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(páginas 283-286)

CAPÍTULO LXI

Fue un día feliz para la señora Bennet aquel en que se separó de sus dos más queridas hijas. Puede suponersse con qué delicioso orgullo visitó después a la señora de Bingley y le habló de la señora de Darcy. Desearía poder decir, en atención a su familia, que el cumplimiento de sus más destacados anhelos con el casamiento de tantas de sus hijas produjo el dichoso efecto de tornarla mujer sensible, amable y cabal para toda su vida; pero quizá fuera una suerte para su marido, quien no habría podido disfrutar de la felicidad doméstica en forma tan desusada, el que, a pesar de todo, continuase nerviosa en ocasiones e invariablemente mentecata.

El señor Bennet echó muy de menos a su hija segunda; su afecto por ella le sacó de casa más a menudo que podría haberlo logrado cosa alguna. Deleitábase en ir a Pemberley, en especial cuando era menos esperado.

Bingley y Juana permanecieron en Netherfield sólo un año. Vecindad tan próxima a su madre y a los parientes de Meryton no resultaba agradable para el carácter variable de él ni para el amoroso corazón de ella. Entonces quedó satisfecho el deseo favorito de las hermanas de Bingley: compró éste una finca en un condado cercano al de Derby, y Juana e Isabel, como algo añadido a todos sus restantes manantiales de dicha, estuvieron a treinta millas entre sí.

Catalina, pro su pura ventaja material, pasaba la mayor parte del tiempo con sus hermanas mayores, y en sociedad tan superior a la que conociera de ordinario, su progreso fue grande. No era de tan indomable temperamento como Lydia, y libre del influjo del ejemplo de ésta, llegó, con atención y dirección convenientes, a ser menos irritable, menos ignorante y menos superficial. Como era natural, se le previno de las desventajas de la sociedad de Lydia, y así, aunque la señora de Wickham la invitó con frecuencia a ir y residir con ella, con la promesa de bailes y galanes, su padre nunca consintió que fuese.

María fue la única que siguió en la casa, y, necesariamente, se vio obligada a prodigar sus atenciones a la señora de Bennet, que no sabía estarse sola. Tuvo por eso que mezclarse más con el mundo; pero aun pudo filosofar sobre todas las visitas matutinas; y como no resultaba ahora mortificada con comparaciones entre su belleza y la de sus hermanas, su padre sospechó que soportaba el cambio sin disgusto.

En cuanto a Wickham y Lydia, sus caracteres no sufrieron alteración por los casamientos de sus hermanas. Él sobrellevaba con filosofía la convicción de que Isabel conocería ahora cuanto referente a su ingratitud y falsía había antes ignorado; y no obstante, no era ajeno a la esperanza de que Darcy influiría para labrar su suerte. La carta de enhorabuena que Isabel recibió de Lydia por su matrimonio, diole a conocer que semejante esperanza era acariciada, si no por él mismo, por lo menos por su mujer. La carta era así:

Mi querida Isabel: Te deseo alegría. Si amas a Darcy la mitad que yo a mi caro Wickham, habrás de ser muy dichosa. Es una gran fortuna tenerte tan rica, y cuando no sepas qué hacer, espero que te acuerdes de nosotros. Segura estoy de que Wickham le gustaría muchísimo un empleo en la Corte, y no creo que tengamos dinero suficiente para vivir allí sin ninguna ayuda. Me refiero a un empleo de trescientas o cuatrocientas libras anuales; pero, de todos modos, no hables de eso a Darcy si no lo crees posible. Tú, etc.

Y como ocurría que Isabel lo veía muy poco posible, en su contestación trató de poner fin a todo ruego y esperanza de ese género. Más algún alivio, tal como podría proporcionárselo practicando lo que podría llamarse economía doméstica, se lo envió con frecuencia. Siempre había sido evidente que ingresos como los de ellos y administrados por dos personas tan manirrotas y tan despreocupadas por lo por venir, habían de resultar muy insuficientes para su sostén; y siempre que se mudaban era seguro que Juana o ella recibieran alguna súplica de auxilio para pagar sus cuentas. Su modo de vivir, aun después que el restablecimiento de la paz los confinó a un hogar, era en extremo movido. Siempre andaban cambiándose de un punto a otro en busca de estancia más barata, y siempre gastando más de lo que podían. El afecto de él hacia ella, y a pesar de su juventud y de su aire, conservó todos los derechos a la reputación que su matrimonio la había granjeado.

Aunque Darcy nunca le recibió a él en Pemberley, le ayudó a adelantar en su carrera por consideración a Isabel. Lydia les hizo alguna visita oficial cuando su marido iba a divertirse a Londres o a baños, y con los Bingley estaban ambos con frecuencia; tanto, que hasta el buen humor de Bingley se acabó y llegó a hablar de insinuarles que se marcharan.

La señorita de Bingley quedó muy resentida con el casamiento de Darcy; mas en cuanto se creyó con derecho a visitar Pemberley se le pasó el resentimiento: fue más afecta a Georgina que nunca, casi tan atenta con Darcy como hasta entonces, y pagó todos sus atrasos de cortesía a Isabel.

Pemberley fue ahora la morada de Georgiana, y el afecto suyo a su hermana fue exactamente como Darcy había esperado. Fueron ambas capaces de amarse mutuamente cuanto quisieron. Georgiana tenía la más elevada idea de Isabel, aunque al principio se asombrase y casi se alarmase al escuchar la juguetona manera de hablar que empleaba con su hermano; a quien le había inspirado siempre respeto tal que casi sobrepujaba al cariño, veíalo ahora objeto de francas bromas. Su inteligencia recibió conocimientos que antes ignoraba. Con las enseñanzas de Isabel comenzó a comprender que una mujer puede tomarse con su marido libertades que un hermano jamás puede tolerar de una hermana diez años menor que él.

Lady Catalina se indignó de modo extraordinario con el casamiento de su sobrino; y como abrió la puerta a toda su genuina franqueza al contestar a la carta en que él le comunicaba su compromiso, usó un lenguaje tan extremado, en especial al referirse a Isabel, que por algún tiempo se interrumpió toda relación. Pero al final, por influencia de Isabel, él se dejó persuadir a perdonar la ofensa y buscó una reconciliación; y tras algo más de resistencia por parte de su tía, el resentimiento de ésta cesó, ya por afecto hacia él, ya por curiosidad de ver cómo se conducía su esposa; y así, se dignó visitarlos en Pemberley, a despecho de la contaminación que sus bosques habían sufrido no sólo por la presencia de semejante dueña, sino por las visitas de sus tíos desde la capital.

Con los Gardiner, siempre estuvieron en la más amistosa relación. Darcy, y lo mismo Isabel, los querían de veras, sintiendo ambos muy calurosa gratitud hacia las personas que, por traer a ella al condado de Derby, habían servido de intermediarios para su unión.

FIN

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Orgullo y Prejuicio
Jane Austen

 

Traducción de Américo Nos Gray
Planeta, 1984

 

Nota: 10 (y subiendo)

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