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(páginas 323-326)

Sin embargo, la fecha del 29 de mayo de 1453 señala un punto de inflexión. Marca el final de una vieja historia: la de la civilización bizantina. Durante mil cien años, existió junto al Bósforo una ciudad en la que se admiraba el talento y la sabiduría y los textos de los clásicos eran estudiados y conservados. Sin la cooperación de los comentaristas y escribas bizantinos poco sabríamos en la actualidad de la literatura de la antigua Grecia. Asimismo, se trataba de una ciudad cuyos gobernantes, durante siglos, inspiraron y animaron una escuela de arte sin parangón en la Historia humana; un arte que surgió de la combinación de la medida de las cosas con un profundo sentimiento religioso que vio en las obras de arte la encarnación de la divinidad y la santificación de la materia. Por otra parte, Constantinopla era también una ciudad cosmopolita en la que, junto con las mercancías, se intercambiaban libremente ideas, y cuyos ciudadanos se consideraban a sí mismos, no como una unidad racial, sino como los herederos de Grecia y Roma unidos por la fe cristiana. Ahora todo eso había terminado. La nueva raza dominadora no fomentaba el saber entre sus súbditos cristianos. Sin el patrocinio de un gobierno libre, el arte bizantino empezó a decaer. La nueva Constantinopla era una ciudad espléndida, rica, populosa, cosmopolita y llena de hermosos edificios. Pero su belleza era la manifestación del poder terrenal e imperial del sultán, no el reino de Dios cristiano sobre la tierra; y sus habitantes tenían distintas religiones. Constantinopla había renacido, y en adelante sería lugar de destino de visitantes durante muchos siglos; pero era Estambul, no Bizancio.

Entonces, ¿no se logró nada con el heroísmo de los últimos días de Bizancio? Esa valentía impresionó al sultán, como puso de manifiesto su barbarie tras la conquista de la ciudad. Con los griegos no correría riesgos. Siempre admiró el saber helenístico; ahora se dio cuenta de que el heroico espíritu heleno no había muerto por completo. Puede ser que, al restablecerse la calma, su admiración lo animase a tratar mejor a sus súbditos griegos. Las condiciones que el patriarca Genadio consiguió del sultán facilitaron la unidad de la Iglesia griega y de la mayoría de los griegos bajo un gobierno autónomo. El futuro no sería fácil para los helenos. Se les había prometido paz, justicia y oportunidades de enriquecimiento. Pero eran ciudadanos de segundo orden. Pero eran ciudadanos de segundo orden. La esclavitud trajo, inevitablemente, la desmoralización, y los helenos no se libraron de sus consecuencias. Por otra parte, dependían absolutamente de la buena voluntad de su soberano. Mientras vivió el Sultán Conquistador, su suerte no fue tan mala. Pero llegaron otros sultanes, completos desconocedores de la civilización bizantina y orgullosos de ser emperadores del Islam, califas y jefes de los creyentes. Y pronto la gran estructura de la administración otomana entró en decadencia. Los helenos hubieron de responder a la corrupción con imposturas, a la injusticia con deslealtad, a la intriga a contraintrigas. La historia de los griegos bajo el dominio turco es triste y poco edificante. Con todo, a despecho de sus errores y debilidades, la Iglesia sobrevivió; y mientras la Iglesia sobreviviese el helenismo no moriría.

La Europa occidental, con sus ancestrales celos reminiscentes de la civilización bizantina, con sus mentores espirituales denunciando a los ortodoxos como pecadores cismáticos y su obsesivo sentimiento de culpa por su falta de ayuda que había llevado a la ciudad a su fin, optó por olvidarse de Bizancio. No podía olvidar la deuda contraída con los helenos, pero se consideró que dicha deuda era únicamente con la época clásica. Los filohelenos que tomaron parte en la Guerra de la Independencia hablaban de Temístocles y de Pericles, pero nunca de Constantino. Muchos intelectuales griegos imitaron su ejemplo, liderados por el genio maligno de Korais, discípulo de Voltaire y de Gibbon, para quien Bizancio fue un monstruoso interregno de superstición que más valía ignorar. Así fue como la Guerra de la Independencia nunca consiguió la liberación del pueblo heleno, sino tan sólo la creación de un pequeño reino de Grecia. En los pueblos, se mantuvo más vivo el conocimiento. Allí se rememoraban los cantos que habían sido compuestos cuando llegó la noticia de la caída de Constantinopla, castigada por Dios por su lujuria, su orgullo y su apostasía, pero que sostuvo una heroica lucha hasta el final. Sus gentes aún recordaban aquel martes terrible, día que para todos los griegos es todavía un día de mal agüero; pero sus espíritus se enardecían y brotaba su coraje cuando hablaban del último emperador cristiano, que permaneció en la brecha, abandonado por sus aliados occidentales, manteniendo en jaque al infiel hasta que fue superado en número y murió, con el Imperio como mortaja.

FIN 

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LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA 1453
Sir Steven Runciman
Nota previa de Antony Beevor
Epí logo de Javier Marías
Traducción de Panteleimón Zarín
Reino de Redonda
410 páginas
Primera edición: septiembre 2006

 

Nota: 8

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