apoyo que no podían salvarse a sí mismos, con todos ellos tratando de salvarme, tuve que apretar el gatillo.
Era mejor que la vida real.
Y tu instante perfecto no durará para siempre.
Todo en el cielo es blanco sobre blanco.
Farsante.
Todo en el cielo es silencioso, como unos zapatos con suela de goma.
En el cielo puedo dormir.
La gente me escribe al cielo y me dice que se acuerdan de mí. Que soy su héroe. Que me repondré.
Los ángeles son como los del Antiguo Testamento, con legiones y lugartenientes y con un anfitrión celestial que trabaja por turnos, por días. El camposanto. Te traen la comida en una bandeja y un vaso de papel con medicinas. El muestrario de El valle de las muñecas.
He visto a Dios detrás de un largo escritorio de nogal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:
-¿Por qué?
-¿Por qué hice tanto daño?
¿No me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?
¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?
Veo a Dios tras su escritorio, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.
No somos especiales.
Tampoco somos escoria o basura.
Simplemente, somos.
Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.
Y Dios dice:
-No; eso no es cierto.
Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede enseñar nada.
Dios me pregunta si recuerdo algo.
Lo recuerdo todo.
La bala que salió de la pistola de Tyler me rajó la otra mejilla dejándome una sonrisa desigual de oreja a oreja. Sí, como una calabaza de Halloween enfadada. Un demonio japonés. El dragón de la avaricia.
Marla está aún en la Tierra y me escribe. Algún día, dice ella, me llevarán de vuelta.
Y si hubiera teléfono en el cielo, llamaría a Marla desde el cielo y en cuanto dijera: “¿Diga?”, no colgaría. Le diría: “Hola. ¿Cómo te va? Cuéntamelo todo en detalle”.
Pero no quiero volver. Todavía no.
Porque.
Porque de vez en cuando alguien me trae la bandeja con el almuerzo y las medicinas, y lleva un ojo morado o la frente hinchada con puntos de sutura, y dice:
-Lo echamos de menos, señor Durden.
O pasa alguien con la nariz rota limpiando con una fregona y susurra:
-Todo marcha según el plan.
Susurra:
-Vamos a acabar con la civilización para hacer del mundo algo mejor.
Susurra:
-Estamos impacientes por su vuelta.

FIN

Nota: 6 (la peli mola más, sale Brad Pitt)

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Club de lucha
Chuck Palahniuk

El Aleph
enero, 2007
Traductor: Pedro González del Campo

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