Etiquetas

(páginas 78 -79)

-¿Sigues pues emperrado en ello? -dijo tristemente la voz.
-Más que nunca.
-Estás tan empeñado, señor caballero, que terminarás por echarme de tu servicio y no vendré nunca más a visitarte ni a decirte las noticias.
-No, seguirás viniendo, porque serás más amigo mío y más querido cuando te haya visto.
-Hay que hacer todo lo que quieres -dijo Orthon.
-Sí, es menester -respondió el caballero.
-Pues bien, sea.
-¿Consientes?
-Sí, la primera cosa que veas mañana al abrir la ventana del comedor, en el patio, ése seré yo.
-Bueno, vete a tus asuntos -dijo el caballero-, que no he dormido todavía de la pena por no haberte visto y tengo sueño.

El caballero se despertó tarde, porque se había dormido pasada la medianoche. Inmediatamente le dominó el temor de que Orthon no hubiera tenido la paciencia de esperar y se hubiera ido. Saltó pues de su lecho, cruzó el corredor, corrió al comedor, abrió la ventana y quedó muy maravillado porque en el patio había, buscando alimento entre el estiércol y las hierbas, una gran jabalina, mayor que las que él había visto nunca, con tetas colgantes como si hubiera alimentado treinta jabatos, tan flaca que no tenía más que los huesos y la piel y con un hocico alargado como una trompa, y completamente sumido, que no hacía más que gruñir.

Cuando el señor de Corasse vio aquello, quedó muy asombrado; porque no pudo creer que fuese su gentil mensajero Orthon el que había tomado aquella forma, sino que pensó que era una cerda salvaje que había escapado por hambruna del bosque y había ido en busca de buen alimento al patio del castillo. Y como no le gustaba ver en su casa un animal tan lamentable, dio órdenes a sus criados y llamó a sus montero, gritando: “¡Pronto! ¡Pronto! Soltad los perros de la perrera, id sobre esa jabalina, y que la maten”. Los monteros y criados obedecieron y soltaron la jauría. Apenas los perros vieron a la cerda, se lanzaron hacia ella con gran valor y con las fauces abiertas; pero no mordieron más que el viento, porque cuando estuvieron a su lado se desvaneció en humo.

Jamás volvió a ver a su gentil mensajero Orthon el señor de Corasse, que murió al año siguiente, el mismo día, a la misma hora, en el mismo minuto que la aventura que acabamos de contar.

FIN

Alejandro Dumas (padre)

Las tumbas de Saint-Denis y otros relatos

El País. Relatos Breves
Les tombeaux de Sain-Deinis
Les deux étudients
Historie du demon familier du Sire de Carasse

Traducción Mauro Armiño
Diario El País S. L., 2007

Nota: 5

Anuncios