CHESIL BEACH – Ian McEwan

29 05 2008

[páginas 180-184]

Años después, cada vez que Edward pensaba en ella o hablaba mentalmente con ella, o imaginaba que le escribía o que se la encontraba en la calle, se le antojaba que hacer un relato de su propia vida le habría llevado menos de un minuto, menos de la mitad de una página. ¿Qué había hecho de sí mismo? Se había dejado llevar por la corriente, medio dormido, poco atento, sin ambición, sin seriedad, sin hijos, confortable. Sus logros modestos eran sobre todo materiales. Poseía un estudio diminuto en Camden Town, era propietario a tiempo compartido de una casa de campo de dos habitaciones en Auvergne y de dos tiendas de discos especializadas en jazz y rock and roll, negocios precarios que poco a poco iban socavando las ventas por Internet. Suponía que los amigos le consideraban un buen amigo y había vivido una buena época, una época loca, sobre todo los primeros años. Era padrino de cinco niños, aunque no empezó a desempeñar esta función hasta que ellos frisaban o acababan de sobrepasar los veinte años.

En 1976 murió la madre de Edward y cuatro años más tarde él se instaló en la casita para cuidar a su padre, aquejado de la enfermedad de Parkinson, que progresaba rápidamente. Harriet y Anne, casadas y con hijos, vivían fuera. A la sazón, Edward tenía cuarenta años y un matrimonio fracasado a la espalda. Viajaba a Londres tres veces por semana para ocuparse de las tiendas. Su padre murió en casa en 1983 y fue enterrado al lado de su mujer en el cementerio de Pishill. Edward se quedó como inquilino en la casa paterna; sus hermanas eran ahora las propietarias legales. Al principio utilizó el lugar como un refugio de Camden Town, y después, a principios de los años noventa, se mudó allí para vivir solo. Físicamente, Turville Heath, o el rincón que él ocupaba, no era muy distinto del hogar en que había crecido. En lugar de labradores o artesanos, tenía por vecinos a propietarios de segundas residencias o trabajadores que se desplazaban a diario a la ciudad, pero todos ellos eran amistosos. Y Edward nunca se habría considerado una persona infeliz: entre sus amistades de Londres había una mujer a la que tenía mucho afecto; ya entrado en los cincuenta jugaba al críquet en el Turville Park, era un miembro activo de una sociedad de historia de Henley y participó en la restauración de los arriates de berros de Ewelme. Dos días al mes trabajaba para una fundación con sede en High Wycombe que ayudaba a niños con lesiones cerebrales.

Incluso sesentón, un hombre grande y corpulento, con el pelo blanco surcado de entradas y una cara rosada y saludable, conservaba el hábito de las caminatas. Su paseo diario aún incluía la avenida de tilos, y con buen tiempo emprendía un trayecto circular para observar las flores silvestres en el terreno comunal de Maidensgrove o las mariposas en la reserva natural de Bix Bottom, y volvía a través de los hayedos a la iglesia de Pishill, donde pensaba que a él también le supultarían algún día. Alguna que otra vez, llegaba hasta una bifurcación de caminos en lo profundo de un hayedo y pensaba ociosamente que allí debió de ser donde ella se había parado para consultar su mapa aquella mañana de agosto, y se la imaginaba nítidamente, sólo a unos pocos centímetros y cuarenta años después, determinada a encontrarle. O se detenía delante de una vista del valle de Stonor y se preguntaba si sería allí donde ella había hecho un alto para comer la naranja. Al final se confesaba a sí mismo que nunca había conocido a nadie a quien hubiese amado tanto, que nunca había encontrado a nadie, hombre o mujer, que igualase la seriedad de Florence. Quizá si se hubiera quedado con ella se habría concentrado más en su vida y ambiciones y habría podido escribir aquellos libros de historia. Aunque no era lo que a él le gustaba, sabía que el cuarteto Ennismore era eminente y seguía siendo un conjunto venerado en el campo de la música clásica. Nunca iba a los conciertos ni compraba -ni siquiera los miraba- los álbumes de grabaciones de Beethoven o Schubert. No quería ver la fotografía de Florence y descubrir la obra de los años ni saber detalles de su vida. Prefería conservarla como era en sus recuerdos, con el diente de león prendido en el ojal y la diadema de terciopelo, la bolsa de lona en bandolera y el hermoso rostro de huesos fuertes, con su sonrisa amplia y sin malicia.

Cuando pensaba en ella, lo hacía con cierto asombro de haber dejado escapar a aquella chica del violín. Ahora, por supuesto, veía que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia -ojalá él hubiera tenido las dos cosas a un tiempo- sin duda los dos habrían salido adelante. Y entonces, ¿qué hijos no nacidos habrían podido tener oportunidades, qué niña con una diadema podría haberse convertido en un familiar querido? De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada. En Chesil Beach podría haber llamado a Florence, podría haberla seguido. No supo, o no había querido saberlo, que al huir de él, convencida en su congoja de que estaba a punto de perderle, nunca le había amado más, o con menos esperanza, y que el sonido de su voz habría sido una liberación para ella, y habría vuelto. Pero él guardó un frío y ofendido silencio en el atardecer de verano y observó la premura con que ella recorría la orilla y cómo las olitas que rompían acallaban el sonido del avance trabajoso de Florence hasta que sólo fue un punto borroso y decreciente contra la inmensa vía recta de guijarros relucientes a la luz pálida.

FIN

Nota: 7. El final es demasiado brusco.

[Foto de Shailendra Pandey en Flickr]

Chesil Beach
Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
febrero, 2008





Entre las sábanas – Ian McEwan

21 02 2008

[páginas 177-181]

-De acuerdo, y muchas mujeres valientes también. América se hizo a tiros. Eso no se puede negar. -George cruzó la habitación hasta el mueble bar y sacó algo de color negro de detrás de las botellas-. Aquí tengo guardad una pistola -dijo, y la levantó para que todos la viésemos.

-¿Para qué? -preguntó Mary.

-Cuando tienes críos, cambia mucho la actitud que tienes hacia la vida y la muerte. Nunca tuve pistola hasta que aparecieron los chicos. Ahora pienso que dispararía sobre cualquiera que amenazara su existencia.

-¿Esa pistola es de verdad? -pregunté. George se acercó hasta nosotros con la pistola en una mano y una botella de whisky en la otra.

-¡Ya lo creo que es de verdad!

Era muy pequeña y no asomaba más allá de la palma de su mano.

-Déjame verla -dijo Terence.

-Está cargada -le advirtió George mientras se la pasaba.

La pistola pareció tener un efecto tranquilizador sobre todos nosotros. Mientras Terence la examinaba, George llenó nuestros vasos en silencio. Luego se sentó y me recordó que había prometido tocar la flauta. Pasaron un par de minutos de silencio soñoliento, interrumpidos sólo por George para decirnos que, después de aquella copa, cenaríamos. Mary estaba ausente, inmersa en sus pensamientos. Daba vueltas lentamente a su vaso con el índice y el pulgar. Me recosté sobre los codos y empecé a tratar de recordar la conversación que acabábamos de tener. Intentaba recordar cómo habíamos llegado a aquel silencio repentino.

Entonces Terence le quitó el seguro a la pistola y apuntó a la cabeza de George.

-Arriba las manos, cristiano -dijo, con voz grave.

George no se movió.

-Con las pistolas no se juega -dijo.

Terence apretó más el gatillo. Por supuesto, bromeaba, pero desde donde yo estaba veía que tenía el dedo sobre el gatillo, y que empezaba a apretarlo.

-¡Terence! -susurró Mary, y le tocó la espalda suavemente con el pie.

Con los ojos clavados en Terence, George bebía a sorbos su copa. Terence colocó la otra mano alrededor del arma, que apuntaba al centro del rostro de George.

-¡Muerte a los propietarios de armas de fuego!

Terence parecía hablar en serio. Yo también intenté llamarlo por su nombre, pero de mi garganta apenas salió un murmullo. Cuando volví a intentarlo, dije algo bastante irrelevante a causa del pánico cada vez mayor que sentía.

-¡Ahí va! -dijo Terence, y apretó el gatillo.

A partir de entonces la velada se sumió en la cortesía convencional y rebuscada con la que los americanos, cuando quieren, pueden dejar muy atrás a los ingleses. George era el único que había visto a Terence quitarle las balas a la pistola, y eso nos unió a Mary y a mí en un leve pero prolongado estado de shock. Comimos ensalada y embutidos, con los platos apoyados en las rodillas. George le preguntó a Terence por su tesis sobre Orwell y las perspectivas de empleo en la enseñanza. Terence le hizo preguntas a George sobre su negocio de alquiler de artículos de broma y los requisitos de las habitaciones para enfermos. A Mary le preguntaron sobre su empleo en la librería feminista y respondió con afabilidad, evitando cuidadosamente cualquier afirmación que pudiese provocar una discusión. Por fin, me pidieron que diera detalles sobre mis planes de viaje, lo que hice de manera profusa y aburrida. Expliqué que pasaría una semana en Amsterdam antes de volver a Londres. Eso hizo que George y Terence se pasaran varios minutos cantando las alabanzas de Amsterdam, aunque resultaba bastante evidente que habían visitado dos ciudades muy diferentes.

Después, mientras los demás tomaban café y bostezaban, toqué la flauta. Toqué la Sonata de Bach igual que de costumbre, pero tenía la cabeza en otro sitio, pues estaba harto de aquella música y de mí por tocarla. Mientras las notas iban transfiriéndose de la partitura a las puntas de mis dedos, pensaba: ¿Pero todavía sigo tocando esto? Seguí escuchando el estridente eco de nuestras voces, vi la pistola negra en la palma abierta de George, al humorista surgir entre la penumbra para volver a tomar el micrófono, me ví a mí mismo hacía muchos meses disponiéndome a salir de San Francisco en dirección a Buffalo en un coche recién salido de fábrica, gritando de júbilo por encima del rumor del viento a través de las ventanas abiertas: Soy yo. Aquí estoy. Allá voy… ¿Dónde estaba la música que debía acompañar a todo aquello? ¿Por qué no la buscaba siquiera? ¿Por qué seguía haciendo algo para lo que no valía?: música de otra época y otra civilización, cuyas certezas y perfecciones eran ficciones y mentiras para mí, por mucho que hubiesen sido en algún momento, o quizá siguiesen siéndolo, verdades para otros. ¿Qué debería buscar? (Interpreté el segundo movimiento como un redoble de piano.) Algo difícil y libre. Pensé en las historias de Terence sobre sí mismo, en su jueguecito con la pistola, en los experimentos que Mary hacía consigo, en mí tamborileando con los dedos sobre el lomo de un libro en un momento de distracción, en la inmensa y fragmentada ciudad sin centro, sin ciudadanos, en una ciudad que existía sólo en la mente, un nexo de cambio o estancamiento en la vida de los individuos. La imagen y la idea se estrellaban ebriamente una detrás de otro de pretendida armonía e inexorable lógica. En medio de un compás, levanté la vista de la partitura y eché un vistazo a mis amigos, tendidos en el suelo. Después su imagen permaneció brevemente sobre la partitura. Era posible, incluso probable, que ninguno de los cuatro volviera a verse jamás, y frente a tan trivial fugacidad mi música resultaba inane en su racionalidad, mezquina en su sobredeterminación. Déjasela a otros, a los profesionales que puedan evocar los días de su verdad pasada. Para mí no significaba nada, ahora que ya sabía lo que quería. Aquel escapismo refinado…, un crucigrama con las respuestas ya escritas: ya no podía seguir tocando.

Dejé de tocar al llegar al movimiento lento y levanté la vista. Estaba a punto de decir “Ya no puedo más”, pero los tres se pusieron de pie aplaudiendo y me dedicaron amplias sonrisas. Parodiando al público de los conciertos George y Terence se llevaron las manos a la boca y gritaron:

-Bravo! Bravissimo!

Mary se adelantó, me besó en la mejilla y me entregó un ramo de flores imaginario. Abrumado de nostalgia por un país que aún no había abandonado, no pude hacer otra cosa que juntar los pies y hacer una reverencia, mientras estrechaba las flores contra mi pecho.

Entonces Mary dijo:

-Vámonos. Estoy cansada.

FIN
Nota: 6
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Author Ian McEwan Receives STellfox Prize september 26-28, 2005
Entre las sábanas
Ian McEwan
Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto

ÍNDICE

Pornografía
Reflexiones de un simio cautivo
Dos fragmentos: marzo de 199…
Más muertos, imposible
Entre las sábanas
Vaivén
Psicópolis