[páginas 286-288]
Me gasté el billete en una tienda de ropa usada y elegí un traje a rayas como el que llevaba Bogart en El halcón maltés. Los pantalones me quedaban demasiado cortos y la chaqueta demasiado estrecha, pero el efecto general era bueno. Me afeité en seco en los lavabos de hombre de una gasolinera y robé a un niño que vendía flores los narcisos que le quedaban.
Pom, pom, pom, llamé a la puerta de una pequeña cabaña de adobe; bum, bum, bum, mientras mi corazón sobreexcitado martilleaba el ritmo de una big band. La puerta se abrió y casi grité.
Los cuatro años transcurridos desde que había visto a Lorna por última vez le habían dejado sesenta mil kilómetros en el rostro. Estaba agrio de sol, con costuras, fosos y escamas, y sus surcos de la risa se habían convertido en surcos de enfurruñamiento más hondos que la falla de San Andrés. El cuerpo que antaño fuera voluptuoso, enfundado en satén blanco, iba ahora cubierto por un sucio sarape de criada mexicana. Desde los lugares más recónditos de lo que antes hubo entre nosotros, dragué un saludo.
-¿Qué pasa, nena?
Lorna sonrió, mostrando oro dental suficiente para financiar una revolución.
-¿No vas a preguntarme lo que ocurrió, Spade?
-¿Qué ocurrió, nena?
-Primero tu interpretación, Spade – suspiró Lorna-. Siento curiosidad.
-No fuiste capaz de aguantar. – Me alisé las solapas-. No pudiste soportar la vida peligrosa que yo llevaba. No pudiste soportar el riesgo, el romance, los dolores de cabeza y la vulnerabilidad inherentes a un caballero que recorría las malas calles como yo. Reconócelo, nena. Yo era demasiado hombre para ti.
Lorna sonrió y aparecieron más grietas en el mapa en relieve de su cara.
-Tus efectos teatrales me dejaban más exhausta que los míos propios. Entré en un convento de monjas mexicanas, me bronceé al sol y se me estropeó la piel, empecé a escribir música de nuevo y encontré a un hombre de la tierra, Pedro, mi marido. Hago tortillas, lavo la ropa en el río y la pongo a secar encima de las piedras. A veces, si Pedro y yo necesitamos más pasta, preparo margaritas en el bar Blue Fox. Es una vida sencilla y buena.
-Pero Maggie me dijo que querías verme -saqué el as que me tenía reservado- “una vez más”, como si…
-Sí, como en las películas. Es así. Vendí “Prison of Love” a unas tres docenas de cantantes de bistró que la hacen pasar por propia. Está registrada en la Sociedad de Autores bajo treinta y cinco títulos como mínimo y yo le he sacado unos buenos cinco de los grandes. Y bien, esa canción la escribí para ti en nuestros días de jóvenes inexpertos y, en nombre de lo que hubo entre nosotros durante dos segundos, te ofrezco el diez por ciento. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me inspiró esa maldita cosa.
Me apoyé en el umbral, exhausto tras cuatro años de arder y tres días de matanzas y pandemónium.
-Me matas, nena.
Lorna se acercó a un armario y volvió con un fajo de billetes yankis. Le guiñé un ojo, me guardé el dinero, volví a la calle y entré en una cantina. El interior estaba oscuro y fresco. Unas monadas mexicanas bailaban desnudas encima de la barra. Pedí una botella de tequila, le pegué un trago y eché monedas a la gramola para todas las piezas con vocalistas femeninas. Cuando la priva me hizo efecto y empezó la música, contemplé los chochos desnudos que giraban y traté de obsesionarme.
FIN
Nota: 9. Ellroy me mata.
Mickey Cohen y acompañante
Más información sobre la rubia aquí, aquí y en youtube
NOCHES EN HOLLYWOOD
James Ellroy
Traducción: Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí
Ediciones B
288 páginas
Índice
Venido del pasado
El blus de Dick Contino
Negrolandia Rica
Marque Axminster 6-400
Desde la ausencia
El momio
La prisión del amor
[página 169]
-Puedes llevar un perro a la salsa, pero no puedes obligarlo a que la lama.











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