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(págs. 86-88)

A las tres y cuarto, en la madrugada del 12 de feberero de 1804, Kant se extendió como si tomase posición para su acto final, y se estableció en la postura precisa que conservó hasta el momento de la muerte. El pulso no era ya perceptible al tacto ni en las manos, ni en los pies, ni en el cuello. Yo examiné las partes todas en que el pulso late, y tan sólo lo reconocí en la cadera derecha, violento, pero intermitente.

Hacia las diez de la mañana Kant sufrió una grave transformación: su ojo se tornó rígido, su semblante y sus labios se descoloraron con palidez cadavérica. Tal era, sin embargo, la intensidad de los hábitos de su constitución, que ninguna señal apareció del sudor frío que acompaña regularmente a la última agonía mortal.

Eran cerca de las once cuando se aproximó el momento de la disolución. Su hermana estaba rígida al pie del lecho; el hijo de su hermana a la cabecera; yo, a fin de observar siempre las fluctuaciones de su pulso, me había arrodillado a su lado y llamaba a su doméstico para que viniese a ver la muerte de su buen amo. La última agonía iba a terminarse, si se puede llamar agonía lo que ya no era una lucha. Precisamente en este instante un distinguido amigo suyo, que había mandado llamar yo, entró en el aposento. Al principio la respiración se hizo más débil, después irregular, más tarde hubo intermitencia total y el labio superior se conmovió ligeramente, en seguida una respiración suave como un suspiro, luego nada; pero el pulso latió todavía algunos segundos, más lentamente, más flojamente, hasta que cesó por completo: el mecanismo se detuvo, el último movimiento quedó interrumpido, y exactamente en aquel instante el reloj dio las once.

Después de su muerte se rasuró la cabeza de Kant, y bajo la dirección del profesor Knorr se sacó en yeso un molde, no solamente de la máscara, sino de la cabeza entera, con el designio, a lo que parece, de enriquecer la colección craneológica del doctor Gall.

Dispuesto y amortajado el cuerpo, una multitud de personas de todas las clases, desde la más alta a la más baja, se presentaron para verle. Todos estaban ansiosos de aprovechar la última ocasión de poder decirse: “También yo he visto a Kant.” Esto continuó varios días, durante los cuales, de la mañana a la noche, la casa estaba atestada de gente. Grande fue la sorpresa de todos ante la delgadez de Kant: todos convenían en que jamás se había visto cuerpo tan agotado y descarnado. Su cabeza reposaba sobre el cojín en el cual los señores de la Universidad le habían presentado en cierta ocasión un sobrescrito, y yo creo que no pudo hacerse de él un uso más honroso que el de colocarlo en el féretro como almohada final de aquella inmortal cabeza.

Kant había expresado sus votos años antes en un memorandum especial sobre el modo de sus exequias. Rogaba que se efectuasen por la mañana, con el menor ruido y desorden posible y con la sola presencia de los más íntimos camaradas. Como yo hubiese encontrado este memorandum arreglando los papeles de su gaveta, francamente le dije que semejantes disposiciones me colocarían como ejecutor testamentario en una embarazosa situación, porque muy probablemente las circunstancias harían casi imposible cumplirlas, con lo que Kant rompió el papel y lo dejó todo a mi discreción. En efecto, yo preveía que los estudiantes de la Universidad no dejarían pasar esta ocasión sin atestiguar su veneración al maestro por funerales públicos. Los hechos demostraron que yo tenía razón. La ciudad de Könisberg no había visto ni vio después funerales tales como los de Kant, tan solemnes y tan magníficos. Las gacetas públicas y los opúsculos, etc., dieron cuenta tan minuciosa de los detalles, que yo trazaré solamente los grandes rasgos de la ceremonia.

El 28 de febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y del Estado residentes en Könisberg o llegados de las más lejanas partes de Prusia, se reunieron en la capilla del castillo, desde donde fueron escoltados por la corporación entera de la Universidad en traje de gala y por muchos oficiales superiores que habían sentido siempre gran afección por Kant, hasta la casa del profesor fallecido. El cuerpo fue levantado a la luz de las antorchas, en tanto que las campanas de todas las iglesias de Könisberg tocaban a muerto, y a continuación llevado a la catedral en medio de innumerables cirios. Un prodigioso cortejo seguía a pie. En la catedral, después del ordinario rito funerario, acompañado de todas las expresiones posibles de veneración nacional por el difunto, hubo un gran servicio musical, ejecutado admirablemente, después del cual los restos mortales de Kant fueron bajados a la cripta académica, y allí reposa hasta hoy entre los patriarcas de la Universidad.

¡Paz a sus cenizas y a su memoria eterno honor!

FIN

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Los últimos días de Kant
Thomas De Quincey

Júcar, 1989 [Biblioteca de Traductores]
Traducción de Edmundo González-Blanco

 

Nota: 8

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