Londres – Henry James

31 01 2008

LONDRES EN TEMPORADA BAJA
[páginas 197- 202]

Daría una impresión muy falsa de la hora actual en Londres si dejara de decir que durante los últimos tres días los periódicos han traído algo que se diferencia mucho de las habituales quejas sobre las lámparas que tienen goteras en los vagones de ferrocarril o sobre el uso de botas claveteadas, de noche, por los pasillos de los hoteles de Suiza. Un terrible accidente tuvo lugar el día 3 del corriente en el Támesis, un accidente que ha venido a añadir una peculiar melancolía a la sobriedad que en este momento reina en Londres. Un pequeño barco de vapor que llevaba demasiados pasajeros, a su regreso de una excursión a Gravesend fue embestido por una gran barcaza de transporte de carbón y se hundió en un visto y no visto con setecientas personas a bordo. Esta enorme calamidad, cómo no, es conocida desde hace tiempo en Norteamérica, de modo que ahorraré al lector los espeluznantes detalles en que suelen abundar los voluminosos reportajes que aquí se han publicado. La colisión se produjo a escasa distancia de Woolwich, poco más arriba, y según los últimos cómputos parece ser que han perecido seiscientas personas. En varios momentos de desocupación yo mismo he hallado entretenimiento en uno de esos vapores baratos, y puedo asegurar que tengo bastante familiaridad con ese trecho crepuscular del Támesis que se halla comprendido entre Londres y Woolwich. El londinense de adopción al que poco antes me refería suele sentir curiosidad por sondear las profundidades de las diversiones metropolitanas, y es sabido que dejándose guiar por ese sentimiento ha extendido sus indagaciones incluso hasta Gravesend, una localidad costera muy venida a menos, a pesar de que sigue recibiendo visitantes en abundancia, que ahora durante algún tiempo quedará asociado al terrible desastre de hace tan sólo cuatro días. El paisaje que desde el Támesis se disfruta entre Londres y Gravesend es cualquier cosa menos hermoso, aunque a mí siempre me ha parecido que posee un aire pintoresco en su sordidez. Encontré esparcimiento visual en las orillas crepusculares, irregulares, que parecían mendigar que alguien la pusiera en un grabado cuanto antes, y en la anchura del río enturbiado y poblado por embarcaciones de todo tipo, que se desplazaban despacio y casi parecían clavadas en el agua, como si el caudal fuera de un pegamento líquido. El paraje parecía lúgubre y deprimente, pero nunca con tintes trágicos, tal como los participantes en una excursión a Gravesend nunca parecen actores de una tragedia.

Hablo de ese conjunto de personas a partir de la observación, pues cierto domingo caluroso de hace ya algún tiempo me encontré en medio de uno muy semejante. En parte por ser un extranjero amigo de formular preguntas, en parte por ser víctima de un error de concepción sobre las atracciones que pudiera ofrecer Gravesend, fui a este lugar en tren a tomar el aire. Tras tomar el aire en una cantidad que me pareció gratificante, regresé a Londres en medio de un concurrido paisaje en un barco de muy pequeñas dimensiones, posiblemente en el mismo vapor en pésimo estado que se hizo trizas el otro día al contacto con otra embarcación. En la medida en que mi expedición pudiera servir de estudio sobre los modales del populacho británico fue sin duda todo un éxito, y los objetos de ese estudio han permanecido vívidamente impresos en mi memoria. Gravesend si acaso puede describirse mediante una expresión que tomo en préstamo del vocabulario femenino: es simplemente demasiado espantoso. Se trata de un lugar extremadamente sucio, desangelado, ingeniosamente vulgar, muy próximo al río, cuya orilla tiene por adorno una hilera de pequeños comercios que son a medias casita de campo y a medias tenducho, dedicados al tráfico de gambas y de té. Las puertas de estos merenderos las adornan terribles camareras, muy robustas, muy recias, de intensa coloración y vozarrones sonoros, que salen al paso del caminante con la tetera en la mano y, vociferando en sus oídos determinadas fórmulas del lugar, casi lo introducen a empellones en sus nada apetitosas salas con ventana. A espaldas de la localidad se encuentra un lugar de esparcimiento conocido con el nombre de Rosherville Gardens, en donde existen otros establecimientos semejantes a los que acabo de describir, junto con otros cien en forma de rocas labradas y estatuas de yeso y grutas pintorescas. El populacho británico, a su regreso de lo que los anuncios llaman “un día feliz” en Rosherville, me llamó la atención, a bordo del vapor, de un modo no tan favorable como cabría haber deseado un londinense de adopción. Durante un par de horas no tuve otra cosa que hacer, al margen de ir sentado sobre el cajón de los remos observando al gentío. Poco encanto vi en el espectáculo. Los “lugareños” de determinados países del extranjero, de un modo notable en Francia y en Italia, son decididamente un espectáculo más remunerador que la clase adinerada. A uno le parece que posean más de la mitad de la vivacidad, más de la mitad de la originalidad que pueda tener la nación. Aquí, mucho distaba ése de ser el caso. Hay algo particularmente áspero y oscuro en una muchedumbre compuesta por ingleses, algo que no redime del todo ni siquiera su buen natural, y que considero que procede en gran medida de la ausencia del aire de buen gusto y del evidente despilfarro que se percibe en las mujeres. Desconozco, sin embargo, si esta reflexión es pertinente en el caso del horrible desastre que se produjo el pasado martes, y que ha dado durante toda la semana a la orilla, en el trecho de Woolwich, el aspecto de un osario. Con el lastre de todas sus imperfecciones, un grupo muy numeroso de londinenses de a pie se ahogó de manera cruel. Se llevará a cabo una investigación pública y habrá todavía no pocos reportajes sensacionalistas en la prensa, y al cabo todo el episodio habrá desaparecido hundiéndose bajo la superficie, tal como se hundió el barco entero con todos sus excursionistas a bordo. Entretanto, la caza del urogallo y la destrucción de los faisanes y las perdices seguirán a su ritmo. Buen número de ingleses se concentran ahora en ese pasatiempo, y en la gran quietud que se ha apoderado de Londres prácticamente se alcanzan a oír las detonaciones que abaten a las aves de caza en los páramos del norte, en los mismos alrededores de la ciudad. Buen número de legisladores oye a diario ese sonido delicioso; algunos más oyen la música aún más melodiosa de sus propias voces. El Times contiene una sección dedicada habitualmente al parlamento, aunque se encuentren las sesiones en época de descanso, en la que últimamente ha publicado varios discursos de longitud considerable, pronunciados por honorables miembros ante sus votantes. Por el momento, la mentalidad del público -o, en cualquier caso, la mentalidad privada- no es de sesgo político.

(1878)
FIN
Nota: 8
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Londres
Henry James
Prólogo de Iñigo García Ureta
Traducción de Miguel Martínez-LageAlhenamedia
primera edición: octubre de 2007
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James Matthew Barrie y Henry James, en Londres en 1910
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01 Jan 1900
Henry James
(Photo by Pictorial Parade/Getty Images )

“Salí después, pero la lluvia había cesado y había echado a perder la tarde, con lo que volví entre los charcos a mi posada y me senté en un sillón incómodo, junto al fuego del salón del café, a leer los agradables Memoriales de Canterbury, del deán Stanley, dándole vueltas a los anticuados, húmedos aposentos que se procuran en tantos hostales ingleses, por no hablar de sus magros recursos en todo. El establecimiento en que me hospedé se había hecho llamar (supongo que en honor del Príncipe Negro) la Flor de Lis. El nombre era muy hermoso (había cometido la imprudencia de dejarme atraer por él), pero la lis del nombre había sido penosamente desflorada.”





El libro de Orson Welles. Colección grandes directores.

28 01 2008

[página 89]
The Other Side of the Wind: un film-testamento

Entre 1970 y 1975, Welles trabajó en un film que habría debido convertirse a un tiempo en una especie de testamento y en una suma cinematográfica, The Other Side of the Wind, con John Huston en el papel de un cineasta de Hollywood al final de sus días. Así es como el propio Welles describía la trama y su significado. “Este film se ha concebido para ser totalmente diferente a todos los que se han rodado anteriormente. En realidad se trata de dos filmes que se desarrollan en paralelo y a veces simultáneamente. El primero cuenta las últimas horas de vida de J. J. Hannaford [...]. Ecléctico como Hawks (y sin embargo poeta), poético como Ford (pero menos sentimental), Jake Hannaford pertenece a su generación, pero no a su mundo. Como Rex Ingram, hoy casi olvidado, Jake fue un vagabundo. Rodó la mayor parte de sus filmes lo más lejos posible de los estudios de California [...] La ocasión de hacer esta película la proporcionó una fiesta que por su cumpleaños ofreció una de sus más antiguas y fieles amigas [...] Zarah Valeska. Zarah había decidido que era el momento de que las nuevas generaciones de la profesión conocieran a Hannaford y hablaran con él, pero en ese sentido, y en todos los demás, la fiesta fue un fracaso. Y esta película es la historia de un fracaso [...] El segundo film, que se mezclará con el documental sobre el último día de Hannaford, es la verdadera película realizada por Jake, en la que trabajaba antes de morir y que se proyecta a los invitados en la sala de proyección privada de su rancho. La acción de este film forma parte del documental sobre la fiesta de cumpleaños, a pesar de ser autónomo. Cuenta una historia separada, la sencilla historia de un chico y una chica, y está concebida como una especie de sueño. El propio Jake habría rechazado la expresión “relato surrealista”, pero hemos de emplearla para comprender su significado. Tras una serie de aventuras, el héroe y la heroína se instalan en las ruinas de lo que antaño fuera un estudio de cine [...] en un mundo extraño e irreal, donde nada es verdad, y nunca lo ha sido, y donde la misma ilusión de la realidad se transforma en polvo. Antes de llegar a esta fase del film, hemos comprendido que Hannaford, como cineasta pero también como hombre, está muy cerca del fin de su trayectoria. Lo que no sabemos es si él ha deseado o no ese fin [...]. Este hombre tenía muchas máscaras. En su fiesta de cumpleaños, los periodistas trataron de arrancarle la máscara. ¿Lo lograron? Acaso el verdadero misterio no tiene que ver con la naturaleza de su muerte, sino con su propia naturaleza humana, la verdad definitiva de este hombre como artista, como fabricante de máscaras”.

FIN

Nota: 5 (poco volumen para tanto Orson)

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El libro de Orson Welles. Colección grandes directores.
Paolo Mereghetti
Traducción: Antonio Francisco Rodríguez Esteban

Cahiers du Cinema-El País, 2007

Orson Welles en Miradas de Cine





El conocimiento secreto – David Hockney

14 01 2008

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Cézanne

Bouguereau
[páginas 195-198]

Estos dos cuadros se pintaron con cuatro años de diferencia; la bañista de Bouguereau (arriba) después de las de Cézanne. El Bouguereau es un ejemplo de pintura de Salón “académica”, lo que Cézanne pensaba que era locura deshonesta. En realidad podemos sonreír ante él; parece tan absurdo… esa ola a punto de romper sobre la muchacha que no siente la menos preocupación al respecto. En efecto, en la actualidad la ola nos parece más bien lo que en el cine llamaríamos una retroproyección; esto es, lo que tiene que ser. Podemos ver con toda claridad que está reclinada en una especie de plataforma (con los bordes hechos para que parezcan rocas) y no tiene relación real con el agua.

El Bouguereau es una ventana más allá de la cual está la ilusión y la fantasía. El Cézanne es más como un Poussin compuesto con cuidado sobre el lienzo. Somos conscientes de la pintura sobre la superficie de un lienzo. Sus bañistas, de un modo u otro, ocupan el espacio del espectador. Al final, la visión de la pintura de Cézanne triunfó sobre lo académico y abrió nuevas maneras de ver. La de Bouguereau finalmente fue descartado como una cosa tonta.

Pero hoy en día el “artificial” Bouguereau está de hecho más cerca de la mayor parte de la enorme cantidad de imágenes que la gente ve: fotografías, filmes, televisión. De modo que ¿qué manera de ver y de representar ha triunfado en realidad? ¡La imagen fotográfica! La pintura de Bouguereau también contiene algunas cosas que podemos ver a comienzos del siglo XX, pero que no necesariamente tuvimos que haber advertido antes. Obsérvese cómo los bordes de la ninfa han sido suavizados para armonizar con el mar. No son líneas quebradas ni angulosas. Esto es algo que los ordenadores hoy en día pueden hacer cuando se quiere superponer una fotografía con otra. Y de este modo, después de más de cien años, la mano del artista está volviendo a corregir la cámara, lo que nos devuelve adonde estuvimos una vez, antes de que nos sedujera la creencia en la “verdad” de la fotografía. ¡Qué diferencia del siglo XIX al XX! A comienzos del siglo XX los artistas todavía hacían la mayor parte de las imágenes a mano. A comienzos de un nuevo milenio hace muy poco, millones de personas todavía ven el mundo a través de imágenes hechas con una lente. Pero ¿son estas imágenes las honestas representaciones de la realidad que una vez pensamos que eran? La fotografía, durante tanto tiempo vista como vívidamente real, como no tocada por ninguna mano humano ¿ha empañado nuestra visión, disminuido nuestra habilidad para ver el mundo con alguna claridad?

En cuanto a esto, el filme, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? fue más que un astuto filme para niños. Funcionaba en muchos niveles, pero lo de verdad interesante era la manera en que colocaba lo dibujado sobre lo fotografiado. La primera parte del filme mostraba a un personaje dibujado (Roger) en un mundo fotografiado; la segunda mostraba a un personaje fotografiado (interpretado por Bob Hoskins) en un mundo dibujado (Toontown). Lo realmente nuevo era la manera en que la figura dibujada tenía sus bordes suavizados para crear mayor ilusión de que estaba en el mismo espacio que el fotografiado (adviértase aquí que digo “fotografiado” y no “real”). Y el personaje fotografiado también tenía los bordes suavizados en el mundo dibujado, no parecía “pegado”. Antes de Roger Rabbit, todos los intentos de poner personajes dibujados junto a personajes fotografiados, como en Mary Poppins, tuvieron el impedimento de que las figuras dibujadas siempre tenían bordes duros.

Pero la manipulación de imágenes por ordenador está facilitando las cosas. Piénsese en Parque Jurásico: una magnífica mezcla de dinosaurios dibujados (que tienen un asombroso aspecto de fotografías) con un paisaje fotografiado en lo que parecía un corte sin costura. Para mí el encanto de este filme era que estaba hecho con una cámara, la cual se supone que captura la realidad, pero trataba de dinosaurios, que sabemos que no existen. De modo que ¿era eso “real”?

El ordenador también está cambiando la manera que tenemos de hacer y comprender las imágenes. Con su ayuda, los puntos de vista múltiples -perspectiva multiventana- ahora pueden volver a los cuadros. También vuelve a traer el dibujo, la mano del artista, a la imagen de la lente, aunque es difícil escapar a la perspectiva en general (si la perspectiva se invirtiera, cuando jugara con videojuegos, usted siempre sería consciente de estar matándose a usted mismo).

El “problema” de la perspectiva es ser recurrente y haber sido discutida en muchos momentos distintos a lo largo de los últimos seiscientos años. Pero en la actualidad apenas parece tener importancia para los realizadores de imágenes, aunque está profundamente relacionada con la óptica. Ahora hace casi seiscientos años desde que las publicaciones de arte plantearon por última vez el tema de la perspectiva como una manera válida. El cubismo se vio como la primera nueva disposición del espacio desde el Renacimiento. En 1912 Jacques Rivière escribió:

La perspectiva es accidental como la iluminación. No es la señal de un momento particular en el tiempo, sino de una posición particular en el espacio [...] por lo tanto, en el análisis final, la perspectiva es también la señal de un instante, del instante en que cierto hombre está en cierto punto. Además, al igual que la iluminación, los altera, disimula su verdadera forma. En efecto, es una ley de la óptica; es decir, una ley física.

Por supuesto, la realidad nos muestra esos objetos mutilados de esa manera. Pero, en la realidad, podemos cambiar de posición: un paso a la izquierda completan nuestra visión. El conocimiento que tenemos de un objeto es [...] una compleja suma de percepciones. La imagen plástica no se mueve, debe completarse a primera vista; por lo tanto, tiene que renunciar a la perspectiva.

Como dije en mi introducción, el ordenador fue esencial para este libro, pues permitió que la impresión en color resultara más barata y que se usara de manera más amplia. No habría sido posible construir mi Gran pared sin tener una fotocopiadora en color y una impresora a mano en mi taller (de otra manera habría tenido que arrancar hojas de todos mis libros). Necesitaba la pared para que me diera una visión general. En un libro se van pasando las páginas, de manera que los efectos visuales son acumulativos (como en este libro); no se puede ver todo a la vez. Podría haber introducido todos los cuadros en un ordenador y haberlos mirado en la pantalla, pero al enrollarlos y desenrollarlos habría alterado constantemente un borde más allá del cual no podría ver. Al sentarme y contemplar la pared, escudriñándola, fui capaz de unir los contrastes y las similitudes que aparecían. Se necesitó alta tecnología, pero, por lo general, también fueron necesarios unas tijeras y un frasco de cola (o chinchetas). La alta tecnología necesita baja tecnología; están siempre unidas, aunque yo señalaría que la mano, el corazón y el ojo son mucho más complejos que lo que puede serlo cualquier ordenador.

La visión humana es diferente desde una proyección óptica. En el siglo XXI nos hemos vuelto más conscientes de nuestras percepciones visuales. Hay una gran diferencia entre una imagen reflejada en un espejo y una imagen proyectada desde un espejo. La primera necesita el cuerpo y cambia con la posición del espectador. Pero la proyección parte desde un punto matemático en el espejo: el mundo como nadie lo ve. ¿Somos ahora más conscientes de esto?

Los cuadros de este libro acaban en el siglo XIX. El siglo XX fue explosivo en varios sentidos, pero también catastrófico. Al mismo tiempo que la pintura experimentaba con una perspectiva cambiante -el (desafortunadamente llamado) cubismo, al que dio origen Cézanne, fue una gran ruptura con el pasado- surgió el cine y al final dominó el siglo. Se consideraba que en él estaba el cuadro más vívido de la “realidad” jamás hecho. Se movió, y más tarde habló. No obstante, el cine, el vídeo y la televisión se basan todos en el tiempo, y son más efímeros que lo que al principio se pensó. La enorme mayoría de los filmes de Hollywood han desaparecido debido a problemas de almacenamiento y archivo. Polvo al polvo. He advertido que Hollywood en ocasiones publica lista de los “cien mejores filmes”. La cuestión no es cuáles están en la lista, sino que tenga que hacerse la lista. El público popular de los filmes la necesita. El cinéfilo es, por definición, un erudito. La fama de las estrellas de cine es pasajera, excluida por cualquier cosa que esté de moda en el momento.

A mediados del siglo XX la gente creía que Cecil B. DeMille había reemplazado a Alma-Tadema; a mediados del nuevo siglo Alma-Tadema está todavía con nosotros (un popular cartel del Getty Museum lo demuestra) y Cecil B. DeMille se hace cada vez más difícil de ver. Con las pinturas y los libros usted no necesita baterías ni una máquina. Una pintura es un objeto físico, artesano, un filme no. Sin embargo, los cuadros no se mueven, no hablan y duran más tiempo. El filme y el vídeo traen su tiempo hasta nosotros, nosotros llevamos nuestro tiempo a la pintura; es una profunda diferencia que no desaparecerá.

En el siglo XXI vamos a ver los últimos seiscientos años de manera diferente. Es inevitable: cada era ve el pasado de manera diferente y la convierte en su presente. Cuanto más puede uno ver el pasado más puede ver el futuro. Hay mucho que aprender de estas imágenes. Cuando salí de la exposición “El genio de Roma” de la Royal Academy en enero de 2001, en la calle me paró un estudiante del Royal Academy Schools. Me preguntó si iba a dar una charla en las escuelas. Le expliqué que sólo estaba en Londres por unos pocos días más, pero le pregunté que pensaba de la exposición. “Abrumadora”, dijo, sin ánimo, como si los cuadros los hubieran pintado míticos semidioses mucho más allá de las habilidades de él. No tenía idea de cómo se habían logrado las pinturas. El conocimiento no había sido trasmitido. Caminé con él hasta la National Gallery, mientras me daba cuenta de que había una acusación a la historia del arte que parecía no afectar a las técnicas de enseñanza. Si la ciencia no transmite su conocimiento al joven que pronto estará en una edad oscura, ¿no es irresponsable? Menciono esto para todas aquellas personas que piensan que mi tesis quita algo de magia al arte. No lo hace. De hecho, para mí, mis investigaciones han significado el redescubrimiento de las habilidades (con la óptica) y los métodos que pueden enriquecer el futuro.

El poder de las imágenes inmóviles perdurará. Lo bien hecho será apreciado y, por lo tanto, conservado. Si digo “Enrique VIII”, de inmediato un cuadro viene a la mente, un cuadro de un gran artista, Holbein. La imagen hecha a mano es una visión humana. Hay un gran mundo hermoso ahí fuera, con nosotros en él. Ahora es posible, con ayuda del ordenador, una nueva visión de él para destruir la tiranía de la lente. Algunos ya han señalado que el nuevo cine digital es un súbgenero de pintura. Emocionantes tiempos nos esperan.

FIN

Nota: 8 (pero poco texto para un libro de teoría)

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El conocimiento secreto
(El redescubrimiento de las técnicas perdidas de los grandes maestros)

David Hockney
Destino

 

Artículo: Detrás de la lupa: ¿pintores o fotógrafos? por Doifel Videla





El banquete – Platón

14 01 2008

[páginas 90-94]

Muchas son sin duda las otras y admirables cosa que se podrían alabar en Sócrates, pero si entre sus demás acciones tal vez las haya similares a las que se podrían contar de otra persona, en cambio, el no ser semejante a ninguno de los hombres, ni de los antiguos, ni de los que ahora viven, es digno de toda admiración. En efecto, con lo que fue un Aquiles se puede comparar a Brásidas y a otros; y a su vez con lo que fue un Pericles, a Néstor y a Antenor; y de igual forma -pues hay también otros semejantes- se puede encontrar un parangón para los demás. En cambio, de un hombre como es éste, tan extraño en su persona y en sus discursos, no se puede encontrar a mano, por más que se busque, parangón alguno, ni entre los hombres de ahora ni entre los antiguos, a no ser que se le compare, tanto en su persona como en sus palabras, no con ninguno de los hombres, sino con los seres que digo: los silenos y los sátiros.

Y he aquí algo, por cierto, que ha pasado por alto al principio; el que también sus discursos son parecidísimos a los silenos que se abren. Si se quiere, en efecto, escuchar los discursos de Sócrates, se sacará al pronto la impresión de que son sumamente ridículos; ¡tales son los nombres y las expresiones con que exteriormente están envueltos, como por una piel de sátiro insolente! Habla de burros de carga, de herreros, de zapateros y de curtidores, y siempre parece decir mediante las mismas expresiones las mismas cosas, de tal manera que todo hombre ignorante e insensato se reiría de sus discursos. Pero si los ve cuando están abiertos y se penetra en su interior, se descubrirá primeramente que son los únicos discursos que tienen sentido, y después que son enteramente divinos y contienen en sí mismos un número grandísimo de imágenes de virtud y que se extienden al mayor número de cosas, o mejor dicho, a todo aquello que le atañe examinar al que tenga la intención de hacerse honrado y bueno.

Éstas son las cosas, amigos, que yo alabo en Sócrates; mezclando además con ellas las que le censuro, os he contado los agravios que me hizo. Sin embargo, no soy yo el único con quien se ha portado así, sino que hizo también lo mismo con Cármides, Glaucón, Eutidemo, hijo de Diocles, y con muchísimos otros, a quienes engañando éste como si fuera su amante, en vez de amante resultó más bien amado. Por eso te doy también a ti este aviso, Agatón; no te dejes engañar por este hombre, saca la moraleja de nuestros padecimientos y ponte en guardia y no escarmientes, como el tonto del refrán, con los tuyos propios.

Al terminar de decir esto Alcibíades, hubo una explosión de risas por su desenfado, ya que daba la impresión de que todavía estaba enamorado de Sócrates.

-Me parece, Alcibíades -dijo Sócrates-, que estás sereno, pues de no estarlo no hubieras intentado jamás, rodeándote con tan ingeniosos circunloquios, ocultar el motivo por el cual has dicho todo esto; a título accesorio lo colocaste al final de tu discurso, como si no fuera la razón de todo lo que has dicho el enemistarnos a Agatón y a mí, en esa idea que tienes de que yo debo amarte a ti y a ningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más. Pero no me pasaste inadvertido, sino que ese drama tuyo satírico y “silénico” ha quedado al descubierto. ¡Ea, querido Agatón!, que no triunfe en su intento y toma tus precauciones para que nadie nos enemiste a los dos.

Agatón entonces respondió:

-Por cierto, Sócrates, que estás en un tris de decir la verdad. Y conjeturo también que se acomodó en medio de los dos para separarnos. Pues bien, no le valdrá la pena, pues yo iré a sentarme a tu lado.

-Muy bien -replicó Sórates -siéntate aquí, a continuación mía.

-¡Oh Zeus! -exclamó Alcibíades-, ¡qué cosas me hace sufrir este hombre! Se ha hecho a la idea de que tiene que quedar por encima de mí en todo. ¡Ea, hombre admirable!, deja, aunque no sea más que eso, que Agatón se coloque en medio de nosotros.

-Imposible -replicó Sócrates-. Tú acabas de hacer mi elogio y yo a mi vez debo hacer el del que está a mi derecha. Si se acomoda Agatón a continuación tuya, ¿no me elogiará, por supuesto, de nuevo, en vez de ser elogiado por mí? Vamos, déjalo, divino Alcíbiades, y no le niegues por celos al muchacho el ser alabado por mí. Y por cierto que ardo en deseos de encomiarlo.

-¡Ay, Alcíbiades -exclamó Agatón-, me es de todo punto imposible permanecer aquí. Por encima de todo me cambiaré de sitio para ser alabado por Sócrates.

-Ya tenemos lo de siempre -dijo Alcíbiades-. Cuando está presente Sócrates le es imposible a ningún otro sacar partido de los bellos mancebos. Y ahora ¡con qué facilidad ha encontrado palabras, convincentes incluso, para que éste se sentara a su lado!

Agatón, entonces, se levantó con intención de sentarse al lado de Sócrates. Más de repente llegó a la puerta de la casa un inmenso tropel de juerguistas y, como la encontraron abierta por estar saliendo alguien, fueron derechamente a reunirse con ellos y se acomodaron en los lechos. El tumulto llenó toda la casa, y a partir de este momento y sin orden alguno se vieron obligados a beber una enorme cantidad de vino. Erixímaco, entonces, Fedro y algunos otros -según me contó Aristodemo- se retiraron. Él por su parte fue dominado por el sueño y durmió largo rato, ya que las noches eran largas, y se despertó al despuntar el día; cuando ya los gallos cantaban. Al despertarse vio que los demás estaban durmiendo o se habían ido, y que tan sólo Agatón, Aristófanes y Sócrates estaban todavía despiertos y bebían de una gran copa que se pasaban de izquierda a derecha. Sócrates, por descontado, conversaba con ellos. Del resto de su conservación, Aristodemo dijo que no se acordaba, pues no había atendido a ella desde el principio y estaba somnoliento, pero lo capital fue que Sócrates les obligó a reconocer que era propio del mismo hombre saber componer tragedia y comedia, y que el que con arte es poeta trágico también lo es cómico. Mientras eran obligados a admitir esto, sin seguirle demasiado bien, daban cabezadas de sueño hasta que se durmieron, primero Aristófanes y luego Agatón, cuando ya era de día. Sócrates, entonces, después que los hubo dormido, se levantó y se fue. Aristodemo me dijo que, como acostumbraba siguió a Sócrates, el cual, una vez que llegó al Liceo, se lavó y pasó el resto del día como en otra ocasión cualquiera; y después de emplear así su jornada, al caer la tarde se fue a dormir a su casa.

FIN

Nota: No sé. Me pareció un rollo.

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El banquete
Platón
Traducción: Luis Gil
Folio