LA CASA DE LOS ENCUENTROS - Martin Amis

7 05 2008

[páginas 248-251]

Hay una diferencia más entre los sexos en la que quiero que repares, si no te importa. Prepárate para oír buenas noticias. En 1953 descubrí cómo morir. Y se me ha olvidado. Pero sé lo siguiente: las mujeres saben morir con suavidad, como hizo tu madre, como hizo la mía. Los hombres siempre mueren atormentados. ¿Por qué? Hacia el final, los hombres rompen con el hábito de toda una vida, y se ponen a culparse a sí mismos con severidad de varones. Las mujeres rompen también con un hábito, y ya no se echan la culpa de las cosas. Perdonan. Nosotros los varones no sabemos hacerlo. Y me refiero a todos los hombres, no sólo a los viejos violadores como yo -también los grandes pensadores, los grandes espíritus tienen que hacer el trabajo: dilucidar “quién hizo qué, y a quién”.

¿Qué es lo que me pasaba a mí con las mujeres? En el avión, esta mañana, me he metido en el buscador de Internet: “celos sexuales retrospectivos”. Salían montones de cosas sexuales, y montones de cosas de celos, y montones de cosas sobre cosas retrospectivas. He dejado atrás trabajosamente miles de entradas y al final he dado con un refinado artículo de la augusta publicación británica Mind and Body. Se titulaba “Los celos sexuales retrospectivos y el homosexual reprimido”. Al varón que sufre de celos sexuales retrospectivos -argumenta el artículo- no le interesan las mujeres: quienes le interesan son los hombres. En otras palabras, soy criptomarica. ¿Qué es lo que me hace dudar de tal diagnóstico? Para empezar, el hecho de que no me habría importado mucho ser marica. De acuerdo, no me habría gustado, en el campo, tener que coger la cuchara y el cuenco e irme a sentar con los pasivos, que comían en una mesa separada (y sólo podían hablar entre ellos). Pero después, en la ciudad, si no te dedicas a hacer niños, ¿qué más da? Sé que tú no pensarías mal de mí. Pero en mi caso es seguramente peor, porque yo sería marica respecto de mi hermano.

Lo que no se me va de la cabeza de aquellas horas del hotel Rossiya, sorprendentemente tal vez, es una sensación irreductible de esterilidad. En los últimos meses de guerra violé vistiendo de uniforme -estábamos, entonces, tan llenos de muerte (y de la destrucción de todo cuanto teníamos y sabíamos) que el acto del amor, aun parodiado, era como un ensalmo contra aquella orgía de matanzas-. Y hoy día se podría poblar una ciudad de buen tamaño con los hijos ilegítimos engendrados por el ejército violador (una población de un millón). Muchas de las mujeres embarazadas, por supuesto, no llegaron a dar a luz: fueron asesinadas aquí y allá por sus violadores. Yo al menos puedo decir con verdad que este fenómeno se escapaba y sigue escapándose a mi compresión.

¿Y la del Rossiya? Lo que hice no tuvo sentido. Fue gratuito, fue perverso, fue algo encaminado a la propagación de la desdicha, pero ni siquiera fue algo particularmente ruso. Quizá con una salvedad. No hay poder, no hay libertad, no hay responsabilidad -nunca la ha habido- en toda nuestra historia. Se agita una anarquía en su interior. Pero no…, yo tiro la toalla. He dicho antes que la violación ya había saldado las cuentas conmigo. Su venganza no fue proporcionada ni nada parecido, pero fue rigurosa, y espectacularmente rápida. ¿Lo has adivinado? ¿Se lo has preguntado al espíritu de tu madre? En el Rossiya pasé de sátiro a viejo en el curso de una tarde. Y al día siguiente ni siquiera recordaba qué era lo que me gustaba de las mujeres y su cuerpo. Ahora lo he recordado. En los días pasados he logrado acordarme.

Por supuesto, sería estupendo ser capaz de culpar de esta violación a la guerra o al campo o al Estado. A veces creo sinceramente que la muerte de Artem (el modo en que murió), al igual que la de Lev, me habían hecho perder la razón. En aquel momento, cuando la sonrisa abierta de amor de Zoya se convirtió en una mueca ahogada de horror, sentí un desencanto, Venus, de una amplia gradación de matices. Después de todo lo que ha pasado, pensé. Y durante un tiempo -el suficiente- la posesión de Zoya se me antojó un derecho. Cuando ni siquiera tenía derecho a estar en aquel cuarto. Y ahora, cuando cierro los ojos, lo único que veo es a un asesino moribundo, implacable hasta el último aliento, que se encoge para lanzar la acometida final. Empezó siendo una intuición y ahora es una convicción que quizá compartas: en los cuatro o cinco segundos entre mi beso y su despertar, Zoya estaba soñando con Lev. Tuvo que ser así, para que pudiera cristalizar nuestro destino -el de Lev y el mío. Dios, Rusia es el país de la pesadilla. Y siempre de una pesadilla compleja. Siempre de la pesadilla de más talento.

Y estoy a punto de escapar de ese sueño. Han venido. Dos hombres con ropa de calle, con lo que parece una caja de herramientas. Se están fumando un cigarrillo mientras yo acabo esto. Yo también estoy fumando. En cualquier momento le daré a ENVIAR… Vete, pequeño libro, vete, pequeña tragedia mía. Y vete con ellos tú también. Venus, ve a ello, con tu saludable dieta, con tu seguro médico de lujo, tus dos títulos universitarios, tus idiomas, tus propiedades, tu capital. El delirante lujo de que estés ahí para poder pensar en ti me ha mantenido con vida; hasta ahora, en fin. Y…, oh mi corazón cada vez que me llamabas “papá” o “papi” o “padre”…, todas y cada una de las veces que lo hacías… Bien, pequeña mía, no estaría bien decirte adiós en un tono de amargura. No sucumbamos a la melancolía supuestamente tan típica de la llanura septentrional eurasiática, la tierra de los clérigos comprometidos y los boyardos adultos, de los soplones y los xenófobos y los policías secretos empapados de sudor. Únete a mí, por favor, mientras contemplo el lado luminoso. Rusia está agonizando. Y yo estoy contento.

FIN

Nota: De 8 pasa a 6.

LA CASA DE LOS ENCUENTROS
Martin Amis

Anagrama
Traducción de Jesús Zulaika




ALIENÍGENAS - John F. Moffitt

6 05 2008

[páginas 169-172]

Una conclusión, con un necesario remedio espiritual

“Secuestro alienígena”, ésa es en dos palabras la experiencia posmoderna: hechizado, preocupado y desconcertado. Podemos acudir a un remedio aceptado para esta condición funesta. En lugar de ser un psiquiatra titulado del tipo moderno ortodoxo, vamos por el contrario a asumir que estás anacrónicamente poseído por una mentalidad medieval, por lo que hoy conocemos de manera incorrecta como espíritu new age. Al igual que Whitley Strieber, estás profundamente afectado por los extraterrestres, lo que los auténticos medievales solían llamar “demonios”. Pero no importa la nomenclatura, tú lo que deseas es ser liberado de las fastidiosas apariciones de alienígenas del espacio sideral.

Y aquí está el procedimiento apropiado por el cual resolveremos nuestro latoso problema: el exorcismo. Todo lo que sigue a continuación se explica en un manuscrito español anónimo de 1720, Tratado de exorcismo, muy útil para los sacerdotes y ministros de la Iglesia (actualmente en la biblioteca de la Hispanic Society of America de Nueva York). Así, tal y como fue ilustrado en 1788 por un artista de primera clase, Francisco de Goya, ésta es la mejor manera para solucionar tus problemas con los endomoniados extraterrestes invasores. Nuestra autoridad sacerdotal explica:

La víctima puede estar poseída por el demonio [ahora llamado extraterrestre] de dos maneras: per obsesionem y per posesionem. Per obsesionem es cuando el demonio [o extraterrestre] está fuera o alrededor de la persona y le atormenta con caras horribles, formas escalofriantes o de otras maneras, como el exorcista comprobará por experiencia. Per posesionem es cuando el Demonio [extraterrestre] está dentro de la víctima y le posee. Entonces le atormenta con golpes, dolores en el cuerpo, etc. (…) A veces, cuando los demonios [extraterrestres] abandonan los cuerpos de los poseídos, suelen mostrarse a sí mismos bajo la aterradora forma de animales varios u otras cosas horribles [humanoides por ejemplo, véase 1, 6, 9-20], a pesar de que pueden no ser vistos por las personas que están alrededor. Esto es muy sencillo, porque estas apariciones pueden ser tan sólo imaginarias, de modo que el demonio [o extraterrestre] puede calentar la sangre y el temperamento de la víctima y componer alguna imagen que lo represente. Esta visión -porque es imaginaria- sólo se le aparece a aquel que se la inflige, como se deduce en los escritos de los profetas. (…) El curioso se verá satisfecho con esta información, y el ignorante será informado de los trucos que el demonio [o extraterrestre] tiene para engañarnos.

Bueno, esta explicación es bastante clara, y también se corresponde perfectamente con las noticias posmodernas de secuestros alienígenas reproducidas en este texto. También resulta obvio el remedio eficaz. Es bastante sencillo, la persona poseída tiene que hacer el siguiente juramento a un cura exorcista acreditado y convenientemente asignado, pero no funcionará con un hipnotizador posmoderno especialista en ovnis. Además, el voto que sigue debe ser pronunciado en latín, porque simplemente no funcionará con el castellano moderno (y mucho menos con el inglés norteamericano actual). Por tanto, no necesitas una traducción. Dice así:

Ego, N[omen tuus], iuro, et promitto tibi sacerdoti, seu ministro Christo servare omnia illa, quae praeceperis mihi ex parte Dei, et Domini Jesu Christi pertinentia ad honorem eius, et liberationem huius creaturae [extraterrestrialae], et quod si in ullo defecero ex his, quae tibi nunc promitto extunc invoco ipsum Deum Omnipotentem inatum contra me, qui tanquam ultor, et Judes periurii mei mittat angelos suos, que me expellant ex hoc corpore [extraterrestriale]. Voco similiter Luciferum [extraterrestriam], quatenus cum omnibus furiis [extraterrestrialiis] insurgat in me, et ducat [eis] in profundum Inferni. Amen.

Dicho (o salmodiado) esto, uno debe concluir observando que, después del 11 de septiembre de 2001 -una fecha que verdaderamente pervivirá como una infamia-, las anteriormente ambiguas percepciones estadounidenses de la “invasión alienígena” se han convertido en una cruda realidad. En la actualidad, E. T. significa Earthing Terrorist [terrorista terrícola]. Hoy, como todos sabemos, estos extraterrestres posmilenarios habitan de verdad entre nosotros como “durmientes”, estos criminales deben ser llevados ante la justicia. Hoy el “ovni” de los extraterrestres resulta ser un avión secuestrado, que se convierte en un mortífero misil dirigible. Esta vez, sin embargo, sus ovnis fueron fotografiados (no fue una farsa, por desgracia), y mostrados luego en televisión a millones de atónitos espectadores de todo el mundo. Todos vimos el debut cinematográfico de los ovnis del siglo XXi, así como los auténticos retratos de sus pilotos extraterrestres.

Tal y como ocurrió con los extraterrestres alienígenas, los terroristas terrícolas dependen de los medios de comunicación de masas. Ambas clases de extraterrestres extienden principalmente su terror a través de horribles imágenes retransmitidas por televisión. Los efectos emocionales universales sobre sus audiencias humanas sólo funcionan convirtiéndonos a todos en testigos de sus actos. Los medios de masas son sus cómplices esenciales. Después del 11 de septiembre de 2001, las condiciones materiales y, sobre todo, psicológicas en todo el mundo, y de manera especial en Estados Unidos, han sido radicalmente alteradas, quizá para siempre. Lo mismo hicieron las antiguas, hoy ya obsoletas, definiciones de “invasión alienígena” del siglo XX.

Ite, missa est…

Nota: 7

Alienígenas
John F. Moffitt

Traducción de Iria Candela Iglesias
La Biblioteca Azul (serie mínima) Ediciones Siruela




CAMPO DE CEBOLLAS - Joseph Wambaugh

14 04 2008

[páginas 514-516]

En el transcurso de aquel mismo verano, otro hombre, un hombre delgado de profundos ojos muy juntos, llevó a un relojero un reloj de pulsera para que se lo arreglara y limpiara. Era un reloj de acero inoxidable de quince dólares que no valía la pena arreglar, un reloj que había estado ajustado a la muñeca de un muerto. El hombre delgado pensaba cosas agradables cuando miraba aquel reloj; era un joven gaitero en el bauprés de un queche llamado Jolly Roger, en la música de el parque Hancock y en los paseos en bicicleta hasta el parque Griffith, para subir después a pie hasta el observatorio cuando eran niños.

-Es un reloj barato -dijo el relojero-. ¿Por qué se gasta el dinero en un reloj así?

-Lo llevo desde hace diez años, desde 1963. Me gusta.

-El dinero es suyo -dijo el relojero rellenando un resguardo-, pero es una lástima. Podría venderle un reloj dos veces más bueno y encima ahorraría usted dinero.

-Quiero este reloj. Por favor, deme el resguardo para que pueda marcharme.

Aquel verano había varios chicos que crecían en el Valle de San Fernando de California, chicos corrientes que no se conocían entre sí y cuyo nombre escocés procedía del mismo origen.

En aquel valle ejercía la profesión de medicina un tocólogo armenio, un antiguo gaitero que raras veces tocaba la gaita y que, cuando unos futuros padres le pedían un nombre adecuado para su hijo, contestaba invariablemente:

-Sí, si es un niño, les puedo aconsejar uno. Es un nombre precioso. Creo que es el que más me gusta. Y muy breve. Tres letras. Procede del gaélico. Significa Juan…

Y había dos niñas del norte de California que estaban de vacaciones visitando a su abuela en Hollywood.

Era emocionante visitar a la abuela. Había sorpresas. Es posible que asistieran a un concierto del Music Center. O a una representación de ballet. La abuela seguía creyendo en la necesidad de la cultura y la disciplina en los niños, si bien, como es natural, no podía enseñarles disciplina a unas nietas.

La abuela tenía ahora más de setenta años y vivía sola, pero era una mujer muy activa y bien parecida, con una risa gutural y un aspecto muy juvenil. Seguía trabajando de contable y revisora de cuentas y no poseía automóvil en la ciudad más motorizada del mundo. Le gustaba viajar en autobús porque ello le resultaba tranquilizante y le permitía leer. Todo el mundo admiraba en secreto su autosuficiencia y su enorme fuerza.

Las niñas eran preadolescentes, pero muy altas y con las piernas muy largas igual que sus padres. Lori, la menor, tenía una barbilla y unas mandíbulas muy acusadas y ponía la boca de una forma que a su abuela le resultaba muy conocida. Y lo más curioso es que tenía gestos que también se le antojaban conocidos, la manera de contestar, la manera de encogerse de hombros. Su hermana Valerie, de cabello más oscuro, no tenía aquella boca ni aquella barbilla ni aquellas mandíbulas, pero cuando estaba pensativa o preocupada, poseía unos ojos de color gris azulados y una mirada ensimismada. Sin embargo, la abuela siempre sabía decir algo capaz de desvanecérsela, y entonces el rostro se iluminaba como por arte de magia. Aquello también lo conocía la abuela.

Un día, mientras jugaba en la alcoba de la abuela, Valerie miró el retrato enmarcado del hombre que sabía había sido su abuelo. Llevaba la toga de la graduación con la faja dorada de la Escuela de Medicina de Manitoba.

Y en la otra pared había una fotografía más grande de un joven sonriente, tal vez no la más parecida a la realidad, pero una de las pocas que se había sacado en los últimos años.

Contempló la fotografía y le costó trabajo recordarlo. Simples destellos. Muy débiles. Tal vez algún recuerdo de algún hecho, un momento. Le recordó algo que quería decirle a la abuela y corrió a la cocina.

-¿Sabes una cosa abuela Chrissie? No me había acordado de decírtelo. Voy a tomar clases de clarinete.

-Estupendo, Valerie -dijo la abuela colocando una cacerola sobre el fuego y volviéndose para mirar a la niña-. Pero, ¿por qué has escogido el clarinete? Pensé que te gustaría aprender a tocar el piano.

-He pensado que será mejor el clarinete porque creo que me será útil más tarde, cuando aprenda a tocar la gaita.

-¿Cómo?

-La gaita. ¿No te parece que sería bonito que aprendiera a tocar la gaita?

-No sé, Valerie -repuso Chrissie, y se le quebró la voz. Experimentó una súbita opresión en el pecho. Instantánea. Sin previo aviso. Y se le aceleró la respiración. Chrissie contempló aquellos ojos, ahora de color gris paloma, y por unos momentos perdió el hilo de la observación de la niña. Entonces le pareció que lo escuchaba: penetrante, quejumbroso, primero melancólico, después majestuoso, el sonido de la gaita. Casi podía aspirar el aroma de la hierba del parque Hancock y de la brea de los grandes hoyos. Hubiera querido correr a la ventana para ver a un muchacho de elevada estatura caminando a paso de marcha…

-¿Qué sucede, abuela Chrissie?

-Bueno, Valerie… yo…

Chrissie Campbell se volvió de espaldas a la niña y se cubrió el rostro con las manos, por debajo de las gafas tal como tenía por costumbre, y se frotó los ojos hasta que todo hubo pasado. Nadie le había visto llorar jamás. Nunca.

-¿No crees que sería bonito tocar la gaita, abuela Chrissie¿ ¿No te gusta la idea?

-Sí, me gusta la idea, Valerie -repuso finalmente. Chrissie Campbell respirando cautelosamente hasta que todo cesó. Se volvió ya calmada, tal vez un poco más pálida, tomó el rostro de la niña entre sus manos y sonrió. Y, al igual que en el rostro del otro niño de hacía muchos años, se desvaneció la expresión ensimismada y el rostro se iluminó y los ojos adquirieron una tonalidad más azulada.

-Sí, cariño -dijo Chrissie-, es una idea estupenda.

FIN

Nota: 7. La parte del juicio es tediosa (como en la vida real)

CAMPO DE CEBOLLAS
Joseph Wambaugh

Verticales de Bolsillo-Negra
Traducción de María Antonia Menini

“El duro oficio de policía” comentario en el blog Al otro lado del río y entre los árboles




Flappers y filósofos - F. Scott Fitzgerald

8 04 2008

[páginas 309-311]

Nunca se había sentido tan inepto. Oyó con alivio el ruido de los cascos de un caballo que se acercaba.

Pero con aquellas palabras el dolor de McIntyre se convirtió en furia.

-¡Tú y tu pandilla de sinvergüenzas! -gritó-. ¡Ninguno de vosotros es capaz de sentir un amor honesto por nada de lo que hay en esta tierra, Dios! ¡Sois una piara de cerdos de dinero!

Samuel se puso en pie y McIntyre dio un paso hacia él.

-Niñato impertinente. Ya tienes nuestra tierra… ¡Llévasela a Peter Carhart!

Movió los hombros ágilmente y golpeó con violencia a Samuel. Desde el suelo oyó unos pasos en el umbral y supo que alguien estaba agarrando a McIntyre, aunque sin que fuera necesario. El ranchero se había hundido en la silla y había dejado caer la cabeza entre sus manos.

El cerebro de Samuel comenzó a zumbar. Comprendió que acababa de recibir el cuarto golpe y una tormenta de emociones contradictoria le aseguraba que la ley que había gobernado inexorablemente su vida hasta aquel momento estaba ahora de nuevo en proceso de transformación. Se levantó medio aturdido y salió despacio de la habitación.

Los diez minutos siguientes fueron quizá los más duros de su vida. La gente habla con frecuencia acerca de que es conveniente ser firme en las convicciones, pero a la hora de la verdad la vida y los deberes familiares pueden cambiar las cosas y convertir en egoísmo la conciencia de la rectitud. Aquel golpe le había conmocionado. Cuando regresó a la oficina había un montón de caras preocupadas esperándole, pero Samuel no perdió el tiempo en dar explicaciones.

-Caballeros -dijo-, el señor McIntyre ha sido tan amable de convencerme de que en este asunto tienen ustedes toda la razón y que en este caso los intereses de Peter Carhart están fuera de lugar. Por lo que a mí respecta pueden quedarse con sus ranchos hasta el final de sus días.

Se abrió paso a través de la estupefacta reunión y en media hora había enviado dos telegramas que hicieron creer al operador que aquel hombre estaba absolutamente incapacitado para los negocios. Uno era para Hamil en San Antonio; otro para Peter Carhart en Nueva York.

Samuel no durmió mucho aquella noche. Sabía que por primera vez en su carrera había fracasado funesta y miserablemente. Un impulso dentro de él, más fuerte que la voluntad, más profundo que la preparación, le había obligado a hacer aquello que prometía terminar ahora con sus ambiciones y su felicidad. Pero ya estaba hecho y nunca se le ocurrió que podía haber actuado de otra manera.

A la mañana siguiente recibió dos telegramas. El primero era de Hamil. Contenía dos palabras:

“¡Maldito estúpido”.

El segundo era de Nueva York:

“Fin del negocio regresa Nueva York inmediatamente Carhart”.

Una semana después la situación había cambiado. Hamil luchó furiosa y violentamente en la defensa de su plan. Viajó a Nueva York y tuvo media hora de gritos en el despacho de Peter Carhart, tras la cual rompió sus intereses con la firma. Samuel Meredith a los treinta y cinco años de edad, se convertía a efectos prácticos en el nuevo socio de Carhart. El cuarto golpe había dado resultado.

En el interior de cada hombre hay un impulso que le enfrenta a su carácter, a su disposición propia, y a la imagen que los demás tienen de él. En algunos hombres ese impulso puede llegar a mantenerse en secreto, y no sospechan de su existencia hasta que de pronto les golpe en mitad de la noche. En Samuel aquel impulso aparecía en la acción, por eso su manera de ver las cosas sacaba de quicio a algunas personas. Y tal vez fuera afortunado en esto, porque cada vez que aquel pequeño demonio aparecía, recibía por parte de Samuel una acogida tal que quedaba sumido en la más completa indigencia. Era el mismo demonio, el mismo impulso que le llevó a ordenar a los amigos de Gilly que se levantaran de su cama, el que le hizo entrar en casa de Marjorie.

Si una persona pasara la mano por la mandíbula de Samuel Meredith notaría en ella un bulto. Samuel suele decir que no sabe con certeza cuál de los cuatro golpes le dejó aquella señal, pero que no querría perderla por nada del mundo. Asegura que no hay heridas como las viejas heridas y que a veces, antes de tomar alguna decisión, le ayuda acariciarse la barbilla. Los periodistas muchas veces lo han descrito como un gesto nervioso, pero no se trata de eso. Es sólo que quiere sentir de nuevo la magnífica claridad, la cordura relampagueante de aquellos cuatro golpes.


FIN

Nota: 6. Cursi.

FLAPPERS Y FILÓSOFOS
F. Scott Fitzgerald

Velecío Editores
Traducción de Teresa y Andrés Barba
Prólogo de Andrés Barba

primera edición septiembre de 2007

Reseña en solodelibros




Un hombre singular - J. P. Donleavy

31 03 2008

[páginas 422-424]

Funerales por
Sally (Dizzy Darling) Tomson
el Veinticuatro de Noviembre
a la una cuarenta y cinco P. M.
A bordo del Sea Shark
Dársena Siete, al pie de Owl Street
Entierro en el Mar

Un empleado con el uniforme verde se inclina para murmurar al oído de George Smith a la una y cuarto P. M. en la silenciosa soledad del Game Club.

-Señor Smith, su coche está aquí, en la puerta principal.

Smith coge el abrigo negro con cuello de marta. Que había estado sobre una silla. Campanitas del reloj antiguo que da la hora. Mira por la ventana los tanques de agua en los tejados y ve otras ventanas oscuras y vacías.

Su fotografía en todos los diarios. Su carrera. Sollozanado y con el cuerpo destrozado antes de morir, el pelo dorado esparcido sobre la carretera. Un abrazo vestido por una manga de jersey verde sobre el pecho. Este sábado dorado de sol. Bajo el infinito cielo azul. Un extraño retenía su puño apretado. Si tenía fuerzas para llorar. Tenía fuerzas para vivir. Un médico joven, con una mano apoyada en el hombro de ella, en la ambulancia, decía que se moría y que no quería morir.

Smith toma el ascensor hasta el vestíbulo principal y sale a la calle. Pasa antes junto a la luz débil del mostrador de recepción, el tablero de mensajes. Un viento helado entra por la puerta giratoria. Una polvareda universal se levanta de las aceras. Herbert esperando al extremo de la marquesina.

El acorazado se aleja despacio dejando atrás los grupos de gente de la hora del almuerzo. Una llamada telefónica me despertó muy temprano esta mañana. El abogado de la señorita Tomson. Podría estar presente en mi propio beneficio. Nuevos edificios de apartamentos crecen como hongos a lo largo del río, para contemplar desde arriba los lentos barcos. Y un día una grúa para demolición destruirá Merry Mansions. Dejará un bonito montón de cascotes y Hugo quedará en el paro.

El final de Owl Street. Una fila de automóviles negros dobla por un portón con barrotes de hierro. La policía mantiene abierto. Brillan los flashes de los fotógrafos. Pasa el féretro cubierto por una coloreada bandera rodeada de flores. En el río un transbordador lleva vagones de ferrocarril. Dos remolcadores tiran de un barco de carga. Y sobre el muelle de madera, los relucientes automóviles marchan en fila india.

Cuatro marineros de azul bajan una cadena amortiguada por fieltro verde. Empujan la palanca de la grúa transportadora sobre el coche fúnebre. El gran féretro de pesado plomo se levanta meciéndose contra el cielo. Se desplaza sobre la proa y con ayuda de varias manos queda en el suelo. Tu vida estaba llena de celebridades. Y un día me dijiste, Smithy, nunca seas como esos hombres que después de haber hecho negociados sin escrúpulos se recuestan en el calor del lujo mendigando el amor en todas partes.

Las costas bajas desaparecen al cabo de una hora y media de navegación. El mar está picado. Se oye vomitar a alguien por encima de la barandilla. Una ráfaga de nieve barre la cubierta. Hay que buscar abrigo en este rincón contra el viento. Claude Grace estaba con la cabeza descubierta entre dos mujeres negras de cierta edad cuando subió a bordo. Se está bastante bien, aquí en el mar. El gusto de sal en los labios. Todos los demás han entrado a tomar un poco de caldo caliente. Y han dejado una sombra a mi lado.

-¡Hola, amigo! ¿Me recuerda? Ralph. Conoció usted a la verdadera Sally. ¡Qué frío hace! Nunca se sabe lo que nos espera. Sale de su casa llena de salud sin saber que tiene los minutos contados. Puede que no sea éste el momento. Pero circula un rumor. Le dejó dinero en su testamento. ¿O es un error? ¿O qué? No quiero ofenderle. Una chica guapa como ella. Sólo las piernas. Parece que ella se había acostado con tantos hombres diferentes como años de edad tenía. ¿Usted quiere saber cuántos años tenía?

Pasa un gran trasatlántico blanco y los pasajeros se ven muy pequeños cuando saludan desde la cubierta. En esta latitud y longitud de océano verde-azul. La cosa más sorprendente de todas es que la señorita Tomson perteneció a las fuerzas armadas. Tal vez esté saludando allí dentro sobre el raso con uno de sus brazos largos y torneados. Y yo tengo una plegaria breve y sencilla ya que tú también tenías religión. Desde la popa de babor de éste barco. Mira el horizonte de finos dedos blancos, con resplandor de rayos de sol rojo y oro. Aquellas eran las cimas de las torres donde tú viviste. Sal de debajo de esa bandera y deslízate al encuentro de los peces, delfines, ballenas, con espacio para bostezar y para desperezarte. Da la orden de que disparen los rifles. Ruido de algo al caer en las olas. Deja burbujas y flores. Pero tal vez te haga feliz saber que las focas cantan en la noche. Saltan a la superficie del agua con sus grandes ojos tristes.

Buenas noticias
en el dulce
porvenir.

FIN

Nota: 5. Cansino.
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Un hombre singular
J. P. Donleavy

Edhasa, 1989

Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz




La educación de Óscar Fairfax - Louis Auchincloss

26 03 2008

[páginas 246-249]

Convencer a Sigourney no resultó nada fácil, aunque las cifras eran indiscutibles. El treinta y cinco por ciento de la facturación de la firma era directamente atribuible a sus horas. Y según la entusiasta y cooperativa señora Larkin, los dos clientes municipales más importantes le seguirían si él abandonase el despacho. Tan sólo tenía que dejar sus exigencias bien claras. Le sugerí que no se limitara a pedir que le convirtieran en socio, sino que además exigiera condiciones de igualdad con los señores Abbott y Grimes. Y entonces entró en algo parecido al pánico.

-Pero suponga que me echan a la calle.

-No lo harán.

-¿Y si lo hacen?

- Entonces, creas tu propia empresa. Apuesto que la mitad de los empleados se irán contigo.

-¡Pero yo no he hecho algo así en toda mi vida! ¡Honestamente, señor Fairfax, yo no sé manejar ese tipo de cosas!

Tenía que admitir que tal vez no sabía. Tal vez estaba enganchado a su antigua servidumbre. Tras años de sometimiento, eso sucede a veces. Recordaba haber leído algo sobre un preso de Auschwitz que, reducido a la bestialidad por una larga privación de comida y torturas, había cogido, como un sabueso maltratado, el pañuelo de los mocos de un guarda y se lo había llevado reverentemente a los labios. Quizá Sigourney prefería su existencia sonámbula, con sus dos horas diarias de lúcida realidad leyendo a Wordsworth en el tren.

-Entonces tiene que jugar a presionarlos para conseguir que se derrumben -continué implacable-. Ya conoces el antiguo himno: “Alguna vez le llega a todo hombre y a toda nación el momento de decidir” -Henry se limpió la frente sudorosa-. ” Y la elección es para siempre, enlazadas la oscuridad y la luz”.

-Sí, conozco el himno. Bueno, le prometo pensarlo.

-No, si lo piensas no lo harás nunca. Tienes que solicitarlo hoy. Esta misma mañana. -Íbamos en el tren hacia la ciudad-. Ya me contarás esta tarde, en el tren de las cinco cuarenta y cinco, qué ha sucedido. Lo celebraremos con una copa en el vagón restaurante.

-¡Oh, señor Fairfax, por favor!

-Y si no lo haces -le dije enfadado-, se lo diré a tu esposa.

Por supuesto que lo hizo pero, cuando nos separamos en la estación parecía tan abatido que sentí pena por mi intrusión en su estática vida. Sin embargo, el rostro que me saludó a las 5:45 horas era radiante. No, no había pedido que le nombraran socio en las mismas condiciones que los dos veteranos, ni había exigido un porcentaje específico de los beneficios netos. Pero había sugerido que se considerase su nombramiento como socio al final del año, y los señores Abbott y Grimes habían estado de acuerdo en hacerlo.

Le hicieron socio, por supuesto; no tenían opción. Y hoy, diez años más tarde, está dirigiendo un despacho más grande y próspero bajo el nuevo nombre de Sigourney, Abbott & Grimes. Sus dos hijos fueron a Andover; uno se graduó en Princeton y el otro está todavía en Brown. Amelia está en el comité directivo del Club de Tenis y Golf y es presidenta del comité local de prevención del cáncer; sonríe a todo el mundo. Y Henry ha publicado un pequeño volumen de monólogos dramáticos en una pequeña pero respetada editorial; recibió una agradable reseña en las “Notas breves” del New York Times Book Review.

Gordon dice que he encontrado por fin mi lugar, que estaba escrito que, tarde o temprano, me convertiría en “investigador privado”; me compara, riéndose, con el psiquiatra de El cóctel de T. S. Elliot. Y es verdad que en los últimos años, manteniendo los ojos bien abiertos, he descubierto casos en los que un pequeño trabajo subterráneo puede cambiar una vida de servidumbre por otra mejor. Henry Sigourney, sin embargo, sigue siendo mi éxito más significativo.

¿Me halago al pensar que, al menos, soy un hombre bueno? El Becket de Asesinato en la catedral del mismo Eliot encuentra que el ego siempre se esconde, tanto manifiesta como sutilmente, tras cada aparente acto de caridad, y cree que no podrá ser virtuoso hasta que sea capaz de fundir su identidad con la de Dios. Pero hay demasiado de mi mitrado abuelo en mí para encontrar tanta satisfacción en algo tan espectral como eso. El obispo tenía en muy poco un más allá que no alojase un facsímil razonable del recto reverendo Oscar Fish. Por eso me agarro a mi ego y simplemente espero que, mientras hagamos una buena obra, podamos pasar por alto nuestros motivos. Ésta es mi biblia o, al menos, mi nuevo testamento y a la larga, quizá sea esto lo único que me ha reportado mi educación. Henry Adams no llegó a admitirlo, pero es que era un poco presumido. No tenía a una Constance para vapulearle.

FIN
Nota: 8. Sabe
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La educación de Óscar Fairfax
Louis Auchincloss
Libros del Asteroide
Traducción de Pilar Mañas Lahoz



Suite inglesa - Julien Green

24 03 2008

Nathaniel Hawthorne. Un puritano, hombre de letras (1804-1864) [fragmento]

[páginas 166-171]

En Liverpool, donde se sobreentendía que no se quedaría más que dos años. Hawthorne dedicaba todo su tiempo a sus nuevas funciones y consagraba sus horas de ocio a paseos con sus hijos o a su diario. Pero el clima no le convenía a mistress Hawthorne, que estaba bastante delicada del pecho, y se decidió que fuese a pasar unos meses a Madeira con Una y Rose, la más pequeña de la familia. Hawthorne se quedó solo con su hijo. Al cabo de un tiempo, le dieron permiso, que aprovechó para recorrer Inglaterra y sobre todo visitar Londres.

En fin, que transcurrieron los dos años. Mistress Hawthorne iba mejor. Toda la familia se reunió en Inglaterra para hacer un viaje por el continente antes de regresar a América.

Hawthorne se había interesado siempre por la historia de Italia y la conocía bien. Mistress Hawthorne, por su lado, estaba loca por la pintura y conocía a fondo, por álbumes de grabados, el repertorio de los grandes museos de la península. Ambos habían forzado a sus desgraciados hijos a leer y releer a Gibbon, cuyo estilo pomposo y adornado se convertía en una tortura al cabo de tres páginas.

Equipados así, atravesaron Francia y pasaron los Alpes. El frío, la gripe, las dificultades de un viaje en diligencia rebajaron mucho su entusiasmo. Roma les desilusionó.

Comenzó la visita de los museos. Las obras maestras fueron examinadas pacientemente, pintura y escultura. Ante las copias de las estatuas griegas hubo en Hawthorne como un despertar del viejo William. ¿No era como para echarse a temblar esta desnudez que se exponía con tal impudicia? ¿Por qué diablos no habían podido vestirse? Sin embargo, una estatua que contempló con las cejas fruncidas terminó por ejercer sobre él todo el encanto malicioso de que era capaz. Se trataba del Fauno del Vaticano. Su rostro no es más que una sonrisa triunfante y burlona que parece haber tenido solamente para atrapar al puritano, y de hecho el puritano, como se verá, no pudo olvidar el Fauno.

La hora del regreso fue precipitada por la enfermedad de Una, que estuvo a punto de morir de fiebre palúdica. Desde Roma fueron a Inglaterra en donde se detuvieron algunos meses con el fin de reposarse de estas fatigas y de permitir a Hawthorne escribir una novela que le había inspirado el Fauno. Hay bastantes cosas en El Fauno de mármol, bastantes sueños y bastantes símbolos. No creo que nunca se haya dicho sobre Hawthorne, sobre su manera de pensar y de escribir, una frase más plena y más precisa que esta misma que es suya: “Mis visiones son mucho más nítidas al resplandor crepuscular del fuego que a la luz del día o de una lámpara…”. El libro apareció en 1860. A los que les gustó, les gustó sin límites. Algunos se sintieron decepcionados por lo que hay de abstracto en esta novela y por lo que no llegaron a adivinar. Casi todo el mundo reconoció en uno de los personajes a una de las criminales más ilustres de aquellos días, la institutriz de los Praslin.

Por fin regresaron. Era el verano de 1860. Ahora que era más rico, Hawthorne mandó ampliar la casa que poseía en Concord. El sueño del escritor consistía en escribir en una torre. Se le construyó, pues, una torre adosada al cuerpo de la casa. Una escalera de caracol conducía una pieza amueblada con un escritorio en la que Hawthorne, de haber tenido ganas, hubiese estado inmejorablemente para trabajar.

Pero las cosas se estropeaban en el país, y la guerra, que agitadores sin escrúpulos reclamaban desde hacía tiempo, estalló al fin, a pesar de los esfuerzos de Lincoln. Fue uno de los despilfarros de vidas humanas más grandes que la tierra haya visto. Durante más de cuatro años se desgarró América en luchas espantosas. Los rebeldes, como se los llamaba en el Norte, eran más duros de vencer que lo que se había creído (llegaron incluso tan cerca de Washington, que prendió el pánico), pero los ejércitos de Lee carecían de municiones, encontrándose en el Norte casi todas las fábricas. Una desolación inmensa se extendió por el Sur; sin uniformes, sin cartuchos, los soldados se batían como podían. En Virginia se reconocía el paso de un ejército por las huellas ensangrentadas que los pies descalzos dejaban en los caminos.

Hawthorne pudo parecer indiferente a lo que pasaba, puesto que era raro que consistiese en hablar de su alma; pero quizá esa reserva dé más peso a esta frase, a la cual nada quiero añadir por miedo de debilitar su elocuencia: “Apruebo esta guerra como cualquier otro, pero no comprendo bien por qué luchamos”. Escribía esto más de seis meses después de la secesión del Sur.

Envejecía. Una novela que había comenzado, y prometido a su editor, había sido abandonada. “Tengo la intuición de que haré mejor manteniéndome tranquilo”, confió a un amigo. Un poco más tarde el escritor Stoddard le envió un poema: La campana del rey, que encerraba una moralidad bastante sombría. “He leído su poema -respondió Hawthorne-, con muchísimo gusto… Hubiese querido únicamente que la idea no fuese tan triste. Su héroe hubiese podido tocar la campana una vez en el curso de su vida, otra en el momento de su muerte. Pero puede que tenga usted razón. He sido feliz, y, sin embargo, no puedo recordar un solo instante de felicidad tal que experimentase la necesidad de hacer resonar la campana.”

Casi nunca había estado enfermo; ahora lo estaba, sin que se supiese exactamente de qué. Una especie de misterio flotaba alrededor de este hombre como alrededor de los personajes que había creado. Había renunciado definitivamente a escribir y se separaba de todo definitivamente. Un amigo, Ticknor, que además era su editor, decidió que necesitaba cambiar de aires y le llevó con él de viaje. Fueron a Nueva York, a Filadelfia, pero Hawthorne se debilitaba y a nada le sacaba gusto. Por amistad hacia Ticknor, a quien estaba apegado, obedecía, sin embargo, y se trasladaba con él de ciudad en ciudad. Sucedió entonces algo casi ridículo, tan cerca está lo trágico de la risa. Ticknor murió de repente. Hawthorne regresó a casa solo. “La muerte se ha equivocado”, dijo.

No se trató ya de salvarle. Sin embargo, Pierce quiso intentar un último esfuerzo y le persuadió de que otro viaje le haría bien. Hawthorne cedió. Temía que la muerte le llegase en su casa, entre su mujer y sus hijos. Separarse de ellos de ese modo le turbaba. Prefería despedirse, como se despide uno la víspera de un viaje, e ir a buscar la muerte lejos; resultaría menos penosa. Los dos amigos partieron hacia mediados de mayo de 1864. Fueron durante tres días en dirección norte. Al cabo de esos tres días se detuvieron en una aldea para descansar. Esa noche Hawthorne se acostó temprano y se durmió sobre el lado derecho. Así le encontraron a la mañana siguiente, cuando se constató que estaba muerto.

FIN

Nota: 8. Ameno&Elegante

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Suite inglesa
Julien Green

Traducción de Jesús Aguirre
Ariel febrero de 2008

INDICE

Samuel Johnson (1709-1784)

William Brake, profera (1757-1827)

Charles Lamb (1775-1834)

Charlote Brontë (1816-1855)

Nathaniel Hawthorne. Un puritano, hombre de letras (1804-1864)

 

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“Su pelo era casi negro y ligeramente ondulado, sus cejas espesas y alargadas. Una mirada de fuego animaba su rostro de una regularidad sin tacha. Un día que se paseaba por el campo, le preguntó una gitana al verle, juntando las manos, si era un hombre o un ángel.”

 

 ”Las suites que Bach compuso para clavecín pasaron a llamarse Suites inglesas. Julien Green (1900-199 8) adoptó el título del músico alemán para reunir en un volumen cinco exquisitos retratos de Samuel Johnson, William Blake, Charles Lamb, Charlotte Brontë y Nathaniel Hawthorne. Logró una joya literaria que tradujo hace tiempo Jesús Aguirre, el que fue duque de Alba, y que ha sido rescatada ahora en una nueva colección, La Isla de Próspero”

Julia Luzán

El País Semanal

30 de marzo de 2008

 

 




El origen de las especies - Charles Darwin

22 03 2008

[páginas 640-643]

Cuando podamos estar seguros de que todos los individuos de una misma especie y todas las especies muy afines de la mayor parte de los géneros han descendido, en un período no muy remoto, de un antepasado, y han emigrado desde un solo lugar de origen, y cuando conozcamos mejor los muchos medios de migración, entonces, mediante la luz que actualmente proyecta y que continuará proyectando la geología sobre cambios anteriores de climas y de nivel de la tierra, podremos seguramente seguir de un modo admirable las antiguas emigraciones de los habitantes de todo el mundo. Aun actualmente, la comparación de las diferencias entre los habitantes del mar en los lados opuestos de un continente, y la naturaleza de los diferentes habitantes de este continente, en relación con los medios aparentes de inmigración, pueden dar alguna luz sobre la geografía antigua.

La noble ciencia de la geología pierde esplendor por la extrema imperfección de sus registros. La corteza terrestre, con sus restos enterrados, no puede ser considerada como un rico museo, sino como una pobre colección hecha al azar y en pocas ocasiones. Se reconocerá que la acumulación de cada formación fosilífera importante ha dependido de la coincidencia excepcional de circunstancias favorables, y que los intervalos en blanco entre los pisos sucesivos han sido de gran duración, y podemos estimar con alguna seguridad la duración de estos intervalos por la comparación de formas orgánicas precedentes y siguientes. Hemos de ser prudentes al intentar establecer, por la rosa contemporaneidad entre dos formaciones que no comprenden muchas especies distintas. Como las especies se producen y extinguen por causas que obran lentamente y que existen todavía, y no por actos milagrosos de creación; y como la más importante de todas las causas de modificación orgánica es una que es casi independiente del cambio -y aun a veces del cambio brusco- de las condiciones físicas, o sea la relación mutua de organismo a organismo, pues el perfeccionamiento de un organismo ocasiona el perfeccionamiento o la destrucción de otro, resulta que la magnitud de las modificaciones orgánicas en los fósiles de formaciones consecutivas sirve probablemente como una buena medida del lapso de tiempo relativo, pero no del absoluto. Un cierto número de especies, sin embargo, reunidas formando un conjunto, pudieron permanecer sin variación durante un largo período, mientras que dentro del mismo período alguna de estas especies, emigrando a nuevos países y entrando en competencia con formas extranjeras, pudo modificarse, de modo que no podemos exagerar la exactitud de la variación orgánica como medida de tiempo.

En el porvenir veo ancho campo para investigaciones mucho más interesantes. La psicología se basará seguramente sobre los cimientos, bien echados ya por míster Herbert Spencer, de la necesaria adquisición gradual de cada una de las facultades y aptitudes mentales. Se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre y de su historia.

Autores eminentísimos parecen estar completamente satisfechos de la hipótesis de que cada especie ha sido creada independientemente. A mi juicio, se avienen mejor con lo que conocemos de las leyes fijadas por el Creador a la materia el que la producción y extinción de los habitantes pasados y presentes de la Tierra hayan sido debidas a causas secundarias, como las que determinan el nacimiento y la muerte del individuo. Cuando considero todos los seres, no como creaciones especiales, sino como los descendientes directos de un corto número de seres que vivieron mucho antes de que se depositase la primera capa del sistema cámbrico, me parece que se ennoblecen, juzgando por el pasado, podemos deducir con seguridad que ninguna especie viviente transmitirá sin alteración su semejanza hasta una época futura lejana. Y de las especies que ahora viven, poquísimas transmitirán descendientes de ninguna clase a edades remotas; pues la manera como están agrupados todos los seres orgánicos muestra que en cada género la mayor parte de las especies, y en muchos géneros todos, no han dejado descendiente alguno y se han extinguido por completo. Podemos echar una mirada profética al porvenir, hasta el punto de predecir que las especies comunes y muy extendidas, que pertenecen a los grupos mayores y predominantes, serán las que finalmente prevalecerán y procrearán especies nuevas y predominantes. Como todas las formas orgánicas vivientes son los descendientes directos de las que vivieron hace muchísimo tiempo en la época cámbrica, podemos estar seguros de que jamás se han interrumpido la sucesión ordinaria por generación y de que ningún cataclismo ha desolado el mundo entero, por tanto, podemos contar, con alguna confianza, con un porvenir seguro de gran duración. Y como la selección natural obra solamente mediante el bien para el bien de cada ser, todos los dones intelectuales y corporales tenderán a progresar hacia la perfección.

Es interesante contemplar un enmarañado ribazo cubierto por muchas plantas de varias clases, con aves que cantan en los matorrales, con diferentes insectos que revolotean y con gusanos que se arrastran entre la tierra húmeda, y reflexionar que estas formas, primorosamente construidas, tan diferentes entre sí, y que dependen mutuamente de modos tan complejos, han sido producidas por leyes que obran a nuestro alrededor. Estas leyes, tomadas en un sentido más amplio, son: la de crecimiento con reproducción; la de herencia, que casi está comprendida en la de la reproducción; la de variación por la acción directa e indirecta de las condiciones de vida y por el uso y desuso; una razón del aumento, tan elevada, tan grande, que conduce a una lucha por la vida, y como consecuencia a la selección natural que determina la divergencia de caracteres y la extinción de las formas menos perfeccionadas. Así, la cosa más elevada que somos capaces de concebir, o sea la producción de los animales superiores, resulta directamente de la guerra de la naturaleza, del habre y de la muerte. Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas las más bellas y portentosas.

FIN

Nota: 6. Pesado

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 EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

On the Origin of Species by Means of Natural Selection
Charles Darwin

Introducción de Diego Núñez
Traducción de Antonio de Zulueta

Alianza

INTRODUCCIÓN, por Diego Núñez

EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

1. Variación en estado doméstico
2. Variación en la naturaleza
3. Lucha por la existencia
4. Selección natural, o la supervivencia de los más adecuados
5. Leyes de la variación
6. Dificultades de la teoría
7. Objeciones diversas a la teoría de la selección natural
8. Instinto
9. Hibridismo
10. De la imperfección de los registros geológicos
11. De la sucesión geológica de los seres orgánicos
12. Distribución geográfica
13. Distribución geográfica (continuación)
14. Afinidades mutuas de los seres orgánicos. - Morfología. -Embriología. -Órganos rudimentarios
15. Recapitulación y conclusión

 

Leer en castellano hasta el capítulo 9 [Wikisource] 

 

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La mancha humana - Philip Roth

10 03 2008

(páginas 412-413)

Allí estaba el origen. Allí estaba la esencia. Allí.

-Si compara la barrena de doce centímetros con la de quince, verá que hay una gran diferencia. Cuando haces a mano un orificio en una placa de hielo que tiene entre treinta y cuarenta y cinco centímetros de grosor, el esfuerzo con la de quince es superior a la de doce. Con esto puedo perforar cuarenta y cinco centímetros de hielo en unos veinte segundos, si la broca es buena y está bien afilada. Eso es lo más importante. Siempre hay que tener la broca bien afilada.

Hice un gesto de asentimiento.

-Hace frío aquí, en el hielo.

-Vaya si lo hace.

-No lo había notado hasta ahora. Me esto y enfriando. tengo la cara aterida. Tengo que irme.

-Y di el primer paso atrás, apartándome de la especie de aguanieve que rodeaba al pescador y el orificio en el hielo.

-Muy bien. Y ahora sabe pescar en el hielo, ¿no es cierto? A lo mejor escribe un libro sobre esto en vez de una novela policiaca.

Avanzando hacia atrás medio paso a la vez, retrocedí alrededor de un metro y medio o dos hacia la orilla, pero él seguía con la barrena en la mano, la broca en forma de sacacorchos alzada al nivel de donde habían estado mis ojos. Totalmente vencido, había iniciado mi retirada.

-Y ahora conoce mi lugar secreto -siguió diciendo-. Eso también. Lo sabe todo. Pero no se lo dirá a nadie, ¿verdad? Es agradable tener un lugar secreto. Uno no se lo dice a nadie, aprende a no decir nada.

-No se preocupe, que no lo divulgaré.

-Hay un arroyo que baja de la montaña, dando saltos por las rocas. ¿No se lo había dicho? Nunca he averiguado su origen, y hay un aliviadero en el lado sur del lago, que es donde fluye el agua -señaló el lugar, todavía con la barrena, que sujetaba con la manaza enfundada en el guante sin dedos-. Y, además, debajo del lago hay numerosos manantiales. El agua sube desde abajo, de modo que siempre se renueva. Se limpia a sí misma. Y los peces necesitan agua limpia para sobrevivir y estar sanos. Este sitio tiene todos esos ingredientes, todos obra de Dios. El hombre no ha intervenido en absoluto. POr eso está tan limpio y por eso vengo aquí. Si el hombre tiene algo que ver, mantente alejado. Ése es mi lema. El lema de un hombre con la mente subconsciente llena de TEPT. Lejos del hombre, cerca de Dios. Así que no se olvide de guardar el secreto de este sitio. La única vez que un secreto se revela, señor Zuckerman, es cuando uno lo cuenta.

-Comprendo.

-Ah, y otra cosa, señor Zuckerman…, el libro.

-¿Qué libro?

-Su libro. Envíemelo.

-Lo recibirá por correo.

Eché a andar a través del hielo. Él estaba a mis espaldas, sosteniendo la barrena mientras yo me alejaba. El trecho era largo. Si salía del apuro, sabía que mis cinco años en la casa habían terminado. Sabía que cuando terminara el libro, si lo terminaba, tendría que buscar otro lugar donde vivir.

Una vez en la orilla, me volví para ver si, después de todo, él iba a seguirme al interior del bosque para acabar conmigo antes de que tuviera ocasión de visitar la casa donde Coleman pasó su infancia y, como Steena Palsson, antes que yo, sentarme con su familia de East Orange como el invitado blanco a la comida del domingo. Mientras le miraba sentí el terror de aquella barrena, aunque él ya había vuelto a sentarse en el cubo: la gélida blancura del lago rodeando una manchita que era un hombre, el único ser humano en la naturaleza, como la X de un analfabeto a modo de firma en una hoja de papel. Allí estaba, si no toda la historia, por lo menos todo el cuadro. Sólo en contadas ocasiones, al final de nuestro siglo, la vida ofrece una visión tan pura y apacible como aquélla: un hombre solitario sentado en un cubo, pescando a través de cuarenta y cinco centímetros de hielo en un lago que constantemente renueva su agua en lo alto de un arcádica montaña de América.

FIN

Nota: 12 (sobre 10)

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Foto: Dorothea Lange (1940) 

 

LA MANCHA HUMANA
Philip Roth

Traducción Jordi Fibla
Alfaguara
segunda edición Noviembre 2006




Entre las sábanas - Ian McEwan

21 02 2008

[páginas 177-181]

-De acuerdo, y muchas mujeres valientes también. América se hizo a tiros. Eso no se puede negar. -George cruzó la habitación hasta el mueble bar y sacó algo de color negro de detrás de las botellas-. Aquí tengo guardad una pistola -dijo, y la levantó para que todos la viésemos.

-¿Para qué? -preguntó Mary.

-Cuando tienes críos, cambia mucho la actitud que tienes hacia la vida y la muerte. Nunca tuve pistola hasta que aparecieron los chicos. Ahora pienso que dispararía sobre cualquiera que amenazara su existencia.

-¿Esa pistola es de verdad? -pregunté. George se acercó hasta nosotros con la pistola en una mano y una botella de whisky en la otra.

-¡Ya lo creo que es de verdad!

Era muy pequeña y no asomaba más allá de la palma de su mano.

-Déjame verla -dijo Terence.

-Está cargada -le advirtió George mientras se la pasaba.

La pistola pareció tener un efecto tranquilizador sobre todos nosotros. Mientras Terence la examinaba, George llenó nuestros vasos en silencio. Luego se sentó y me recordó que había prometido tocar la flauta. Pasaron un par de minutos de silencio soñoliento, interrumpidos sólo por George para decirnos que, después de aquella copa, cenaríamos. Mary estaba ausente, inmersa en sus pensamientos. Daba vueltas lentamente a su vaso con el índice y el pulgar. Me recosté sobre los codos y empecé a tratar de recordar la conversación que acabábamos de tener. Intentaba recordar cómo habíamos llegado a aquel silencio repentino.

Entonces Terence le quitó el seguro a la pistola y apuntó a la cabeza de George.

-Arriba las manos, cristiano -dijo, con voz grave.

George no se movió.

-Con las pistolas no se juega -dijo.

Terence apretó más el gatillo. Por supuesto, bromeaba, pero desde donde yo estaba veía que tenía el dedo sobre el gatillo, y que empezaba a apretarlo.

-¡Terence! -susurró Mary, y le tocó la espalda suavemente con el pie.

Con los ojos clavados en Terence, George bebía a sorbos su copa. Terence colocó la otra mano alrededor del arma, que apuntaba al centro del rostro de George.

-¡Muerte a los propietarios de armas de fuego!

Terence parecía hablar en serio. Yo también intenté llamarlo por su nombre, pero de mi garganta apenas salió un murmullo. Cuando volví a intentarlo, dije algo bastante irrelevante a causa del pánico cada vez mayor que sentía.

-¡Ahí va! -dijo Terence, y apretó el gatillo.

A partir de entonces la velada se sumió en la cortesía convencional y rebuscada con la que los americanos, cuando quieren, pueden dejar muy atrás a los ingleses. George era el único que había visto a Terence quitarle las balas a la pistola, y eso nos unió a Mary y a mí en un leve pero prolongado estado de shock. Comimos ensalada y embutidos, con los platos apoyados en las rodillas. George le preguntó a Terence por su tesis sobre Orwell y las perspectivas de empleo en la enseñanza. Terence le hizo preguntas a George sobre su negocio de alquiler de artículos de broma y los requisitos de las habitaciones para enfermos. A Mary le preguntaron sobre su empleo en la librería feminista y respondió con afabilidad, evitando cuidadosamente cualquier afirmación que pudiese provocar una discusión. Por fin, me pidieron que diera detalles sobre mis planes de viaje, lo que hice de manera profusa y aburrida. Expliqué que pasaría una semana en Amsterdam antes de volver a Londres. Eso hizo que George y Terence se pasaran varios minutos cantando las alabanzas de Amsterdam, aunque resultaba bastante evidente que habían visitado dos ciudades muy diferentes.

Después, mientras los demás tomaban café y bostezaban, toqué la flauta. Toqué la Sonata de Bach igual que de costumbre, pero tenía la cabeza en otro sitio, pues estaba harto de aquella música y de mí por tocarla. Mientras las notas iban transfiriéndose de la partitura a las puntas de mis dedos, pensaba: ¿Pero todavía sigo tocando esto? Seguí escuchando el estridente eco de nuestras voces, vi la pistola negra en la palma abierta de George, al humorista surgir entre la penumbra para volver a tomar el micrófono, me ví a mí mismo hacía muchos meses disponiéndome a salir de San Francisco en dirección a Buffalo en un coche recién salido de fábrica, gritando de júbilo por encima del rumor del viento a través de las ventanas abiertas: Soy yo. Aquí estoy. Allá voy… ¿Dónde estaba la música que debía acompañar a todo aquello? ¿Por qué no la buscaba siquiera? ¿Por qué seguía haciendo algo para lo que no valía?: música de otra época y otra civilización, cuyas certezas y perfecciones eran ficciones y mentiras para mí, por mucho que hubiesen sido en algún momento, o quizá siguiesen siéndolo, verdades para otros. ¿Qué debería buscar? (Interpreté el segundo movimiento como un redoble de piano.) Algo difícil y libre. Pensé en las historias de Terence sobre sí mismo, en su jueguecito con la pistola, en los experimentos que Mary hacía consigo, en mí tamborileando con los dedos sobre el lomo de un libro en un momento de distracción, en la inmensa y fragmentada ciudad sin centro, sin ciudadanos, en una ciudad que existía sólo en la mente, un nexo de cambio o estancamiento en la vida de los individuos. La imagen y la idea se estrellaban ebriamente una detrás de otro de pretendida armonía e inexorable lógica. En medio de un compás, levanté la vista de la partitura y eché un vistazo a mis amigos, tendidos en el suelo. Después su imagen permaneció brevemente sobre la partitura. Era posible, incluso probable, que ninguno de los cuatro volviera a verse jamás, y frente a tan trivial fugacidad mi música resultaba inane en su racionalidad, mezquina en su sobredeterminación. Déjasela a otros, a los profesionales que puedan evocar los días de su verdad pasada. Para mí no significaba nada, ahora que ya sabía lo que quería. Aquel escapismo refinado…, un crucigrama con las respuestas ya escritas: ya no podía seguir tocando.

Dejé de tocar al llegar al movimiento lento y levanté la vista. Estaba a punto de decir “Ya no puedo más”, pero los tres se pusieron de pie aplaudiendo y me dedicaron amplias sonrisas. Parodiando al público de los conciertos George y Terence se llevaron las manos a la boca y gritaron:

-Bravo! Bravissimo!

Mary se adelantó, me besó en la mejilla y me entregó un ramo de flores imaginario. Abrumado de nostalgia por un país que aún no había abandonado, no pude hacer otra cosa que juntar los pies y hacer una reverencia, mientras estrechaba las flores contra mi pecho.

Entonces Mary dijo:

-Vámonos. Estoy cansada.

FIN
Nota: 6
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Author Ian McEwan Receives STellfox Prize september 26-28, 2005
Entre las sábanas
Ian McEwan
Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto

ÍNDICE

Pornografía
Reflexiones de un simio cautivo
Dos fragmentos: marzo de 199…
Más muertos, imposible
Entre las sábanas
Vaivén
Psicópolis




El pecho - Philip Roth

19 02 2008

[páginas 87-93]

-Quiero salir de aquí -le diré-, y necesito un cómplice. Podemos llevarnos todas las bombas y tubos que me mantienen vivo. Y para cuidar de mi salud, por así decirlo, podemos contratar a médicos y enfermeras. El dinero no será ningún problema. Pero estoy harto y cansado de preocuparme por la posibilidad de perder a Claire. Que se busque otro amante cuyo semen no engullirá y lleve con él una vida normal y productiva. Estoy cansado de protegerme contra la pérdida de la bondad angélica. Y, entre tú y yo, también estoy un tanto cansado de mi padre, que me aburre. Y en cuanto a Shakespeare, ¿cuánto más puedo seguir encajando? No sé si eres consciente de la cantidad de grandes obras de la literatura occidental que ahora están disponibles en excelentes discos de larga duración. Cuando termine con Shakespeare, podré seguir con magníficas representaciones de Sófocles, Sheridan, Aristófanes, Shaw, Racine… pero ¿con qué finalidad? ¿Para qué? Eso sí que es matar el tiempo. Tampoco creo que sea difícil. Si los Beatles son capaces de llenar el estadio Shea, ¿por qué no puedo hacerlo yo? Tenemos que pensar en ello a fondo, tú y yo, claro que ¿para qué ha servido toda aquella educación si no fue para aprender a pensar las cosas a fondo? ¿para escribir más libros? ¿Para escribir más ensayos críticos? ¿Para contemplar más las cosas superiores? ¿Y qué me dices de la contemplación de las inferiores? Ganaré cientos de miles de dólares, y entonces tendré chicas, de doce y trece años, cuatro, cinco a la vez, desnudas y soltando risitas, y todas al mismo tiempo sobre mi pezón. Quiero que estén ahí días seguidos, codiciosas y traviesas chiquillas, lamiéndome y chupándome a discreción. Y podemos encontrarlas, ya lo sabes. Si los Rolling Stones pueden encontrarlas, si Charles Mason pueden encontrarlas, también nosotros, con la educación que tenemos, probablemente podremos encontrar unas cuantas. Y mujeres. También habrá mujeres deseosas de abrirse de piernas sobre una polla tan nueva y emocionante como mi pezón. Creo que será una agradable sorpresa el número de respetables mujeres que llamarán a la puerta del camerino vestidas con sus respetables pieles de chinchilla solo para tener un atisbo del tono de mi suave piel hermafrodita. Bueno, tendremos que ser exigentes, ¿no crees?, tendremos que seleccionarlas de acuerdo con su belleza, buena crianza y deseo lascivo. Y mi felicidad será delirante. Repito: mi felicidad será delirante. ¿Recuerdas a Gulliver entre los brobdingnags? ¿Cómo las sirvientas le hacían pasear sobre sus pezones por pura diversión? él no consideraba que aquello fuera divertido, pobre y perdido hombrecillo. Claro que era humano, un médico inglés, un hijo de la Era de la Razón, un fiel seguidor del Sentido de la Proporción atrapado en un continente de extravagantes gigantes; pero aquí, mi amigo y cómplice, estamos en la Tierra de la Oportunidad, esta es la Era de la Realización de Sí Mismo, y yo soy el Pecho, ¡y viviré mediante mis propias luces!
-¿Vivir o morir por medio de ellas?
-Eso está por ver, doctor Klinger.
Permítanme ahora que finalice mi conferencia citando al poeta Rilke. Cuando era un profesor de literatura apasionadamente bienintencionado, siempre me gustaba finalizar la clase con algo conmovedor para que los alumnos se lo llevaran del aula sin contaminar al mundo caído de la comida basura, las estrellas pop y la droga. Es cierto que la ocupación de Kepesh ha desaparecido (Otelo, acto III, escena 3), pero no he perdido del todo mis buenas intenciones de profesor. Tal vez ni siquiera he perdido a mis alumnos. Debido a mi fama, incluso es posible que haya adquirido nuevos y grandes rebaños de ovejas estudiantiles, tan desconocedoras de la calamidad como de la poesía. Es posible que ahora incluso sea una estrella pop y tenga lo que hace falta para poner la gran poesía al alcance de la gente.
-¿Su fama? dice el doctor Klinger.
-Seguramente ahora el mundo entero está enterado -dijo-, excepto tal vez los chinos y los rusos.
-De acuerdo con sus propios deseos, el caso se ha llevado con la mayor discreción.
-Pero mis amigos lo saben. El personal sanitario lo sabe. Eso basta para empezar cuando se trata de semejante fenómeno.
-Es cierto, pero cuando la noticia se filtra desde quienes lo saben al hombre de la calle, este, en general, tiende a no creérselo.
-Piensa que es una broma.
-Si es que puede apartar la mente de sus propios problemas el tiempo suficiente para pensar en cualquier cosa.
-¿Y los medios de comunicación? ¿Me está diciendo que tampoco ellos se han ocupado de esto?
-No han dicho ni palabra.
-Eso no me lo creo, doctor Klinger.
-Mire, no voy a discutir. Se lo dije hace mucho tiempo. Por supuesto al principio hubo indagaciones. Pero no se prestó a nadie la menor ayuda, y como esa gente ha de ganarse la vida igual que todo el mundo, al cabo de un tiempo se marcharon hacia la siguiente desgracia prometedora.
-Entonces nadie sabe todo lo que ha ocurrido.
-¿Todo? Nadie más que usted lo sabe todo, señor Kepesh.
-Bien, tal vez debería ser yo quien se lo contara todo.
-Entonces será famoso, ¿no es cierto?
-Es mejor la verdad que la fantasía de los periódicos sensacionalistas. Es mejor que lo cuente yo que los locos charlatanes y los imbéciles.
-Naturalmente, ¿sabe?, los locos charlatanes y los imbéciles hablarán de todos modos. Debe comprender que nunca aceptarán su punto de vista, al margen de lo que les diga.
-Seguiré siendo una broma.
-Una broma. Un bicho raro. Y también, si insiste en ser usted quien se lo diga, un charlatán.
-Me aconseja que deje las cosas tal como están. Me aconseja que no le diga nada a nadie.
-No le aconsejo nada, solo le recuerdo a su amigo barbudo que se sienta en el trono.
-El señor Realidad.
-Y su principio -dice Klinger.)
Y ahora concluiré la clase con el poema de Rainer María Rilke titulado “Torso arcaico de Apolo”, escrito en París en 1908. Tal vez mi relato, contado aquí en su totalidad por primera vez, y con toda la veracidad de que soy capaz, ilustrará como mínimo esos grandes versos para aquellos de ustedes que no conocían el poema, en particular la admonición final del poeta, que tal vez no sea un sentimiento tan elevado como parece a primera vista. Imbéciles y locos, tipos duros y escépticos, amigos, alumnos, parientes, colegas y todos ustedes desconocidos trastornados, con sus mil millones de huellas dactilares y caras distintas, mis congéneres mamíferos, sigamos todos y cada uno con nuestra educación.

Su inaudita cabeza no hemos visto,
donde los ojos maduraban. Pero
su torso aún fulge como un candelabro,
con su mirar, tan solo atornillado

más atrás. Si no, no te cegaría
el álabe del pecho, y en el giro
silencioso del muslo, una sonrisa
no iría al centro donde estuvo el sexo;

la piedra fuera corta y deformada
bajo los hombros de caer translúcido;
no brillaría como piel de fiera,

ni irrumpiría por todo contorno
como una estrella; porque no hay un sitio
que no te mire: Has de cambiar tu vida.*

*Traducción del alemán de José María Valverde, Obras de Rainer María Rilke. Plaza&Janés, Barcelona, 1967.

FIN
Nota: En serio o en broma, 10

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El pecho
Philip RothTraducción de Jordi Fibla
Mondadori
Barcelona, 2006
-¿Me ha causado esto la literatura?
-¿Cómo podría ocurrir tal cosa? -replica el doctor Klinger-. No, las hormonas son hormonas y el arte es arte. No sufre usted una sobredosis de las grandes imaginaciones.
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“El pecho” para El lamento de Portnoy I y II



Sale el espectro - Philip Roth

18 02 2008

[páginas 244-254]

ÉL

Billy aún está probablemente a dos horas de distancia. ¿Por qué no vienes a mi hotel? Estoy en el Hilton. Habitación 1418.

ELLA

(Riendo ligeramente) Cuando la dejaste, dijiste que aquello te estaba matando, y ahora quieres verla de nuevo.

ÉL

Sí, ahora quiero verla.

ELLA

¿Qué es lo que ha cambiado?

ÉL

El grado de desesperación ha cambiado. Estoy más desesperado. ¿Lo estás tú?

ELLA

Yo… yo… la intensidad de mis sentimientos ha disminuido. ¿Por qué estás más desesperado?

ÉL

Pregúntale a la desesperación por qué es más desesperada.

ELLA

Tengo que confesarte algo. Creo saber por qué estás más desesperado. Y no creo que ir a tu hotel vaya a ayudarte. Richard está aquí. Ha venido y me hablado del encuentro que habéis tenido. Debo decirte que creo que cometes un gran error. Richard tan solo trata de hacer su trabajo, lo mismo que tú haces el tuyo. Está muy trastornado. Es evidente que tú también lo estás. Llamas e invitas a entrar en tu vida a una persona a quien no quieres invitar…

ÉL

Te invito a mi habitación. Te pido que vengas aquí, a la habitación de mi hotel. Kliman es tu amante.

ELLA

No.

ÉL

Lo es.

ELLA

(Enfáticamente) No.

ÉL

El otro día me dijiste que lo era.

ELLA

No lo dije. O lo malinterpretaste o no me oíste bien. Lo has entendido mal.

ÉL

De modo que también puedes mentir. Estupendo. Me alegro de que puedas mentir.

ELLA

¿Qué te hace pensar que estoy mintiendo? ¿Estás diciendo que, porque tuvimos una relación en la universidad, ahora tengo que ser su amante?

ÉL

Te dije que estaba celoso de tu amante. Lo tomé por tu amante. Ahora me dices que no lo es.

ELLA

No, no lo es.

ÉL

Entonces otro es tu amante. No sé si eso es mejor o peor.

ELLA

Preferiría que no habláramos de mi amante. Quieres ser mi amante… ¿es eso lo que me estás diciendo?

ÉL

Sí.

ELLA

Quieres que vaya ahora. Veamos, son las seis, estaría ahí a las seis y media. Puedo volver a casa con algo de comida a las nueve como máximo, y decir que he estado comprando. Tendría que comprar primero, o tú puedes hacerlo entretanto… así estaríamos juntos unos minutos más.

ÉL

¿A qué hora vas a venir?

ELLA

Lo estoy pensando. Podrías ir a comprar ahora. Yo me libraré de Richard. Tomaré un taxi. Estaré en tu hotel a las seis y media. Tendré que marcharme a las ocho y media. Dispondremos de dos horas para estar juntos. ¿Te parece una buena idea?

ÉL

Sí.

ELLA

¿Y entonces qué?

ÉL

Estaríamos dos horas juntos.

ELLA

Hoy estoy perturbada, ¿sabes? (Riendo.) Te estás aprovechando de una mujer perturbada.

ÉL

Estoy recogiendo la cosecha de las elecciones.

ELLA

(Riendo.) Sí, es verdad.

ÉL

Ellos robaron Ohio… Yo voy a robarte a ti.

ELLA

Hoy me iría bien un poco de medicina fuerte.

ÉL

En otro tiempo, yo vendía medicina fuerte de puerta en puerta.

ELLA

Todo esto me hace pensar en los bayous.

ÉL

¿Qué estás diciendo?

ELLA

Los bayous de Houston. Llegábamos a ellos atajando a través de la finca de alguien, nos balanceábamos colgados de una cuerda y saltábamos. Nadar en aquella agua de color chocolate con leche llena de árboles viejos y muertos, tan opaca que no podías verte la mano sumergida, con el musgo que colgaba de los árboles y el agua de ese color turbio… No sé cómo lo hacía, pero era una de las cosas que mis padres no querían que hiciera. La primera vez me acompañó mi hermana mayor. Ella era la atrevida, no yo. La desquiciaba por completo la desconcertante preocupación que mostraba nuestra madre por las apariencias. Ni siquiera mi estricto padre podía controlarla, no digamos ya mamá. Me casé con Billy. Lo peor de él era que fuese judío.

ÉL

Eso es también lo peor de mí.

ELLA

Ah, ¿sí?

ÉL

Ven, Jamie, ven a mí.

ELLA

(A la ligera, con rapidez) Muy bien. ¿Me dices de nuevo dónde estás?

ÉL

El Hilton. Habitación 1418.

ELLA

¿Dónde está el Hilton? No conozco los hoteles de Nueva York.

ÉL

El Hilton está en la Sexta Avenida, entre las calles Cincuenta y tres y Cincuenta y cuatro. Frente al edificio de la CBS. En diagonal frente al hotel Warwick.

ELLA

Es ese enorme hotel que no es muy bonito.

ÉL

El mismo. Solo pensaba pasar aquí unos pocos días. Vine a ver a mi amiga que está enferma.

ELLA

Ya sé lo de tu amiga enferma. No vamos a hablar de nada de eso.

ÉL

¿Kliman te ha hablado de ella? ¿Sabes qué le está haciendo a una mujer que se muere de cáncer cerebral?

ELLA

Está tratando de conocer su historia. Ni siquiera de ella, sino la de un hombre al que amó y cuya obra se ha perdido, cuya reputación se ha desvanecido. Mira, por desgracia Richard se crea él mismo su mala prensa, pero no deberías dejarte engañar por eso. Es un hombre enérgico, compulsivo, entregado a su trabajo y sus intereses, que está obsesionado con ese escritor ahora muy poco conocido al que ya nadie lee. Le absorbe, le excita, piensa que guarda un secreto que podría ser instructivo e interesante más que simplemente escandaloso. Sí, tiene la demencial avidez del impulso biográfico. Sí, tiene el despiadado deseo de conseguir lo que quiere. Sí, hará cualquier cosa. Pero si es serio, ¿por qué no habría de hacerlo? Está tratando de devolver a ese escritor a su auténtico lugar en la literatura norteamericana, y quiere que ella le ayude, que le cuente una historia que no perjudica a nadie. A nadie. Las personas involucradas murieron hace mucho tiempo.

ÉL

Tiene tres hijos vivos. ¿Qué me dices de ellos? ¿Te gustaría descubrir una cosa así de tu propio padre?

ELLA

Cuando tenía diecisiete años tuvo una aventura con su hermanastra… él era más joven, tenía catorce años cuando empezó. En todo caso, él era el inocente, era el niño menor. No hay nada vergonzoso en eso.

ÉL

Qué generosa eres. ¿Crees que tus padres serían tan generosos cuando leyeran acerca de la juventud de Lonoff?

ELLA

El martes mis padres votaron por George Bush. Así que la respuesta es que no. (Riendo.) Si escribieras para conseguir su aprobación, nunca lograrías publicar nada que resultara de su agrado. Si dependiera de ellos, ninguno de tus libros se habría publicado, amigo mío.

ÉL

¿Y qué me dices de ti? So descubrieras esto acerca de tu padre, ¿sería de tu agrado?

ELLA

No sería fácil.

ÉL

¿Tienes una tía?

ELLA

No tengo una tía, pero tengo un hermano. No tengo hijos, pero en caso de que los tuviera, si hubiera ocurrido una cosa así entre mi hermano y yo, no es algo que quisiera que mis hijos supiesen. Pero creo que hay ciertas cosas que son más importantes que…

ÉL

Por favor. El arte no.

ELLA

¿Para qué has renunciado entonces a tu vida?

ÉL

No sabía que estaba renunciando a ella. Hice lo que hice, y no lo sabía. ¿Comprendes lo que hará la prensa con esto? ¿Comprendes lo que harán los críticos? Esto no tiene nada que ver con el arte, y todavía menos con la verdad, ni siquiera con entender la transgresión. Se trata solo de producir una agradable excitación. Si Lonoff viviera, lamentaría haber escrito una sola palabra.

ELLA

Está muerto. No lo lamentará.

ÉL

Le calumniarán. Los mojigatos moralistas. Las feministas gruñonas, la repugnante superioridad de los piojos de la literatura le calumniarán rencorosamente sin ninguna razón. Muchos críticos que son buenas personas considerarán lo que hizo un gran delito sexual. ¿De qué te estás riendo ahora?

ELLA

De tu condescendencia. ¿Crees que de no haber sido por las “feministas gruñonas” habría considerado siquiera la posibilidad de ir a tu hotel dentro de veinte minutos? ¿Crees que una chica educada como yo tendría los redaños para hacer semejante cosa? De modo que estás cosechando los beneficios de las elecciones y de las feministas. George Bush y Betty Friedan. (Hablando con dureza, de repente, como la chica de un gángster en una película.) Escucha, ¿quieres que vaya… es eso lo que quieres? ¿O quieres hablar de Richard Kliman por teléfono?

ÉL

No te creo. No creo lo que dices de Kliman. Eso es todo lo que digo.

ELLA

Pues muy bien. ¿Importa eso para nuestras dos horas juntos? Puedes creerme o no, y si no me crees y no quieres que vaya, me parece bien. Si no me crees y quieres que vaya, me parece bien. Si me crees y quieres que vaya, lo mismo te digo. Dime qué quieres.

ÉL

¿Las mujeres de treinta años en estos tiempos sois todas tan dueñas de vosotras mismas, o solo lo hacéis el tiempo necesario para sostener vuestra actuación?

ELLA

Ni una cosa ni la otra.

ÉL

Entonces, ¿solo sucede con las mujeres de treinta años con aspiraciones literarias?

ELLA

No.

ÉL

¿Con las mujeres de treinta años criadas en familias de Houston, que se enriquecieron con el petróleo? ¿Con las mujeres jóvenes superprivilegiadas?

ELLA

No, sucede conmigo. Es conmigo con quien estás hablando.

ÉL

Te adoro.

ELLA

No me conoces.

ÉL

Te adoro.

ELLA

Estás locamente atraído por mí.

ÉL

Te adoro.

ELLA

No me adoras. No puedes. Eso es imposible. Las palabras carecen de significado. Me das la impresión de ser un hombre que andaba buscando una aventura pero no lo sabía. Tú, que desdeñaste toda experiencia durante once años, que te cerraste en banda a todo lo que no fuera escribir y pensar, tú, que te pasabas la existencia en zapatillas, no tenías ni idea. Y solo cuando él se encuentra de nuevo en la gran ciudad, descubre que quiere volver a la vida y que la única manera de hacerlo es sin razonar, sin considerar… en fin, abandonándose a un impulso totalmente irrazonable. Estoy hablando con una persona sometida a una disciplina casi inhumana, un ser racional que ha perdido todo sentido de la proporción y ha entrado en un círculo desesperado de deseos irrazonables. No obstante, en eso consiste vivir, ¿no es cierto? En eso consiste fraguar una vida. Sabes que tu razón puede volver a imponerse en cualquier momento… y si lo hace, ahí está la vida y la inestabilidad. El otro posible motivo por el que podrías haber pensado que me adoras es que en estos momentos eres un escritor sin un libro entre manos. Empieza otro libro, sumérgete en él, y veremos cuánto adoras a Jamie Logan. De todas maneras, iré a verte.

ÉL

Que accedas a venir a mi hotel me hace pensar que tú misma estás en serios apuros. Momentos impetuosos. Este es el tuyo.

ELLA

Momentos impetuosos que conducen a encuentros impetuosos. Momentos impetuosos que conducen a elecciones peligrosas. No querrás recordarme eso con demasiada vehemencia.

ÉL

Creo que puedo confiar en que tú misma lo recuerdes durante el trayecto en taxi hasta aquí.

ELLA

Bueno, ya te he dicho que te estás aprovechando del resultado de las elecciones. De modo que sí, tienes razón.

ÉL

Estás cruzando la línea de sombra de Conrad, primero desde la infancia a la madurez, y luego desde la madurez a otra cosa.

ELLA

A la locura. Estaré ahí dentro de un rato.

ÉL

Estupendo. Date prisa. A la locura. Fuera la ropa y chapuzón en los bayous. (Cuelga el teléfono.) En el agua de color chocolate con leche llena de árboles viejos y muertos.

(Así, con solo un momento más de locura por su parte, un momento de loca excitación, lo mete todo en su maleta, excepto el manuscrito sin leer y los libros usados de Lonoff, y se marcha tan rápido como puede. ¿Cómo no va a hacerlo [algo que le gusta decirse]? Se desintegra. Ella está en camino y él se marcha. Se va para siempre.)

FIN
Nota: 10

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Ilustración de Joe Ciardiello para The New York Times
Sale el espectro
Philip Roth



Defensa cerrada - Petros Márkaris

6 02 2008

[páginas 436-439]
-¿Por qué mataste a tu madre?

-Cuando fui a hablar con ella, me dio con la puerta en las narices -grita encolerizado-, y a nuestras espaldas llegaba a amables acuerdos con mi padre. Se supone que nos abandonó porque no lo soportaba, y luego hacía negocios con él.

El odio y el dolor se hallan tan hondamente enraizados en su alma que resulta absurdo intentar explicarle que los acontecimientos no se desarrollaron así precisamente.

-¿Fuiste tú quien dejó el pagaré en el buzón de Karamitris?

-Sí. Por casualidad encontré varios pagarés en la mesilla de noche de mi padre y por la firma supe de quién eran. -Se ríe a carcajadas-. El mismo truco que empleé con el otro -añade orgulloso-. Ambos picaron el anzuelo. Envié las dos fotografías a mi padre y luego le llamé por teléfono para decirle que había llegado el momento de cobrar el dinero que me debía desde hacía tantos años. Me invitó a casa pero no acepté. Le dije que no confiaba en él y que prefería que nos encontrásemos frente al club. El muy imbécil cayó en la trampa, como mi madre también. La llamé por teléfono en cuanto su marido salió de casa. Cuando le dijo quién era y le exigí que nos viéramos si quería recuperar el otro pagaré, aceptó en seguida. -Su expresión se torna salvaje-. ¿Has entendido? -chilla-. Yo era un niño de doce años. Emprendí todo un viaje para ir a verla y ella me rechazó. En cambio, cuando le hablé de dinero no tardó ni un segundo en acudir a mí.

-¿Dónde encontraste las fotografías?

-Eran de mi hermana. Las hizo para recordar la tumba de su amado.

No las hizo por eso sino porque pensaba utilizarlas más tarde. Es el único punto débil de su plan que, aun así, no la compromete demasiado. Siempre le queda el recurso de alegar que no fue ella quien entregó las fotografías a Makis, sino que él las encontró y se las llevó.

-¿Qué has hecho con la peluca?

-Está por aquí, ya la encontraréis.

_¿Y el arma?

-Ya te contaré. Todo requiere su tiempo.

Cuando voy a insistir para quitarle la pistola, de pronto se me ocurre otra idea. ¡Qué error cometí al deducir que el ex ministro estaba con Kalia en el momento de su muerte! No era él.

-¿Y Kalia? -pregunto-. ¿Por qué te la cargaste?

Cambia de actitud y evita mi mirada.

-Eso sí fue una pena. Lo lamento -dice con un suspiro profundo-. Hace tiempo Kalia y yo salíamos. Ella me enseñó qué debía hacer para respirar, olvidar, estar en otra parte. Mi padre se enteró y la amenazó con echarla del club y cerrarle todas las puertas para que no encontrara otro trabajo. Ella tuvo miedo y cortó nuestra relación. Cuando recibió las fotos y la llamada, mi padre le pidió que hablara conmigo pero ella se negó. A pesar de ello, me llamó por teléfono y me lo contó todo.

Ése era el tema de la conversación que mantuvieron Kustas y Kalia la noche en que la mataron: no la amenazaba con despedirla, eso ya lo había hecho con anterioridad. Le pedía que intercediera con Makis.

-Cuando vi que la interrogabas en su camerino, me acojoné -prosigue Makis-. Los yonkis no somos muy fuertes cuando nos presionan, lo confesamos todo. Así pues, dejé pasar un par de noches y me acerqué a ella para pedirle que siguiéramos viéndonos, puesto que mi padre ya no nos lo impedía. Se alegró mucho y en nuestra segunda cita, me llevó a su casa.

Se detiene, levanta los ojos y me mira.

-Me quería ¿sabes? -dice como si le extrañara que alguien sintiera amor por él-. Tenía una foto mía junto al televisor. -Piensa un poco-. Aunque también es posible que la colocara allí sólo para que yo la viera y me emocionara. Con un drogadicto nunca se sabe. Hicimos el amor y después preparé el chute. El primero para ella.

Vuelve a interrumpirse y su mirada se pierde en lejanías invisibles.

-No se enteró de nada. Murió en mis brazos, como un pajarito -concluye.

En este momento aparece Élena Kusta con una abultada bolsa de viaje en la mano derecha. La deja en el suelo, a mi lado y mira a Makis con los ojos llenos de lágrimas.

-Makis, quiero que sepas que yo siempre te he querido -susurra-. Pase lo que pase a partir de ahora, siempre me tendrás a tu lado.

Makis la observa en silencio. De repente, con un gesto brusco, desliza la mano por debajo de la cazadora y saca la pistola. Se pone de pie de un salto y se vuelve hacia mí.

-¿No preguntabas por la pistola? ¡Aquí la tienes! -grita y apunta a Élena Kusta-. Tú serás la última -dice-. Cuando te mate, habré terminado. -Se percata de que Dermitzakis intenta apartarse de la puerta -. Quieto, poli -grita-. Quieto, que te la estás buscando.

Aprovecho su distracción para ponerme en pie.

-Deja el arma, Makis -le indico con toda la tranquilidad de la que soy capaz- Sería absurdo que cometieras otro asesinato.

Me observa sin dejar de apuntar a Élena Kusta.

-Quédate donde estás -ordena-. Acabaré lo que he empezado, después te entregaré el arma e iré con vosotros. Firmaré lo que queráis, no os daré trabajo.

Miro a Élena Kusta, que contempla a Makis con una sonrisa triste y serena. Dios, a Élena no. Ya ha matado a su padre, a su madre y a su amante. A Élena, no. Es la única que no debe morir. Me sorprendo al comprobar que, a pesar de todos los asesinatos a los que me enfrento a diario, hay muertes que todavía me conmueven.

La mano de Makis ha empezado a temblar. Avanzo un paso hacia la izquierda para interponerme entre él y Élena Kusta. Oigo el disparo y, al mismo tiempo, siento un impacto en el pecho que me obliga a trastabillar hacia atrás. Veo que Dermitzakis arremete contra Makis. Después…

FIN
(Nota: 2. Tediosa como un atasco en Atenas)

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Petro Márkaris en Gijón 
Petros Márkaris
Defensa cerrada
Ediciones B, 2006



Londres - Henry James

31 01 2008

LONDRES EN TEMPORADA BAJA
[páginas 197- 202]

Daría una impresión muy falsa de la hora actual en Londres si dejara de decir que durante los últimos tres días los periódicos han traído algo que se diferencia mucho de las habituales quejas sobre las lámparas que tienen goteras en los vagones de ferrocarril o sobre el uso de botas claveteadas, de noche, por los pasillos de los hoteles de Suiza. Un terrible accidente tuvo lugar el día 3 del corriente en el Támesis, un accidente que ha venido a añadir una peculiar melancolía a la sobriedad que en este momento reina en Londres. Un pequeño barco de vapor que llevaba demasiados pasajeros, a su regreso de una excursión a Gravesend fue embestido por una gran barcaza de transporte de carbón y se hundió en un visto y no visto con setecientas personas a bordo. Esta enorme calamidad, cómo no, es conocida desde hace tiempo en Norteamérica, de modo que ahorraré al lector los espeluznantes detalles en que suelen abundar los voluminosos reportajes que aquí se han publicado. La colisión se produjo a escasa distancia de Woolwich, poco más arriba, y según los últimos cómputos parece ser que han perecido seiscientas personas. En varios momentos de desocupación yo mismo he hallado entretenimiento en uno de esos vapores baratos, y puedo asegurar que tengo bastante familiaridad con ese trecho crepuscular del Támesis que se halla comprendido entre Londres y Woolwich. El londinense de adopción al que poco antes me refería suele sentir curiosidad por sondear las profundidades de las diversiones metropolitanas, y es sabido que dejándose guiar por ese sentimiento ha extendido sus indagaciones incluso hasta Gravesend, una localidad costera muy venida a menos, a pesar de que sigue recibiendo visitantes en abundancia, que ahora durante algún tiempo quedará asociado al terrible desastre de hace tan sólo cuatro días. El paisaje que desde el Támesis se disfruta entre Londres y Gravesend es cualquier cosa menos hermoso, aunque a mí siempre me ha parecido que posee un aire pintoresco en su sordidez. Encontré esparcimiento visual en las orillas crepusculares, irregulares, que parecían mendigar que alguien la pusiera en un grabado cuanto antes, y en la anchura del río enturbiado y poblado por embarcaciones de todo tipo, que se desplazaban despacio y casi parecían clavadas en el agua, como si el caudal fuera de un pegamento líquido. El paraje parecía lúgubre y deprimente, pero nunca con tintes trágicos, tal como los participantes en una excursión a Gravesend nunca parecen actores de una tragedia.

Hablo de ese conjunto de personas a partir de la observación, pues cierto domingo caluroso de hace ya algún tiempo me encontré en medio de uno muy semejante. En parte por ser un extranjero amigo de formular preguntas, en parte por ser víctima de un error de concepción sobre las atracciones que pudiera ofrecer Gravesend, fui a este lugar en tren a tomar el aire. Tras tomar el aire en una cantidad que me pareció gratificante, regresé a Londres en medio de un concurrido paisaje en un barco de muy pequeñas dimensiones, posiblemente en el mismo vapor en pésimo estado que se hizo trizas el otro día al contacto con otra embarcación. En la medida en que mi expedición pudiera servir de estudio sobre los modales del populacho británico fue sin duda todo un éxito, y los objetos de ese estudio han permanecido vívidamente impresos en mi memoria. Gravesend si acaso puede describirse mediante una expresión que tomo en préstamo del vocabulario femenino: es simplemente demasiado espantoso. Se trata de un lugar extremadamente sucio, desangelado, ingeniosamente vulgar, muy próximo al río, cuya orilla tiene por adorno una hilera de pequeños comercios que son a medias casita de campo y a medias tenducho, dedicados al tráfico de gambas y de té. Las puertas de estos merenderos las adornan terribles camareras, muy robustas, muy recias, de intensa coloración y vozarrones sonoros, que salen al paso del caminante con la tetera en la mano y, vociferando en sus oídos determinadas fórmulas del lugar, casi lo introducen a empellones en sus nada apetitosas salas con ventana. A espaldas de la localidad se encuentra un lugar de esparcimiento conocido con el nombre de Rosherville Gardens, en donde existen otros establecimientos semejantes a los que acabo de describir, junto con otros cien en forma de rocas labradas y estatuas de yeso y grutas pintorescas. El populacho británico, a su regreso de lo que los anuncios llaman “un día feliz” en Rosherville, me llamó la atención, a bordo del vapor, de un modo no tan favorable como cabría haber deseado un londinense de adopción. Durante un par de horas no tuve otra cosa que hacer, al margen de ir sentado sobre el cajón de los remos observando al gentío. Poco encanto vi en el espectáculo. Los “lugareños” de determinados países del extranjero, de un modo notable en Francia y en Italia, son decididamente un espectáculo más remunerador que la clase adinerada. A uno le parece que posean más de la mitad de la vivacidad, más de la mitad de la originalidad que pueda tener la nación. Aquí, mucho distaba ése de ser el caso. Hay algo particularmente áspero y oscuro en una muchedumbre compuesta por ingleses, algo que no redime del todo ni siquiera su buen natural, y que considero que procede en gran medida de la ausencia del aire de buen gusto y del evidente despilfarro que se percibe en las mujeres. Desconozco, sin embargo, si esta reflexión es pertinente en el caso del horrible desastre que se produjo el pasado martes, y que ha dado durante toda la semana a la orilla, en el trecho de Woolwich, el aspecto de un osario. Con el lastre de todas sus imperfecciones, un grupo muy numeroso de londinenses de a pie se ahogó de manera cruel. Se llevará a cabo una investigación pública y habrá todavía no pocos reportajes sensacionalistas en la prensa, y al cabo todo el episodio habrá desaparecido hundiéndose bajo la superficie, tal como se hundió el barco entero con todos sus excursionistas a bordo. Entretanto, la caza del urogallo y la destrucción de los faisanes y las perdices seguirán a su ritmo. Buen número de ingleses se concentran ahora en ese pasatiempo, y en la gran quietud que se ha apoderado de Londres prácticamente se alcanzan a oír las detonaciones que abaten a las aves de caza en los páramos del norte, en los mismos alrededores de la ciudad. Buen número de legisladores oye a diario ese sonido delicioso; algunos más oyen la música aún más melodiosa de sus propias voces. El Times contiene una sección dedicada habitualmente al parlamento, aunque se encuentren las sesiones en época de descanso, en la que últimamente ha publicado varios discursos de longitud considerable, pronunciados por honorables miembros ante sus votantes. Por el momento, la mentalidad del público -o, en cualquier caso, la mentalidad privad