[páginas 313-315]
Adiós, Semana Santa
El maestro Luna nos explicó en clase cómo debería ser la Semana Santa perfecta. Como en los pueblos del centro de la República.
-Son días tan tristes -decía-, que no se mueve ni una hoja. Hasta los burros están silencios.
Era hermano marista y de Guadalajara -no sé de dónde agarró la palabra silencio, “tense silencios, muchachos”, decía (no sé si me lo estoy inventando)-, y recordaba con nostalgia el trigo verde en macetas y las naranjas con banderas de papel de estaño de su niñez.
Estaba hablando a otra generación, a los niños de 1940, que lo veían como animal raro. A mí, en aquella época, no había nada que me pareciera más aburrido que una naranjas con banderas, un charco de sábado de Gloria, o visitar las Siete Casas -todas eran iguales, con adornos de azucenas.
Años después me acordé del maestro Luna -me acuerdo de él a cada rato-. Llegamos a Ciudad del Maíz a las tres de la tarde de un Viernes Santo. Las mujeres andaban de luto y los burros, de veras, estaban silenciosos.
Hacía un calorón. Quisimos comprar tortillas Ciudad del Maíz y no había.
Otro año, en Viernes Santo, también, a las tres de la tarde, me tocó la mala suerte de tener que cambiar de autobús en Dolores Hidalgo. Iba yo con mi madre. Mientras llegaba el otro autobús, ella se sentó en la banca de la plaza de armas y me dijo:
-Veme a comprar unas carnitas.
Se olvidaba de que era pecado mortal comerlas. Pecado imposible de cometer, porque carnitas no había en todo el pueblo. Acabamos comiendo unos chiles rellenos muy oreados que encontré en el mercado.
En otra ocasión, en Jueves Santo, tuve un pleito con un torero irapuatense. Estábamos en el velatorio de un tío mío y los dolientes empezaron a tener mucha hambre. Salí yo con la encomienda de que trajera tortas para todos, y me encontré con que el torero, que creía como muchos del rumbo, que el Jueves Santo también es vigilia, no las tenía más que de queso descremado.
-¿Qué no tiene de jamón? -le pregunté.
Entonces, el torero beato, levantó un dedo bastante mugroso para llamar mi atención a los campanazos del Santuario de Guadalupe, que estaban en ese momento retumbando, para llamar a la quinta o a la queda, o a lo que haya sido a esas horas. Como diciendo, “No hay tortas de jamón, porque este es un día muy sagrado”.
Yo me puse furioso.
-Hoy no es vigilia, viejo… -Aquí dije una palabrota que escandalizó a todos los que la oyeron y los dejó convencidos de que yo era apóstata.
Para contrarrestar estas que van de arena, otra Semana Santa la pasé, con amigos, en Chachalacas. ¡Si el maestro Luna nos hubiera visto! Jugamos a la ruleta, a la lotería y al burro entripado, bailamos, y el Viernes Santo, nuestra hotelera, doña Petra, que era retrasada mental, mató un guajolote y lo hizo en mole colorado.
-¿Qué no será día de vigilia, doña Petra -preguntó, con mucho tacto, el más religioso de los que estábamos sentados a la mesa.
Doña Petra se encrespó.
-¿Cómo va a ser día de vigilia? ¿Qué no sabe usted que esta es la fiesta religiosa más importante del año?
Como nadie estaba de humor para meterse en discusiones litúrgicas, nos comimos el mole.
Otro día memorable, fue un Domingo de Resurrección que pasé en el rancho. Fui a misa y me senté en una silla que había en el presbiterio -era la parte de la capilla donde olía menos feo-. Allí estaba yo muy devoto, cuando llegó Cleto, el sacristán, con un vaso de agua sucia en la mano, a preguntarme si me la quería beber. Era el agua del lavatorio, en la que se habían lavado los pies los representantes de los Apóstoles. Le dije que no, muchas gracias y lo ofendí brutalmente.
FIN
Nota: 6. Gracioso nomás.

REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN
Jorge Ibargüengoitia
Prológo y edición de Juan Villoro
Reino de Redonda, 2008
ÍNDICE
El cronista en su jardín (Prólogo), por Juan Villoro
REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN (Antología de crónicas) por Jorge Ibargüengoitia
El lenguaje de las piedras
El turismo del futuro
Revolución en el jardín
Cómo enseñar literatura
Seducidos, llamados y quemados
El autor ante el público airado
Humorista: agítese antes de usarse
El cine como último recurso
Improvisación con pie forzado
Autopsias rápidas
Delirio de persecución
Barril sin fondo
Memorias de un hombre elegante
¿Cón quién hablo?
Arte de predecir
Bajo el signo de Acuario
Las vacaciones de Eudoxia
¿Quién será el que está tocando?
La obligación de estar triste
Mujer pintando en cuadro azul
Manual del viajero
Conozca México primero
Aguas termales
Los Caporetto ya no viven aquí
Lluvia en el alma
Con de “C” de Cold
Fatiga turística
Pase lo que pase
Una partida de caza
Nueva guía de México
Organización de festejos
Si no fuéramos quienes somos
Pobres pero solemnes
Hospitalidad mexicana
Presentación a la mexicana
Ondas hertzianas
El claxon y el hombre
El Arauca vibrador
Conversaciones rituales
Malos hábitos
Historia de un informe
Homenaje a las bellas
Recuerdos del diez de mayo
Ensayo de nota luctuosa
Misterios de la vida diaria
Manual navideño
Regalos perfectos
Cortesía mexicana
Geografía popular
Malas pasiones
¿Usted también escribe?
Homenaje al lector
Ficciones
El precio del éxito
Reflexión lunática
El paraíso podrido
Personalidad turística
Adiós, Semana Santa
APÉNDICES

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Al encantador Enric González le encantó: artículo “Un sarcástico incurable” en El País