NOCHES EN HOLLYWOOD – James Ellroy

21 07 2009

[páginas 286-288]

Me gasté el billete en una tienda de ropa usada y elegí un traje a rayas como el que llevaba Bogart en El halcón maltés. Los pantalones me quedaban demasiado cortos y la chaqueta demasiado estrecha, pero el efecto general era bueno. Me afeité en seco en los lavabos de hombre de una gasolinera y robé a un niño que vendía flores los narcisos que le quedaban.

Pom, pom, pom, llamé a la puerta de una pequeña cabaña de adobe; bum, bum, bum, mientras mi corazón sobreexcitado martilleaba el ritmo de una big band. La puerta se abrió y casi grité.

Los cuatro años transcurridos desde que había visto a Lorna por última vez le habían dejado sesenta mil kilómetros en el rostro. Estaba agrio de sol, con costuras, fosos y escamas, y sus surcos de la risa se habían convertido en surcos de enfurruñamiento más hondos que la falla de San Andrés. El cuerpo que antaño fuera voluptuoso, enfundado en satén blanco, iba ahora cubierto por un sucio sarape de criada mexicana. Desde los lugares más recónditos de lo que antes hubo entre nosotros, dragué un saludo.

-¿Qué pasa, nena?

Lorna sonrió, mostrando oro dental suficiente para financiar una revolución.

-¿No vas a preguntarme lo que ocurrió, Spade?

-¿Qué ocurrió, nena?

-Primero tu interpretación, Spade – suspiró Lorna-. Siento curiosidad.

-No fuiste capaz de aguantar. – Me alisé las solapas-. No pudiste soportar la vida peligrosa que yo llevaba. No pudiste soportar el riesgo, el romance, los dolores de cabeza y la vulnerabilidad inherentes a un caballero que recorría las malas calles como yo. Reconócelo, nena. Yo era demasiado hombre para ti.

Lorna sonrió y aparecieron más grietas en el mapa en relieve de su cara.

-Tus efectos teatrales me dejaban más exhausta que los míos propios. Entré en un convento de monjas mexicanas, me bronceé al sol y se me estropeó la piel, empecé a escribir música de nuevo y encontré a un hombre de la tierra, Pedro, mi marido. Hago tortillas, lavo la ropa en el río y la pongo a secar encima de las piedras. A veces, si Pedro y yo necesitamos más pasta, preparo margaritas en el bar Blue Fox. Es una vida sencilla y buena.

-Pero Maggie me dijo que querías verme -saqué el as que me tenía reservado- “una vez más”, como si…

-Sí, como en las películas. Es así. Vendí “Prison of Love” a unas tres docenas de cantantes de bistró que la hacen pasar por propia. Está registrada en la Sociedad de Autores bajo treinta y cinco títulos como mínimo y yo le he sacado unos buenos cinco de los grandes. Y bien, esa canción la escribí para ti en nuestros días de jóvenes inexpertos y, en nombre de lo que hubo entre nosotros durante dos segundos, te ofrezco el diez por ciento. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me inspiró esa maldita cosa.

Me apoyé en el umbral, exhausto tras cuatro años de arder y tres días de matanzas y pandemónium.

-Me matas, nena.

Lorna se acercó a un armario y volvió con un fajo de billetes yankis. Le guiñé un ojo, me guardé el dinero, volví a la calle y entré en una cantina. El interior estaba oscuro y fresco. Unas monadas mexicanas bailaban desnudas encima de la barra. Pedí una botella de tequila, le pegué un trago y eché monedas a la gramola para todas las piezas con vocalistas femeninas. Cuando la priva me hizo efecto y empezó la música, contemplé los chochos desnudos que giraban y traté de obsesionarme.

FIN

Nota: 9. Ellroy me mata.

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Mickey Cohen y acompañante

Más información sobre la rubia aquí, aquí y en youtube

NOCHES EN HOLLYWOOD

James Ellroy

Traducción: Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí

Ediciones B

288 páginas

Índice

Venido del pasado

El blus de Dick Contino

Negrolandia Rica

Marque Axminster 6-400

Desde la ausencia

El momio

La prisión del amor

[página 169]

-Puedes llevar un perro a la salsa, pero no puedes obligarlo a que la lama.

Reseña en ElPeriódico.com

La web de Dick Contino





EL ASESINO DE LA CARRETERA – James Ellroy

28 03 2009

[páginas 333-334]

Salvo este epílogo, mi relato está completo. Llevo catorce meses en Sing Sing; Dusenberry lleva nueve muerto. No se han cursado órdenes de extradición contra mí y en el mapa que adorna la pared de mi celda hay clavados sesenta y dos alfileres. Ayer cumplí treinta y siete años.

Milton Alpert está leyendo las primeras páginas de mi manuscrito en una celda enfrente de la mía, al otro lado del pasillo. Llevo una hora observándolo y parece asustado.

Ya se ha acabado. Estoy tan muerto e inanimado como esos alfileres de cabeza roja que adornan mi mapa. Al repasar estas cuatrocientas y pico páginas, veo que estuve, sucesivamente, asustado y enfurecido, que fui atrevido y cobarde, depravado y poseído de una nobleza de guerrero. Luché y huí y, cuando amé, mi emoción respondió a una voluntad de poder similar a la mía. Que él resultara débil y traidor carece de importancia; como todos los seres humanos, me uní a un amante bien parecido que llenó de gracia mis propios espacios en blanco, dejando partes de mi voluntad en suspiros y abrazos. Pero, a diferencia de la mayoría de los seres humanos, no permití que mi deseo me destruyera. Mis últimas muertes fueron por él, y por él estuve a punto de dejar con vida a mi última víctima, pero al final mi voluntad se mantuvo intacta. Poseí la experiencia, pero no pagué el precio final.

Otros lo pagaron por mí.

Al quitarles la vida, los conocí en los momentos más exquisitos de su existencia. Al acabar con ellos cuando eran jóvenes, ardientes y llenos de salud, asimilé una impetuosidad y un sexo que habrían languidecido de no haberlos usurpado para mi propio uso. Lo que hice fue en parte para acallar mis pesadillas y calmar mi rabia terrible, y en parte por la emoción y la sensación de poder de alto voltaje que me proporcionaba el asesinato. No puedo resumir mis impulsos con una perspectiva mayor que ésta.

Así, busca causa y efecto; participa de mi brillante recuerdo y de mi absoluta sinceridad y llega a la conclusión que quieras. Construye montañas de elipses y bastiones de lógica de interpretaciones de la verdad que te he dado. Y si he ganado tu credibilidad retratándome abiertamente, con fragilidades incluidas, créeme si te digo lo siguiente: he alcanzado puntos de poder y de lucidez que no pueden medirse por ningún parámetro lógico, místico o humano. Tal era la santidad de mi locura.

Ahora se acabó. No me someteré a la duración de mi sentencia. Completada esta despedida en sangre, mi tránsito en forma humana ha llegado a su punto culminante; subsistir más allá resulta inaceptable. Los científicos dicen que toda la materia se dispersa en una energía irreconocible pero penetrante. Me propongo averiguarlo volviéndome hacia dentro y cerrando mis sentidos hasta que implosione en un espacio más allá de toda ley, de toda carretera, de todo límite de velocidad. De alguna forma oscura, continuaré.

FIN

Nota: 6. Otro asesino múltiple más…

James Ellroy

James Ellroy

“Confieso que he matado” por Rodrigo Fresán

comentario en Ojos de papel

reseña en elmundo.es

James Ellroy
EL ASESINO DE LA CARRETERA

Ediciones B
Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté
1ª edición Septiembre, 2008
ÍNDICE
I. Los Ángeles
II. San Francisco
III. Crímenes de oportunidad; asaltos de pesadilla (1974-1978)
IV. El rayo cae dos veces
V. El rayo se dispersa
VI. Como fugitivo: llenando el mapa (enero 1979-septiembre 1981)
VII. Implosión