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(páginas 244-247)

Estando así las cosas, la Nochebuena del año de gracia de 1740 vino a suceder que, habiendo bajado ya todas a la sala capitular para oír la Misa del Gallo, la madre abadesa se percató de que entre las hermanas faltaba sor Benvenuta Loredan, y me envió a mí, en tanto que prima suya y también la más joven de las novicias, a buscarla a su celda, no fuese a haberse sentido enferma de repente. Y es que durante las últimas semanas había sido muy comentado lo que la hermana había adelgazado y palidecido, y cómo sus ojos habían cobrado una mirada muy extraña, de lo que se infirió (y nuestra abadesa incluso la había amonestado por ello) que estaba haciendo alguna penitencia especial, aunque ella siempre negó tal extremo. Así pues, mientras todo el convento, encabezado por nuestra abadesa in Pontificalibus (pues era mitrada, y princesa del Sacro Imperio), se encaminaba en solemne procesión a la capilla toda iluminada, yo corrí escaleras arriba a la celda de sor Benvenuta Loredan. Ésta estaba al extremo de un largo corredor, y al acercarme, advertí que una luz muy brillante se filtraba bajo su puerta. Asimismo me pareció oír voces y ruidos, que me llenaron de asombro. Me detuve, y golpeé la puerta, llamando a la hermana Benvenuta, pero sin obtener respuesta. Los sonidos se habían vuelto nítidos e inconfundibles entre tanto, y eran, de hecho, como los que hacen las madres y niñeras al acunar y mecer en sus brazos a los niños pequeños, interrumpidos cada tanto por exclamaciones de afecto y besos. Me acordé de que nuestra madre abadesa decía siempre que la hermana Benvenuta era una simple y una loca, pero de algún modo, esos sonidos no me hicieron sentir vergüenza ajena ni enfurecerme, sino que, todo lo contrario, me infundieron un respeto y un amor como no los había sentido nunca, y que no sabría describir por falta de palabras, de tal manera que sólo con mucha dificultar resistí el impulso de prosternarme ante esa puerta, que despedía luz por todas sus junturas, como ante algún sagrado misterio. Sin embargo, acordándome de mi obligación, volví a llamar, en vano; y sólo después, muy despacito, eché mano de la falleba y abrí la puerta. Pero de inmediato hinqué los hinojos en el mismo umbral, incapaz de moverme ni de pronunciar palabra ante la maravilla y la gloria de lo que vieron mis pobres ojos pecadores. La celda estaba toda resplandeciente, como si la iluminaran cientos de cirios, y en medio, en el centro de esa fontana luminosa, estaba sentada la hermana Benvenuta, y en su regazo, de pie, nada menos que el Niño Dios. Cada uno de sus piececitos descalzos se apoyaba en una de sus rodillas, y estiraba Su cuerpecito desnudo para alcanzar su rostro, intentando echarle los bracitos al cuello, y alzar su boquita hasta la de ella. Y la bienaventurada Benvenuta lo sostenía con mucha gentileza, como si temiera aplastar Sus pequeños miembros; y se besaban y pronunciaban sonidos que no eran palabras humanas, antes bien como las de las palomas, pero llenas de sentido divino. Cuando vi lo que vi y oí lo que oí, me fallaron las rodillas, y caí al suelo sin una palabra, cegada por la gloria, mis labios esforzándose vanamente por rezar: el tiempo pareció detenerse. De repente, noté que me zarandeaban y me ayudaban a incorporarme, y comprendí que la madre abadesa había enviado a otras hermanas en pos de la hermana Benvenuta y de mí.

La gran luz se había desvanecido, y la celda sólo estaba iluminada por una vela sobre el reclinatorio, pero me pareció (y también a aquellas hermanas a las que tuve ocasión de preguntárselo) que en el aire perduraban una tenue luminosidad, junto con extraños sonidos, como si en lontananza sonaran laúdes y violas de amor, y una fragancia maravillosa, como de rosas de Damasco y grandes lirios blancos al sol. La hermana Benvenuta estaba sentada como yo la había visto, abrazando contra su pecho la figura de cera del Redentor Niño de la Sacristía; una túnica bellísima, de hilos de oro y plata entrelazados, se había deslizado al suelo, a sus pies. Los ojos y la boca de la hermana Benvenuta estaban abiertos de par en par, arrobados. Estaba muerta, y fría ya. De lo que nadie supo dar razón fue de por qué yacía en el suelo de la celda, junto a la ventana, una de las marionetas de un espectáculo que se había dado unos meses antes en nuestro convento, una figura barbada y con cuernos y cascos, etiquetada “Beelzebubb Satanasso”. Tenía los alambres arrancados y retorcidos, la mandíbula articulada hecha añicos, y toda la ropa chamuscada.

[Aquí concluye el postfacio de la hermana Atalanta Badoer, por aquel entonces novicia del Convento de Santa María del Rosal, y prima de la bienaventurada Benvenuta Loredan.]

FIN 

 

 

Amour Dure
VERNON LEE
Presentación de Javier Marías
Nota previa, traducción y edición de Antonio Iriarte
Reino de Redonda
Primera edición: abril 2007

 

 

vernon_lee.jpg

 

Violet Paget (Vernon Lee)
1881
John Singer Sargent
Tate Gallery, London
Oil on canvas

 

Nota: 4

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