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(páginas 187-188)

El fin de la primavera

La señora Kobayashi tiene ochenta años justos. Me lo acaba de decir y también me acaba de pedir unas flores. Desde hace unas semanas, la vieja de mi vecina no deja de expoliarme el jardín. Me ve, se me acerca, señala una cosa que crece por ahí y me dice: “¿Me la das?”. Y yo: “Para ti”. Así que coge una paleta o minipala y se me lleva los brotes. Yo la observo. Siempre viste las mismas zapatillas de estar en casa y la misma bata azul, llena de jirones. Se tira un buen rato desraizando la plantita. Y cuando por fin es suya, la señora Kobayashi se pone pie, y podría jurar que parece mucho más alta que antes.

La vieja Kobayashi y yo hablamos durante un buen rato. Es muy cotilla y yo le doy toda la información que me pide porque tampoco soy tan interesante. Le pregunto que cuántos años cree que tengo y me rompe mi coqueto corazón diciendo que cuarenta. Luego me pregunta lo que siempre me preguntan y que ya estoy harto de responder. Cuántos años llevo aquí, en qué trabajo, de dónde soy, de dónde dices que eres, ¿eso está cerca de Francia?

Finalmente le cuento que me voy. “¿Vuelves a tu patria?”, interpela. Le respondo que sí, aunque estoy muy tiquismiquis con la gramática. También le digo que “volveré” a este país fugazmente en un momento u otro. Y nos despedimos porque ya vale de hablar.

Entonces estoy en mi casa fumando y bebiendo café (lo que yo llamo: comer) y pensando en esa evidencia como fascinante de que me voy o me vuelvo. Por indagar en la verdad, por tentar al talento, enuncio: “Nunca se vuelve a ningún sitio; siempre se va”. Es la típica frase que uno puede decir o escribir y, bueno, si adoptas el rictus adecuado a lo mejor alguien se la cree. Todo está ya dicho y es muy sencillo y la cosa va de que digas algunas chorradas y poses con esmero. Volver es volver, es un verbo con un significado, y se tiene que poder volver a algún sitio para que ese verbo no caiga en una crisis existencial. Volver, se me ocurre, es ir a un sitio en el que ya has estado.

De modo que quizá morirse también es volver.

FIN

Nota: 1 (otro al que le gustaría ser Murakami)

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Trenes hacia Tokio
Alberto Olmos

Lengua de Trapo, 2006

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