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(páginas 196-199)

El prior, muy impresionado por esta escena, hizo que cuatro criados le llevasen sobre unas andas como había solicitado y casi al tiempo que acudía una inmensa muchedumbre al oír las campanadas que anunciaban que el señor de Trota y Littegarde estaban siendo atados al palo de lo hoguera, llegó él con un desgraciado que llevaba el crucifijo en la mano. “¡Alto -gritó el prior, haciendo que dejasen las andas ante el estrado del Emperador-. Antes que prendáis fuego a la hoguera, escuchad las palabras que tiene que deciros la boca de este pecador.” “¿Cómo -gritó el Emperador, levantándose de su asiento con una palidez cadavérica-, es que el santo juicio de Dios no ha hecho ya justicia, es que acaso nos está permitido pensar, después de todo lo sucedido, que Littegarde es inocente y está libre del crimen que se le inculpa?” Al decir estas palabras descendió del estrado y con él más de cien caballeros, a los que siguió el pueblo, que se amontonaba en los bancos y en las empalizadas, y todos rodearon las andas donde yacía el enfermo, “Inocente -repuso éste, incorporándose con ayuda del prior-, según decidió el juicio del Altísimo aquel día decisivo ante los ojos de todos los ciudadanos de Basilea. Ya veis que aquel fue herido con heridas mortales está aquí próspero, lleno de vida y salud, mientras que una herida hecha por su mano, tan superficial que apenas roza la piel, tiene unas consecuencias tan funestas para mi ser que mis fuerzas decaen como la encina derribada por el viento. Aquí están las pruebas, y sólo un incrédulo podría ponerlas en duda: Rosalía, su doncella, fue la que me recibió la noche de San Remigio y yo, insensato de mí, cegado por mis sentidos, creía tener en mis brazos a la que había rechazado con desprecio mi propuesta.” El Emperador, al oír estas palabras, se quedó petrificado. Volviéndose hacia la hoguera, envió un caballero con la orden de que él mismo subiese las escaleras y desatase las ligaduras del tesorero y de la dama, que yacía desvanecida en brazos de la madre, haciéndoles venir a su presencia. Luego exclamó: “¡Que un ángel proteja cada uno de vuestros cabellos!”, cuando Littegarde, con el seno casi descubierto y su pelo suelto, se aproximó de la mano de su amigo el señor de Trota, cuyas rodillas vacilaban, en medio de la reverencia y el respeto del pueblo que temerosamente se apartaba. Cuando ambos se arrodillaron ante él, les besó en la frente y después de pedirle a su esposa el armiño que llevaba y de habérselo puesto sobre los hombros a Littegarde ante los ojos de todos los caballeros allí reunidos les ofreció el brazo con la intención de conducirla a las estancias del palacio real… Y luego, mientras el tesorero se cubría con un sombrero de plumas y un manto caballeresco, despojándose de su vestido de penitente, volvióse hacia el Conde, que, preso de convulsiones y en un estado lastimoso, se agitaba en la camilla, y conmovido por un sentimiento de piedad, ya que en el desafío que le ocasionaba la muerte no había sido totalmente culpable y sacrílego, preguntó al médico que le asistía, si no había salvación para el desgraciado. “Es en vano -respondió Jacobo Barbarroja, apoyándose en el regazo del médico, y agitado por espantosas convulsiones-: He merecido la muerte que sufro. Pues habéis de saber, puesto que el brazo de la justicia en este mundo ya no me alcanza, que yo soy el matador de mi hermano, el noble conde Guillermo de Breysach y el malvado que le atravesó con una flecha de mi arsenal fue instigado por mí, seis semanas antes, para poder lograr el trono.” Después de esta declaración, se desplomó en las andas y exhaló su último suspiro. “¡Ah!, eso es lo que sospechaba mi esposo el Conde -gritó la Regente, que estaba junto al Emperador, y que desde el estrado del castillo había descendido, formando parte del séquito de la Emperatriz, para aproximarse a la plaza-: Eso es lo que me dijo en el preciso momento de su muerte con palabras entrecortadas que apenas pude entender.” El Emperador, encolerizado, añadió: “Todavía el brazo de la justicia alcanzará tu cadáver -y volviéndose hacia los esbirros les dijo-: Entregadle, tal como está, a los verdugos, y para que su memoria se borre totalmente, que arda en la hoguera donde iban a ser sacrificados dos inocentes”. Y como su cadáver comenzase a crepitar entre las rojas llamas y fuera aventado por el viento norte en todas direcciones, él mismo condujo a la dama Littegarde, acompañada de un gran séquito de caballeros, hacia el castillo. Y por una orden imperial devolvióle su herencia paterna de la que se habían apoderado sus hermanos en el innoble ansia de dominio, y tres semanas después se celebraron los esponsales de los dos excelentes prometidos en el castillo de Breysach y tuvo y sintió gran gozo la Condesa Regente al ver que las cosas tomaban otro cariz, por lo que regaló a los desposados una buena parte de las posesiones del Conde. El Emperador, después de celebrada la boda, le puso al cuello al señor de Trota una cadena con una condecoración, y luego que hubo terminado sus negocios de Estado en Suiza trasladóse a Worms, donde hizo que se publicasen los estatutos del santo juicio de Dios en este desafío y que la culpa fuese evidente y quedaron grabadas para siempre las siguientes palabras: “Es la voluntad de Dios”.

FIN 

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ALIANZA EDITORIAL
Traducción y prólogo de Carmen Bravo-Villasante
ISBN: 8420659045
208 pgs (11.0×18.0 cm)

 

Índice

Prólogo por Carmen Bravo-Villasante
La Marquesa de O
El terremoto de Chile
Los desposorios en Santo Domingo
La mendiga de Locarno
El expósito
Santa Cecilia o el poder de la música
El desafío

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Heinrich von Kleist (18 de octubre de 177721 de noviembre de 1811) fue un poeta, dramaturgo y novelista alemán.

Se suicidó siendo muy joven, pero en su obra se muestra como un autor de transición desde el clasicismo. Entre sus piezas dramáticas destacan El príncipe de Homburg, en cuya trama tienen gran importancia los sueños, Pentesilea, tragedia de tema grecolatino, y la graciosa comedia El jarrón roto. También escribió narraciones breves, como La marquesa de O.

Nota: 5

 

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