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(págs. 285-287)

El matrimonio de Eleanor Tilney, y su alejamiento de la tristeza que se había apoderado de Northanger a raíz del destierro de Henry, para vivir en un hogar y con un hombre por ella elegidos, fue un acontecimiento que produjo una satisfacción completa en todas sus amistades. Nuestra propia satisfacción al respecto es muy sincera, pues no sabemos de nadie con más derecho por su modestia y méritos, ni mejor preparada por los constantes sinsabores de su vida, para disfrutar de la felicidad. Su predilección por ese joven no era de origen reciente, pero éste se había abstenido siempre de pedir su mano debido a la inferioridad de su condición social; sin embargo, su inesperado acceso a un título y una fortuna habían eliminado todas las dificultades. El general nunca había amado tanto a su hija como cuando se dirigió a ella por vez primera con el tratamiento de “Señoría”. Su marido era digno merecedor de ella. Aparte del título nobiliario, su riqueza y el afecto que le profesaba, era el joven más encantador del mundo. No es necesario definir más sus méritos; el joven más encantador del mundo acudirá de inmediato a la imaginación de todos. Respecto a él hemos de añadir, ya que las reglas de composición prohíben introducir a estas alturas un personaje que no esté relacionado con el relato, que no era ni más ni menos que el caballero cuyo negligente criado había olvidado aquel montón de facturas de lavandería a raíz de una larga visita a Northanger de su señor, lo cual dio lugar a que nuestra heroína se viera implicada en una de sus aventuras más desagradables.

La intercesión del vizconde y la vizcondesa en favor de su hermano se vio apoyada por una justa valoración de los recursos financieros del señor Morland, que, tan pronto como el general se dejó informar, se encontraban en condiciones de ofrecer. El general supo entonces que las primeras exageraciones de Thorpe respecto a la riqueza de la familia le habían engañado casi más que la maliciosa corrección posterior; que en ningún sentido de la palabra era indigentes ni pobres, y que Catherine contaría con tres mil libras de dote. Esto suponía una rectificación tan sustancial de sus anteriores expectativas que contribuyó en gran medida a suavizar la contramarcha de su orgullo; como tampoco tuvieron poca importancia sus propias averiguaciones, que puso especial cuidado en procurarse, de que la finca de Fullerton se hallaba enteramente a disposición de su presente propietario y quedaba por tanto abierta a cualquier especulación codiciosa.

Fundándose en esto, y poco después del casamiento de Eleanor, el general permitió a su hijo que regresara a Northanger y allí le hizo depositario de su consentimiento, que expresó por escrito y con la máxima cortesía en una página llena de declaraciones huecas dirigidas al señor Morland. El acontecimiento que esa carta autorizaba se produjo poco después: Henry y Catherine se casaron, sonaron las campanas y todos sonrieron de dicha, y como esto sucedió sin que hubiera transcurrido un año desde el día en que se conocieron, no diremos, tras todas las horribles demoras originadas por la crueldad del general, que los novios se sintieran gravemente perjudicados por ello. Comenzar una vida de dicha absoluta a las edades respectivas de veintiséis y dieciocho años es empezar con buen pie, y como además me confieso convencida de que la injusta intromisión del general, lejos de ser realmente dañosa para la felicidad de los jóvenes, contribuyó a ella en buena medida al permitir que se conocieran mejor y se cobraran aún más afecto, dejo en manos de quien lo considere oportuno decidir si la intención de este libro es recomendar abiertamente la tiranía paterna o recompensar la desobediencia filial.

FIN

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La abadía de Northanger
Jane Austen

ALBA, 2006
Traducción: Guillermo Lorenzo

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Nota: 9 (por su sarcasmo, crítica y gracia)

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