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(páginas 525-527)
Cruzó con paso rápido la sala, seguida por Amariah, que comentaba entretanto que parecía que hubiera alguna falla en la organización, y los dos se retiraron deprisan sin siquiera dirigirle una mirada a Verena, cuyo conflicto con la madre aún no terminaba. Ramson trató, con la debida consideración hacia la señora Tarrant, de separarlas, sin dirigir ni una sola mirada a Olive. Para él había terminado, y ni siquiera vio su lívida cara, que repentinamente enrojeció, como si las palabras de la señora Farrinder hubiesen sido un latigazo, ni cómo, al parecer con una súbita inspiración, se precipitó hacia la puerta del escenario. Si la hubiera observado, le habría parecido tal vez que trataba de encontrar la justa expiación que buscaba, ofreciéndose a los millares de espectadores a los que había desilusionado y engañado, ofreciendo su persona para que la hicieran pedazos. Tal vez le hubiera recordado a alguna agitadora de la revolución francesa, erguida tras una barricada, o aun a la figura trágica de Hypatia, despedazada por las turbas furiosas de Alejandría. Por un instante la detuvo la presencia de la señora Burrage y de su hijo, que habían abandonado el escenario siguiendo el ejemplo de los Farrinder y que irrumpieron en aquella sala como buscando refugio en medio de una tormenta. El rostro de la madre expresaba la sorpresa de una persona bien educada que, invitada a comer, ve que ante sus ojos quitan el mantel de la mesa; el joven que la llevaba del brazo quedó impresionado ante el espectáculo de Verena que lograba zafarse del abrazo de la señora Tarrant para ser nuevamente retenida, y por la inesperada presencia del joven de Mississippi. Sus bellos ojos azules se movieron de uno a otro, y pareció que el espectáculo lo contrariaba indeciblemente. Por un momento dio la impresión de haberse decidido a intervenir, y era evidente que le hubiera gustado poder decir después, sin jactancia, que él había impedido que aquel conflicto degenerara en una riña. Pero Verena, desesperada por escapar, permanecía indiferente a él, y Ransom no le parecía una persona indicada para hacerle alguna observación. La señora Burrage y Olive, al encontrarse en el camino, se lanzaron una mirada que expresaba por una parte una fugaz ironía, y por la otra un ciego y absoluto desafío.

-Oh, ¿va usted a hablar ahora? -preguntó la dama de Nueva York con una risa superficial.

Olive había ya desaparecido, pero Ransom pudo escuchar su respuesta:

-Voy a que me silben, me escupan y me insulten.

-¡Olive, Olive! -gritó repentinamente Verena, y su grito penetrante debió de llegar hasta el escenario.

Pero Ransom ya había empleado la fuerza de sus músculos, la había sacado del lugar, y la hacía correr a toda prisa, dejando que la señora Tarrant se dejara caer en los brazos de la señora Burrage, que (estaba seguro) dentro de unos minutos la confortaría en sus lágrimas y le proporcionaría el recuerdo, destinado a adquirir gran valor, de un apoyo aristocrático y de una serena compostura. En el laberinto exterior, grupos apresurados, un poco atemorizados, abandonaban la sala, renunciando a aquel juego. Ransom cubrió el rostro de Verena con la capucha de su capa, para ocultar su identidad. Y mientras se confundían con la multitud que salía, advirtió el repentino silencio, completo, terrible, que se había hecho en la sala al aparecer en el escenario Olive Chancellor. Todos los ruidos cesaron en ese instante: era un silencio respetuoso, el gran público esperaba, y fuera cual fuese la explicación que ella pudiera dar (Ransom pensaba que para su prima debía de ser un momento bastante embarazoso), era difícil pensar que recibieran sus palabras arrojándole los bancos. Aunque extasiado por su victoria, Ransom sintió en ese momento un poco de pesar por ella, y le alivió saber que, aunque exasperado, el público de Boston no dejaba nunca de ser generoso.

-¡Ah, ahora me siento feliz! -dijo Verena cuando llegaron a la calle.

Pero aunque la joven se declaraba feliz, él pudo descubrir que, bajo la capucha, estaba llorando. Y es de temer que en aquel matrimonio, tan lejos de ser admirable, al que la muchacha iba a entregarse no fueran aquellas las últimas lágrimas que estaba destinada a derramar.

FIN

Nota: 10 (por el conocimiento)

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Las bostonianas
Henry James
Traducción de Sergio Pitol

DeBolsillo
marzo, 2007

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