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John Wray “En el túnel”

(páginas 394-395)

-Te ha cambiado la voz -dijo Lowboy al sij-. Creo que ya no te oigo.

-No molestes má´s a esa pobre chica, William -tras su barba rala y descolorida, el sij estaba sonriendo. Tenía pegada la sonrisa a la cara con cola de papel pintado. Ocupó del todo el chorro de luz y le guiñó un ojo -¿Por qué no me incordias a mí, eh?

En ese momento Lowboy vio el peligro. La realidad del peligro le atenazó por el pecho y se extendió en todas direcciones como si fuera un calambre.

-Nada de incordios -dijo. Lo dijo sin el menor esfuerzo, despacio, conteniendo la respiración tras cada palabra-. Nada de incordios, abuelo. Lárguese.

El sij volvió a enseñarle los dientes.

-¿Abuelo? -dijo a voz en cuello. Se lo dijo al resto del vagón, no a Lowboy. Acababa de hacer una afirmación pública. Miró de un lado a otro como si fuera un actor consumado que supiera divertir a su público, y apoyó una mano ganchuda en el hombro de Lowboy-. Chico, si yo fuera tu abuelo…

Su voz aún resonaba por todo el vagón, como la voz de un maestro de ceremonias, cuando Lowboy deslizó ambas manos por debajo de la barba del sij y estiró. El sij se levantó del asiento como una bolsa de papel a merced del viento. Quién hubiera dicho que pesaba tan poco, pensó Lowboy. El sij arqueó la espalda al caer y trató de agarrarse sin lograrlo, abriendo la boca en una vistosa parodia de sorpresa. Tropezó con una de las barras verticales, golpeándose en el hombro, y salió despedido en sentido contrario a las agujas del reloj, hacia la puerta. El resonar de la voz ya no procedía del sij, sino de un aparato de megafonía encajado en el techo.

-Columbus Circle -gritó Lowboy-. Cambio a las líneas A, C, D, 1 y 9.

Se acabó la broma, pensó riéndose por dentro. Todo esto no tiene ninguna gracia. Una mujer, en la mitad del vagón, se encontraba de pie, boquiabierta, mirando. Él se volvió hacia ella y cerró la boca.

-Chico -dijo el sij sin resuello. Farfullaba igual que la voz por megafonía-. Chico…

Lowboy se acuclilló al lado del sij.

El sij enseñó los dientes en un destello y emitió ruidos apagados, indescifrables, llevándose los dedos al cuello.

-Veo que está preocupado por mí -dijo Lowboy. Meneó la cabeza-. Pero por mí no se preocupe, doctor. Usted preocúpese por el mundo.

El sij resbaló hasta que la cabeza le quedó apoyada en la arruga de color grafito, entre las puertas. Sus ojos describieron un círculo dolorido. Tenía el turbante al lado, como si fuera una cesta ornamental, aún inmaculadamente enrollado y doblado. Así que lo hacen de ese modo, pensó Lowboy. Se lo quitan y se lo ponen como si fuera un sombrero.

-Chico -volvió a decir el sij, y la palabra salió a duras penas de su boca. Fue como si no supiese otra palabra.

Lowboy se agachó y sujetó al sij por el cuello de la chaqueta. Palpó los pequeños balones de fútbol, que por poco trituró entre los dedos.

-Va a hacer calor, va a hacer muchísimo calor. ¿Está usted listo?

FIN

Nota: 4 (prefiero a los viejos)

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Los mejores jóvenes novelistas estadounidenses

Alfaguara, Barcelona, 2007
Granta en español. Nº 8

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