HUYE RÁPIDO, VETE LEJOS – Fred Vargas

6 10 2008

[páginas 408-410]

En El Vikingo, Bertin servía una ronda general en honor de Damas, cuya cabeza reposaba fatigada sobre el hombro de Lizbeth. Le Guern se levantó y estrechó la mano de Adamsberg.

-Boquete taponado -comentó Joss-. Ya no hay especiales. Las legumbres en venta vuelven a predominar.

-En la naturaleza -dijo Adamsberg- menospreciamos con demasiada frecuencia el extraordinario poder de la calabaza.

-Es exacto -dijo Joss con seriedad-. He visto calabazas que se volvieron como globos en el transcurso de dos noches.

Adamsberg se deslizó entre el grupo ruidoso que comenzaba a cenar. Lizbeth le ofreció una silla y le sonrió. Tuvo bruscamente ganas de apretarse contra ella, pero el sitio ya estaba ocupado por Damas.

-Va a dormirse sobre mi hombro -dijo señalando a Damas con el dedo.

-Es normal, Lizbeth. Va a dormir mucho tiempo.

Bertin puso con ceremonia un plato más en el sitio del comisario. Un plato caliente no es desdeñable.

Danglard empujó la puerta de El Vikingo a la hora del postre, se acodó en la barra, puso la bola a sus pies y le hizo un signo discreto a Adamsberg.

-Tengo poco tiempo -dijo Danglard-. Los niños me esperan.

-¿Hurfin no ha montado lío? -preguntó Adamsberg.

-No. Ferez ha estado viéndolo. Le ha dado un calmante. Él ha obedecido y descansa.

-Muy bien. Todo el mundo va a terminar durmiendo esta noche,- a fin de cuentas.

Danglard le pidió un vaso de vino a Bertin.

-¿Usted no? -preguntó.

-No sé. Quizás camine un poco.

Danglard tragó la mitad de su copa y contempló a la bola que se había instalado sobre su zapato.

-¿Crece, verdad? -dijo Adamsberg.

-Sí.

Danglard terminó su vaso y lo volvió a dejar sin ruido sobre el mostrador.

-Lisboa -dijo deslizando un papel doblado sobre la barra-. Hotel Sao Jorge. Habitación 302.

-¿Marie-Belle?

-Camille.

Adamsberg sintió cómo su cuerpo se ponía tenso como bajo un brusco empellón.

-¿Cómo lo sabe, Danglard?

-He hecho que la siguiesen -dijo Danglard inclinándose para recoger al gatito o para ocultar su rostro-. Desde el principio. Como un cabrón. No debe saberlo nunca.

-¿Por un policía?

-Por Villeneuve, un veterano del distrito 5.

Adamsberg se quedó inmóvil, con el ojo fijo en el papel doblado.

-Habrá otras colisiones -dijo.

-Lo sé.

-Y por otro lado…

-Lo sé. Por otro lado.

Adamsberg observó sin moverse el papel blanco, después avanzó lentamente la mano y la volvió a cerrar sobre él.

-Gracias, Danglard.

Danglard volvió a colocar al gatito bajo su brazo y salió de El Vikingo haciendo una seña con la mano, de espaldas.

-¿Era su colega? -preguntó Bertin.

-Un mensajero. De los dioses.

Cuando se hizo de noche en la plaza, Adamsberg, apoyado en el plátano, abrió su cuaderno y arrancó una página. Reflexionó y después escribió Camille. Esperó un instante y añadió Yo.

El principio de una frase, pensó. No está tan mal.

Después de diez minutos, como la continuación de la frase no venía, puso un punto después del Yo y dobló la hoja alrededor de una moneda de cinco francos.

Después, con paso lento, atravesó la plaza y metió su ofrenda en la urna azul de Joss Le Guern.

FIN

Nota: 6. Entretenidillo.

HUYE RÁPIDO, VETE LEJOS
Fred Vargas

Traducción de Blanca Riestra
DeBolsillo





QUE SE LEVANTEN LOS MUERTOS – Fred Vargas

6 09 2008

[páginas 309-311]

Cuando volvieron al caserón, hacia las cuatro de la madrugada, el haya había sido arrancada, y el cadáver de Sophia Siméonides exhumado y trasladado. Esta vez, el haya no había sido plantada de nuevo.

Los evangelistas, impresionados, no se sentían capaces de irse a acostar. Marc y Mathias, que conservaban las mantas sobre sus hombros desnudos, estaban sentados en el pequeño murete. Lucien se había encaramado enfrente, sobre el gran cubo de basura. Le había cogido gusto. Vandoosler fumaba y caminaba lentamente de un lado a otro. Hacía una temperatura suave. En fin, es lo que Marc pensaba al compararla con la del pozo. La cadena le dejaría en el brazo una cicatriz en espiral como una serpiente enrollada.

-Quedará bien con tus anillos -dijo Lucien.

-No está en el mismo brazo.

Alexandra fue a darles las buenas noches. No había podido dormir desde que se habían puesto a buscar debajo del árbol. Y además Leguennec había pasado por su casa. A darle el basalto. Mathias le dijo a Alexandra que hacía un rato, al volver en la camioneta de los polis, se había acordado de la continuación, de la palabra que seguía a “terreno pedregoso”, se lo diría algún día, no tenía importancia. Evidentemente.

Alexandra sonrió. Marc la miraba. Le hubiera gustado mucho que ella le amara. Así, de repente, para ver qué pasaba.

-Dime -preguntó a Mathias -, ¿qué le decías al oído cuando querías que hablara?

-Nada… Decía “habla, Juliette”.

Marc suspiró.

-Sospechaba que no había truco. Habría sido demasiado bonito.

Alexandra les dio un beso y se fue. No quería dejar solo al niño. Vandoosler siguió con los ojos su larga silueta mientras se alejaba. Tres puntitos. Los gemelos y la mujer. Mierda. Agachó la cabeza y aplastó el cigarrillo.

-Deberías ir a dormir -le dijo Marc.

Vandoosler se alejó hacia el caserón.

-¿Tu padrino te obedece? -dijo Lucien.

-Por supuesto que no -dijo Marc-. Mira, ya vuelve.

Vandoosler lanzó al aire la moneda de cinco francos agujereada y la atrapó con la mano.

-Vamos a tirarla al aire -dijo-. De todas formas, no la vamos a partir en doce.

-No somos doce -dijo Marc-. Somos cuatro.

-Eso sería demasiado sencillo -dijo Vandoosler.

Alzó el brazo y la moneda cayó tintineando en alguna parte, bastante lejos. Lucien se había puesto de pie sobre el cubo de basura en el que había estado sentado, para seguir la trayectoria.

-Adiós la paga -gritó.

FIN

Nota: 8. Rebuscada pero inteligente.

Foto en Flickr por suibhne79

QUE SE LEVANTEN LOS MUERTOS
Fred Vargas

Traducción Helena del Amo
Punto de Lectura
junio, 2008

Entrevista en El País