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(páginas 409-412)

No puedo creer que digas en serio lo de irte a vivir al piso de arriba. Odio tener que ser yo quien haga esta rudimentaria observación, predecible y feminista, pero, aun en el caso de que no vuelvas conmigo, me gustaría que se te ocurriera algo mejor que volver con él. Viene a ser un auténtico desprecio de ti misma, por tu parte, aunque, claro, también puede ser que te esté interpretando demasiado al pie de la letra, que sólo estés tratando de que me entre en la cabeza que cualquier cosa te parece preferible a mí.

Vayamos ahora con lo que dices de lo pastoril. ¿Te acuerdas de esa película sueca que vimos por la tele, la microfotografía de la eyaculación, la concepción, etcétera? Una maravilla. Primero iba, en su totalidad, el acto sexual conducente a la concepción, visto desde el interior de la mujer. Habían metido una cámara, o algo así, en el vas deferens. No sé como lo hicieron: ¿poniéndole una cámara al tío en la punta de la polla? El caso es que se veía el semen a todo color, bajando, disponiéndose a actuar y lanzándose al más allá, para, al final, encontrar su destino en un sitio distinto… Muy bello todo. El paisaje pastoril por excelencia. Según afirman los seguidores de cierta escuela, ahí es donde empieza el género pastoril a que tú te refieres: en el deseo irreprimible que experimentan determinadas personas, nada simples, de verse transportadas a un entorno perfectamente seguro, encantadoramente sencillo y satisfactorio, que viene a ser como el país natal del deseo. ¡Qué conmovedoras y patéticas son esas obras pastoriles que no pueden admitir ni la contradicción ni el conflicto! Que el seno materno está aquí y el mundo allí, cada uno en su sitio, no resulta tan fácil de comprender como podríamos imaginar. Como pude descubrir en Agor, ni siquiera los judíos, que son a la historia lo que los esquimales a la nieve, parecen capacitados, a pesar de su ardua educación en contra, para protegerse del mito pastoril de la vida antes de Caín y Abel, de la vida anterior al cisma. Huir del ahora, volver al día cero y al primer asentamiento humano sin contaminar… romper el molde de la historia y deshacerse de la distorsión que impone la sucia realidad, según se acumulan los años: eso es lo que Judea significa para, mira tú por dónde, una pequeña anda de judíos beligerantes y desilusionados… También lo que Basilea significaba par Henry, en la claustrofobia de su encierro en Jersey, sin deseo sexual… también -hemos de afrontarlo- lo que Gloucestershire y tú significasteis para mí una vez. Cada paisaje posee su configuración particular, pero ya sean los cráteres lunares del Pentateuco, o los callejones de la ordenada Suiza, con su encanto medieval, o las neblinas y prados de la Inglaterra de Constable, en el fondo siempre hallamos el escenario idílico de la redención que obtendremos recuperando una vida aséptica y privada de confusiones. Totalmente en serio, todos creamos mundos imaginados, casi siempre verdes y maternales, donde podemos ser “nosotros mismos”, por fin. Otra de nuestras búsquedas mitológicas. No tienes más que pensar en esos cristianos que, siendo lo suficientemente sanos y robustos como para no dejarse engañar, sin embargo se desgañitan cantando su visión virginal de Mamá e invocando el belén en una aburrida versión de cuento de hadas. ¿Qué ha representado hasta esta noche para mí nuestro retoño nonato, sino algo perfectamente programado para ser mi pequeño redentor? Lo que dices es verdad: el pastoril no es mi género (como tampoco cabría atribuírselo a Mordecai Lippman); no es suficientemente complicado para suministrarnos una solución real, y, sin embargo, cuánto impulso he encontrado en esta pastoril terapéutica para hombres de mediana edad que viene a ser mi inocentísima (y cómica) visión de la paternidad con el niño imaginado.

Bueno, se acabó. Aquí termina mi texto pastoril, y termina con la circuncisión. Que haga falta practicarle esa delicada operación al pene de un chico recién nacido se te antoja la piedra angular de la irracionalidad humana, y quizá lo sea. Y que la costumbre sea inquebrantable incluso para el autor de mis libros, tan escépticos ellos, demuestra, a tus ojos, lo poco que vale el escepticismo cuando entra en conflicto con un tabú tribal. Pero ¿por qué no verlo desde otro punto de vista? Sé muy bien que promocionar la circuncisión va completamente en contra de Lamaze y de las ideas que hoy en día predomina y que tienden, todas, a quitarle brutalidad al nacimiento, proponiendo incluso que el parto se verifique dentro del agua, para que el niño no se lleve una sorpresa desagradable al salir. La circuncisión es una sorpresa desagradable, desde luego, sobre todo cuando un anciano harto de ajos la practica en el esplendor de un cuerpo recién nacido; pero es que quizá fuera esa la intención de los judíos, lo que hace que la ceremonia sea tan acendradamente judía, lo que pone marca a su realidad. La circuncisión deja muy claro que estás aquí y no allí, que estás fuera y no dentro; también que eres mío, y no de los demás. No hay forma de eludirla: entras en la historia por mediación de mi historia y de mí. La circuncisión es todo lo que el género pastoril no es; y, a mi modo de ver, refuerza la realidad del mundo, que no es una unidad sin conflictos. De modo muy convincente, la circuncisión da mentís al sueño uterino de vivir en una hermosa situación de prehistoria inocente, al atractivo idilio de la vida “natural”, liberada de los rituales creados por el hombre. Nacer es perder todo eso. La pesada mana de los valores humanos cae sobre ti desde el principio, poniéndote en los genitales su marca de propiedad. En la medida en que inventamos nuestros propios significados, además de imitar nuestros yoes, éste es el significado que yo propongo para el rito de la circuncisión. No soy uno de esos judíos que pretenden colgarse de los patriarcas o del moderno Estado de Israel: la relación de mi “yo” judíos con su “nosotros” judíos no es, ni con mucho, tan directa y poco forzada como Henry quiere ahora que sea la suya, ni tengo intención de simplificar el vínculo convirtiendo en bandera el prepucio de nuestro hijo. Hace sólo unas horas, llegué al extremo de decirle a Shuki Elchanan que la costumbre de la circuncisión era, seguramente, irrelevante en lo que a mi “yo” atañía. Bueno, pues resulta que es mucho más fácil decirlo en la calle Dizengoff que aquí sentado, junto al Támesis. Judío entre gentiles y gentil entre judíos. Aquí, por obra de mi lógica sentimental, resulta ser la prioridad número uno. Empujado por tu hermana, por tu madre e incluso por ti, me hallo ahora en una situación que no sólo ha reactivado en mí ese fuerte sentido de la diferencia que había estado a punto de atrofiárseme en Nueva York, sino que, y eso es lo peor, ha estrujado de nuestro idilio doméstico sus últimas gotas de fantasía. La circuncisión confirma la existencia de un nosotros, y de un nosotros que no consiste solamente en él y yo. Ocho semanas en Inglaterra han bastado para hacer de mí un judío, y, pensándolo bien, puede que sea el menos doloroso de los métodos. Un judío sin judíos, sin judaísmos, sin sionismo, sin sin sinagoga ni ejército, sin pistola siquiera, un judío claramente sin hogar, mero objeto en sí, como un vaso o una manzana.

Creo, en el contexto de nuestras aventuras -y las de Henry-, que lo adecuado ahora es concluir con mi erección, la erección circuncisa del padre judío, recordándote tu comentario de la primera vez que la tuviste en la mano. No me preocupó tanto tu inseguridad virginal como lo que parecías estar divirtiéndote, después. Vacilante, te pregunté: “¿No te gusta?” “Oh, sí, está muy bien”, contestaste, sopesándola en la balanza de tu mano, “es el fenómeno en sí lo que me sorprende: lo rápida que es la transición”. Me gustaría que estas palabras sirvieran de colofón a este libro del que estás deseando escaparte, tan tontamente. ¿Escapar a qué, Marietta? Puede, como tú dices, que esto no sea vida; pero te ruego que apeles al encanto y embeleso de tu inteligencia: esta vida es lo más parecido a la vida que tú y yo, y nuestro hijo, podemos esperar que nos ocurra.

FIN 

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La contravida

Philip Roth

Traducción de Ramón Buenaventura
De Bolsillo – Contemporánea
Primera edición Abril 2007

 

Nota: 8

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