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EL ALQUIMISTA Y OTROS RELATOS – H. P. Lovecraft

29 Diciembre, 2009

[páginas 123-126]

Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephäis y sus galeras que bogan hasta Serannian a través de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existencia. Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kurantes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. Kuranes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephäis salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephäis para llevarlo allí para siempre.

Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan sólo veían las casas  y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vio durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo sólo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de relucientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para desvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephäis y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.

Y Kurantes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephäis y Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente simple disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

FIN

Nota: 4. Ya es definitivo: Howard Phillips y yo no nos entendemos.

Ilustración de Antonio José Caparó

Ilustración de Antonio José Caparó

ÍNDICE

El Alquimista

Dagón

Más allá del muro del sueño

Polaris

El caos reptante

Hechos tocante al difunto Arthur Jermyn y su familia

La tumba

El alquimista y otros relatos

H. P. LOVECRAFT

Traducción: José A. Álvaro Garrido

El País. Maestros del terror

126 páginas

Comentario en el blog Edicióndebolsillo

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EL FINAL DEL DESFILE – Ford Madox Ford

22 Diciembre, 2009

[páginas 997-999]

Maldito sudor. Aquel condenado cosquilleo podría hacerle sonreír y se delataría. Sin embargo, le gustaría que Marie Léonie fuese a casa de los Fittleworth. Marie Léoni le dijo algo a Fittleworth. “¡Claro, claro, a sus pies!”, respondió Fittleworth. Maldita sea, era cierto que parecía un mono, como decía la gente… Aunque si los monos de los que descendía era tan apuestos… Probablemente tendría las piernas bonitas… ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies de quienes traen buenas noticias a Sión…!”

Fittleworth añadió con voz seria y clara que su cuñada, Sylvia, le rogaba a Mark que comprendiese que ella no había enviado allí aquel rebaño de idiotas. Sylvia también decía que se divorciaría del hermano de Mark y disolvería su matrimonio con la sanción de Roma… De modo que no tardarían en ser una familia feliz… Cualquier cosa que pudiera hacer Cammie… Dados los inolvidables servicios que había prestado Mark al país…

Cuyo nombre lo escribieron… ¡así sea, y que tu siervo… se divorcie en paz!

Marie Léonie le rogó a Fittleworth que se retirase ahora. Fittleworth dijo que lo haría, ¡aunque nadie se muere de alegría! ¡Adiós…, viejo amigo! ¡En cuantos clubes habían estado juntos…!

Sin embargo ahora se iba un club mucho mejor que… Su respiración se hizo un poco fatigosa… Oscureció y de pronto volvió a haber luz.

Christopher estaba al pie de su cama. Sujetaba una bicicleta y un trozo de madera. Madera aromática, un tronco serrado de un árbol. Estaba pálido y tenía los ojos saltones. Dos guijarros azules. Se quedó mirando a su hermano y dijo:

-La mitad de la pared de Groby se ha caído. Tu dormitorio está destrozado. Encontré tu vitrina de aves marinas en un montón de escombros.

¡De modo que sus servicios eran inolvidables!

Valentine estaba allí, jadeando como si hubiera llegado corriendo. Le gritó a Christopher:

-Te dejaste los grabados de lady Robinson en la jarra que le diste a Hudnut el marchante. ¿Cómo pudiste? ¡Oh!, ¿cómo pudiste? ¿Cómo vamos a dar de comer y a vestir a un bebé si sigues haciendo esas cosas?

Él le dio la vuelta a la bicicleta con aire cansado. Se notaba que estaba exhausto, pobre diablo. Mark estuvo a punto de decir: “¡Déjalo tranquilo, el pobre diablo está exhausto!”.

Pesadamente, como un bulldog desanimado, Christopher se dirigió hacia la puerta. Mientras subía por el sendero al otro lado del seto, Valentine empezó a sollozar: “¿Cómo vamos a vivir? ¿Cómo vamos a vivir?”.

“Ahora si que no me queda más remedio que hablar”, pensó Mark.

Dijo:

-¿Os he contado lo del tipo de Yorkshire… En el monte Ara… Ara…? -Llevaba mucho tiempo sin hablar. Era como si tuviera la boca llena de estopa, y la lengua de trapo. Estaba oscureciendo. Exclamó-: Acerca el oído a mi boca… -¡A ella se le escapó un grito! Mark susurró:

Era medianoche, los niños lloraban

y la madre en la tumba los oía.

“Es una vieja canción. Me la cantaba mi niñera… Nunca hagas que tu bebé llore por tener la lengua demasiado afilada con tu marido… ¡Es una buena persona…! El gran árbol de Groby ha caído… -Añadió-: ¡Dame la mano!

Ella metió la mano por debajo de la sábana y su mano caliente sujetó la de ella. Luego la soltó.

Valentine estuvo a punto de llamar a Marie Léonie.

El médico, alto, rubio y respetado, entró por la puerta.

Ella exclamó:

-Acaba de hablar… Ha sido una tarde espantosa… Ahora me temo que… Me temo que esté…

El médico, inclinándose, le cogió la mano por debajo de la sábana.

Dijo:

-Vuelva a la cama… Ahora mismo iré a examinarla…

Valentine respondió:

-Tal vez sea mejor no decirle a lady Tietjens que habló… Le habría gustado que sus últimas palabras fuesen para ella… Pero no las necesitaba tanto como yo.

FIN

Nota: 9,87. Apabullante.

Foto: Corvis. 1930s

FORD MADOX FORD Foto: Corvis. 1930s

EL FINAL DEL DESFILE

Ford Madox Ford

Traducción de Miguel Temprano García

Lumen

1ª edición: enero de 2009

James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford and John Quinn.

James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford and John Quinn.

[página 424]

Tal como él lo veía, los ingleses de buena posición consideran que la base de toda unión o desunión marital es la máxima: “nada de escenas”. Obviamente, en lo que se refiere al servicio…, que viene a ser lo mismo que el público. Así que nada de escenas para el público. Y desde luego, en su caso, el instinto por la intimidad -respecto a sus relaciones, sus pasiones e incluso sus motivos más triviales- era tan fuerte como el instinto de seguir viviendo. Preferiría, literalmente, estar muerto a ser un libro abierto.

[página 483]

Para entonces Sylvia estaba harta de los hombres, o creía estarlo, pues no podía estar segura teniendo en cuenta cómo veía correr a las mujeres a su alrededor tras individuos totalmente impresentables. En cualquier caso, los hombres nunca cumplían con las expectativas. Al conocerlos podían resultar más divertidos de lo que parecían, pero casi siempre era como leer un libro que no recordabas haber leído. No llevaba una ni diez minutos tratándolos con cierta intimidad, cuando de pronto decía: “Pero eso ya lo he leído antes…”. Conocía una el principio, se aburría a la mitad, y, sobre todo, se sabía el final…

Primeras páginas en PDF

Reseña en La Revelación

Comentario en el blog Libros morrocotudos

Reseña en El País

comentario en el blog Los pies del gato

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ORGULLO Y PREJUICIO Y ZOMBIS – Jane Austen y Seth Graham-Smith

17 Diciembre, 2009

[páginas 374-377]

QUERIDA LIZZY:

Mi más sincera enhorabuena. Si amas al señor Darcy la mitad de lo que yo amo a mi querido Wickham, que está cojo, debes de ser muy feliz. Es un gran alivio saber que eres tan rica, y cuando no tengas otra cosa que hacer, espero que te acuerdes de nosotros. Me consta que a Wickham le complacería que le concediesen una parroquia cuando termine en el seminario, y no creo que tengamos el dinero suficiente para subsistir sin ayuda de alguien. Nos conformaríamos con cualquier parroquia, que nos rindiera unas trescientas o cuatrocientas libras al año. Pero si prefieres no hacerlo, no le digas nada al señor Darcy. Debo dejarte, pues mi amado esposo acaba de ensuciarse de nuevo.

TU HERMANA QUE TE QUIERE, ETCÉTERA

En su respuesta, Elizabeth trató de poner fin a todas esas peticiones y expectativas. No obstante, procuraba ayudarles en la medida en que podía, enviándoles con frecuencia ropa de cama y carne salada. Siempre había comprendido que con la renta de que disponían, controlada por dos personas tan manirrotas como Lydia y Wickham, los cuales o pensaban en el futuro, apenas debían poder subsistir;  y cuando los estudios de Wickham requerían la adquisición de un nuevo himnario para cojos, o un facistol para inválidos, o un altar para lisiados. Lydia se apresuraba a pedir a Jane o a Elizabeth que les ayudaran a pagar las facturas.

Aunque Darcy siempre se negó a recibir a Wickham en Pemberley, para complacer a Elizabeth le ayudaba en su profesión. Lydia iba a verlos de vez en cuando, cuando su marido iba a prestar sus servicios en los asilos de Londres. Ambos solían visitar a los Bingley y alojarse en su casa con tanta frecuencia, que hasta el buen humor de Bingley era duramente puesto a prueba y pedía a Jane que les insinuara que debían marcharse.

La señorita Bingley se sintió profundamente humillada por la boda de Darcy; pero como creyó oportuno conservar el derecho de visitarlos en Pemberley, dejó de lado su resentimiento. Manifestaba un gran cariño por Georgiana, se mostraba tan atenta con Darcy como de costumbre, y se comportaba con Elizabeth con extremada cortesía.

Pemberley era ahora el hogar de Georgina; y el cariño de las dos hermanas era tal como había confiado Darcy. Se querían tanto como se habían propuesto. Georgiana tenía el más alto concepto de Elizabeth; aunque al principio escuchaba con un asombro rayano en la turbación la forma espontánea y vivaz con que se dirigía a su hermano, horrorizada al oírla hablar de haber arrancado los corazones de un sinfín de enemigos. Gracias a la instrucción de Elizabeth, Georgina se convirtió en una magnífica guerrera, pues aparte de perfeccionar su manejo del mosquete y la espada, empezó también a comprender que una mujer puede tomarse ciertas libertades con su marido que un hermano no siempre tolerará en una hermana diez años menor que él.

Lady Catherine se mostró profundamente indignada por la boda de su sobrino, y su respuesta a la carta comunicándole los esponsales no fue en forma de una nota, sino de un ataque contra Pemberley a manos de quince de los ninjas de su señoría. Durante algún tiempo, a raíz de ese episodio, toda relación entre ellos cesó. Por fin, Elizabeth logró convencer a Darcy de que se reconciliara con su tía; y al cabo de un tiempo, ésta dejó de resistirse a lo inevitable y su rencor dio paso bien al afecto que sentía por su sobrino, bien a su curiosidad por ver cómo se comportaba su esposa. El caso es que accedió a ir a verlos a Pemberley, pese a a contaminación que invadía el bosque, no sólo por la presencia de su nueva ama y señora, sino por las visitas de los tíos de Elizabeth, con quienes ésta y Darcy mantenían una estrecha amistad.

Como tantos otros pretendidos remedios, el suero de su señoría demostró ser ineficaz, pues aunque minimizaba los efectos de la extraña plaga, era incapaz de curarlos. Inglaterra seguía a la sombra de Satanás. Los muertos seguían saliendo de las criptas y los ataúdes, para devorar los sesos de los ingleses. Las victorias eran celebradas; las derrotas, lamentadas. Y tres de las hermanas Bennet -seguidoras de su majestad, protectoras de Hertfordshire, garantes de los secretos del templo de Shaolin y novias de la muerte-, estaban casadas con unos hombres de carne y hueso, habiendo depuesto sus espadas en aras de esa fuerza más potente que cualquier guerrero.

FIN

NOTA: Da miedo lo mala que es. 0,1 (por la portada).

ORGULLO Y PREJUICIO Y ZOMBIS

Jane Austen y Seth Graham-Smith

Traducción: Camila Batlles Vin

Umbriel

«Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros»

La página web de esta cosa

Leer el primer capítulo de esta cosa

Y no piensan parar:

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CUENTOS CALIFORNIANOS – Bret Harte

15 Diciembre, 2009

[páginas 103-105]

Se había levantado y había cogido la mano de la joven con la suya y había caído de rodillas frente a ella.

-Tengo suficiente dinero y es todo para usted y para él. Llévelo a una buena escuela, donde usted pueda ir a visitarle y ayudarle a olvidar a su madre. Haga lo que usted quiera. Lo peor que usted haga será pura amabilidad comparado con lo que aprendería conmigo. Aléjelo de esta vida perversa, de este cruel lugar, de este hogar de vergüenza y pesar. Lo hará ¿verdad? Sé que lo hará. Lo hará. No puede… No puede decir que no. Lo hará puro y dulce como usted. Y cuando haya crecido le dirá el hombre de su padre, un nombre que mis labios hace años que no pronuncian, el nombre de Alexander Morton, a quien todos llaman Sandy. Señorita Mary, ¡hábleme! ¿Se llevará a mi niño? No aparte su cara. Sé que no debería mirar la mía. Señorita Mary… ¡Oh Dios, ten compasión! Me deja…

La señorita Mary se había levantado y, a la luz del crepúsculo, se había acercado a la ventana. Se quedó allá, apoyada contra el marco, con la mirada fija en los últimos tonos rosados que iban apagándose en el cielo occidental. Un poco de esa luz seguía en su pura y joven frente, en el cuello blanco, en las blancas manos firmemente agarradas, pero iba debilitándose poco a poco. La suplicante se había arrastrado, aún de rodillas, hasta su lado.

Sé que necesita tiempo para pensárselo. Esperaré aquí toda la noche, pero no puedo irme hasta que no me hable. No me lo niegue. Lo hará. Lo veo en su dulce cara, una cara como la que veo en mis sueños. Lo veo en sus ojos, señorita Mary. Se llevará a mi hijo.

El último rayo rojo trepó a lo alto, tiñendo los ojos de la señorita Mary con parte de su gloria, titiló y desapareció. El sol se había puesto en Red Gulch. En medio del crepúsculo y el silencio, la voz de la señorita Mary sonó agradable.

-Me lo llevaré. Enviémelo esta noche.

La feliz madre levantó el borde de la falda de la profesora hasta sus labios. Podría haber hundido su cara ardiendo en sus vírgenes dobleces, pero no se atrevió. Se puso en pie.

-Ese hombre… ¿conoce sus intenciones? -preguntó la señorita Mary, de repente.

-No, ni le importan. Ni siquiera sabe que tiene un hijo.

-Vaya a verle de inmediato, esta noche, ahora. Dígale lo que ha hecho. Dígale que he adoptado a su hijo y dígale que nunca más, nunca más podrá ver a su hijo. Dondequiera que sea, nunca deberá venir. Adondequiera que me lo lleve, no deberá seguiré. Váyase ahora, por favor. Estoy cansada y todavía tengo mucho que hacer.

Caminaron juntas hasta la puerta. En el umbral la mujer se volvió.

-Buenas noches.

Habría caído a los pies de la señorita Mary, pero en aquel momento la joven alargó los brazos, alargó a la pecadora durante un breve momento, y luego cerró la puerta con llave.

*     *    *

Al día siguiente, Bill el blasfemo sintió una gran responsabilidad al tomar las riendas de la diligencia Slumgullion, porque uno de sus pasajeros era la profesora. Cuando entró en la carretera principal, obedeciendo las órdenes de la agradable voz del interior, se detuvo de repente y esperó respetuosamente a que Tommy bajara del carruaje obedeciendo una orden de la señorita Mary.

-Ese arbusto no, Tommy, el siguiente.

Tommy sacó su nueva navaja, cortó un ramillete de azaleas y regresó junto a la señorita Mary.

-¿Ya está?

-Ya está.

Y la puerta de la diligencia se cerró, dejando atrás el idilio de Red Gulch.

FIN

Nota: 7. Pese a alguna ingenuidad.

Bret Harte, Drawn by W.J. Linton

Bret Harte, Drawn by W.J. Linton

ÍNDICE

  • Espíritu de frontera, prólogo de Jorge Ordaz
  • La suerte de Roaring Camp
  • Los marginales de Poker Flat
  • Miggles
  • El socio de Tennessee
  • El idilio de Red Gulch

CUENTOS CALIFORNIANOS

Bret Harte

Traducción de Rebeca Bouvier

Prólogo de Jorge Ordaz

Navona

[página 43]

“-¡Póquer! -sentenció Oakhurst-. Cuando un hombre entra en racha, en verdadera racha, no se cansa. Es la suerte que cede antes. La suerte -continuó el jugador pensativamente-, es una cosa muy curiosa. Lo único que sabes con certeza es que cambiará. Y lo que te hace buen jugador es saber cuándo va a cambiar. “

Bret Harte en la Wikipedia

Reseña en el blog Solo de libros

Reseña en el blog Libros y viajes


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Piratas ¿Qué piratas? por Andrés Ibáñez

9 Diciembre, 2009

La Unión Europea acaba de aprobar una ley de acuerdo con la cual el gobierno podrá cortar la conexión a internet (previa sentencia judicial, ¡como si eso fuera un consuelo!) de aquellos usuarios que practiquen la piratería. Hace poco ha habido una manifestación en Madrid donde diversas personalidades del mundo de las artes protestaban ruidosamente contra la piratería y a favor de los derechos de autor.

Sé que mis tortugas, por ejemplo, se «piratean» libremente. Sé que hay blogueros que las copian y las cuelgan en sus blogs. No creo que esto sea una práctica pirata. Lo que sería extraño es que teniendo una máquina capaz de copiar y pegar textos con toda facilidad, nadie lo hiciera. O que estuviera prohibido hacerlo. La esencia de internet es precisamente eso que se llama «piratería». Cuando entro en una página x y copio un texto o guardo una foto en mi disco duro, ¿estoy pirateando? No, me dirán, porque esa foto o ese texto son de «libre acceso». Pero ¿por qué son «de libre acceso»? Una de las razones es que resulta muy difícil que no lo sean. Puedo hacer que los usuarios paguen por acceder a una información o a una foto, pero ni siquiera entonces podré evitar que copien la foto o el texto. Claro que hay sistemas que hacen incopiable lo que aparece en la pantalla.

Eliminar barreras. Dificultades, trampas, muros para evitar que el odioso cibernauta arramble con todo. ¿Para qué? ¿Qué se pretende salvaguardar? Esa misma imagen la podré conseguir en otro sitio. Y si me la «quitan», ¿qué me quitan? Internet es un sistema de almacenamiento y distribución de información, y su esencia es la copia. Es una red que pone en comunicación unos ordenadores con otros, y su razón de ser es, precisamente, la (libre) transmisión de información. Los llamados «piratas» lo único que hacen es utilizar una máquina que se vende en las tiendas. Esa máquina que hemos inventado hace esas cosas. Y esas cosas son útiles, proporcionan enormes cantidades de información a millones de personas, eliminan barreras, ponen todo el conocimiento del mundo en nuestras manos. ¿Quién puede creerse con derecho a impedirlo?

Es verdad que vivimos en una sociedad de ladrones. Todos sufrimos el robo, el saqueo continuo a que son sometidos nuestros bolsillos. Cada día nos despertamos ante la noticia de que tenemos que pagar por algo nuevo. Nos sacan la pasta como a unos benditos. Con hipotecas, con créditos rapiña, con impuestos, con multas, con tasas, con permisos, con nuevas medidas de seguridad, con revisiones, con tarifas de móvil, con contratos imposibles de rescindir, con promociones engañosas, con tarjetas de crédito de tasa mensual fija cuyos intereses suben al cincuenta por ciento.

Sociedad de esclavos. Uno se pregunta quién es capaz de pagar el precio de las cosas, y cómo podemos vivir con los sueldos que tenemos y los precios que tienen los productos. La respuesta es el endeudamiento constante, continuo, perverso. Somos una sociedad de esclavos que trabajan para pagar deudas y que contraen nuevas deudas para pagar sus anteriores deudas. Resulta bastante curioso acusar a estos esclavos de ser, ahora, fíjense bien, unos «piratas». Nadie puede ser esclavo y pirata a la vez. Por favor. Qué morro.

Antes no había piratería porque no existían las máquinas que existen hoy. ¿Por qué no prohibir internet directamente? ¿Por qué no prohibir los ordenadores personales o los nuevos soportes y regresar a la era del CD, o mejor aún, a la del incopiable disco de vinilo? Y ya puestos, ¿por qué no destruir las imprentas y convertir los libros en objetos únicos? Hoy todavía está prohibido hacer fotos en algunos museos. Deberían quitarnos los ojos, también, que tienen la capacidad de copiar lo que ven y guardarlo en la memoria. Y prohibirnos que hablemos unos con otros y nos contemos un libro o una película. Para no vulnerar los famosos «derechos de autor». Lo siento, no te puedo decir de qué trata 2012 porque no quiero vulnerar los derechos de autor del guionista. Si quieres enterarte, paga la entrada como Felipón.

Espero con nerviosismo el primer caso, la primera sentencia, la foto del primer pirata desterrado del paraíso de internet. Espero el momento en que todos los periódicos recojan la noticia de que a Agustín Ferrater Gómez, de Argamasilla de Alba, se le ha prohibido el acceso a internet por realizar descargas ilegales. Ojalá tal situación disparatada no llegue a producirse nunca.

Andrés Ibáñez

5 de diciembre de 2009

ABCD de las artes y las letras Número 927

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EL LÉMUR – Benjamin Black

24 Noviembre, 2009

[páginas 199-202]

-Basta -dijo Glass-. Quiero que me cuentes la verdad.

-Es lo que estoy haciendo. Te estoy contando la verdad… -se llevó la mano rápidamente al bolsillo del abrigo verde y extrajo algo compacto, oscuro, brillante, que depositó en la mesa, delante de él. Leyó con toda claridad el nombre del fabricante en el cañón corto y aflautado -. Ahí tienes -dijo ella-. ¡Ahí tienes, por si no me crees!

Él tomó la Beretta y la sopesó en la mano.

-¿De dónde has sacado esto?

Ella no dijo nada. El helicóptero había desaparecido. Con su ausencia, el silencio reinante en el despacho resultaba de pronto hueco. Él dejó el arma sobre la mesa, entre los dos.

-¿Cómo lo sabía? -preguntó.

-¿Quién? ¿El qué?

-David. ¿Cómo sabía lo de Riley? ¿Estaba contigo cuando llamó Riley? -cerró el puño y lo descargó de un golpe sobre la mesa, con lo que la pistola dio un brinco. -¿Estaba contigo, sí o no? -a ella, en ese momento le afloró a la cara algo que él nunca había visto: fue la expresión desolada, desvalida, perdida, que tendría cuando envejeciera. Ella miraba el arma sobre la mesa sin levantar los ojos, a la vez que asentía con languidez. Dijo algo, pero con voz tan queda que él no la oyó, y tuvo que pedirle que lo repitiera. Ella carraspeó.

-Tenía razón -dijo ella-. Lo hemos hecho todos nosotros, lo hemos hecho entre todos: tú, yo, todos nosotros. ¿Qué más dará quién apretase el gatillo?

-Importa, Lou -dijo él-. Dímelo.

Ella enterró las manos en los bolsillos del abrigo y encorvó los hombros recogiéndose en su cuerpo como si de pronto tuviera frío.

-Sí -dijo-. David estaba conmigo cuando llamó por teléfono Dylan Riley. Vio cómo me quedé cuando oí todo lo que quiso decirme Riley. Y él me obligó a decírselo. Dijo que se ocuparía de ir a hablar con Riley, que trataría de razonar con él, que le ofrecería dinero si fuera necesario. Yo no sabía… -extendió la mano como si fuese a tocarle, pero flaqueó y en cambio se sujetó al canto de la mesa-. Yo o sabía qué iba a hacer. Está muy perjudicado, John. Rubin lo trató de una manera espantosa, y luego tú lo has rechazado… Sí, lo has rechazado, no lo niegues ahora. Podrías haber intentado tomarle afecto. Podrías haber sido un padre para él.

Sus palabras se posaron con pesadez entre los dos, una penumbra más oscura, a la que no llegaría la luz de la lámpara.

-¿David estaba enterado de lo de Varriker? -preguntó Glass. Ella asintió-. ¿Cuándo se lo dijiste?

-Hace mucho tiempo. Supongo que no debería haberlo hecho. Pero pensé que tenía derecho a saber.

-Así que el balazo que le metió a Dylan Riley en todo el ojo fue un homenaje a su padre, ¿no?

-¡John, te digo que está muy perjudicado!

-Y eso es algo que también hemos hecho todos nosotros, ¿es eso lo que me estás diciendo? -miró el llamativo relumbre de la noche-. Bueno, ahora por lo menos al fin ya sé quién es el cabeza de turco que hay en la sala.

-¿Cómo?

-Nada. Es una cosa que me dijo alguien hace mucho tiempo.

Ella se puso en pie muy despacio, como su tuviese un dolor considerable.

-Me marcho -dijo-. Eres tú quien debe decidir qué hacer. Ya tienes… -rió un instante-. Ya tienes “la carnaza” que buscabas -le lanzó una mirada casi compasiva-. De ti depende, John -dijo-. Lo lamento, pero de ti depende.

FIN

Nota: 4. Preferimos a Banville.

[página 148]

Las mujeres ven en sus parejas a un hombre que nadie más acierta a ver.

EL LÉMUR

Benjamin Black

Traducción Miguel Martínez-Lage

Alfaguara

Leer el primer capítulo

El curioso caso de Benjamin Black en Letras Libres

Comentario en el blog Las vacaciones de Holden

John Connolly y Benjamin Black en bilbao.net [pdf]

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EL AMOR DE UNA MUJER GENEROSA – Alice Munro

18 Noviembre, 2009

[páginas 317-319]

Eso es lo que más recuerdo de mis visitas veraniegas a mis tías, cuando yo tenía seis o siete años. Me llevaban a la panadería a la hora extraña y normalmente prohibida de la medianoche y veía a Iona ponerse su gorro blanco y su delantal, sobando la gran masa blanca que cambiaba y burbujeaba como si estuviera viva. Luego cortaba las galletas y me daba de comer la masa sobrante, y en ocasiones especiales esculpía una tarta de boda. Qué grande y resplandeciente era aquella tahona, con la noche que llenaba cada una de sus ventanas. Metía el dedo en el cuenco del glaseado de la tarta de boda, aquel punzante, irresistible azúcar derretido.

Ailsa pensaba que no debía estar levantada hasta tan tarde ni comer tanto dulce. Pero no hacía nada para evitarlo. Decía que se preguntaba qué diría mi madre, como si fuese Jill quien mandara, y no ella. Ailsa tenía normas que no tenía por qué observar en mi casa -cuelga esa chaqueta, aclara el vaso antes de secarlo, o quedarán manchas-, pero nunca llegué a ver a la persona severa, censuradora que Jill recordaba.

Nunca mostraron señales de menosprecio hacia la música de Jill. Después de todo, con ella se ganaba la vida. Finalmente, Mendelssohn no la derrotó. Consiguió su título, se graduó en el conservatorio. Se cortó el pelo y adelgazó. Pudo alquilar un dúplex cerca de Hyde Park, en Toronto, y pagar a una mujer que me cuidara durante unas horas al día, gracias a su pensión de viudedad. Y más tarde encontró un trabajo en la orquesta de una radio. Su orgullo fue que en su vida laboral trabajó siempre como música, sin tener nunca que recurrir a la enseñanza. Decía que era consciente de que no era una gran violinista, de que no poseía un dono un destino maravilloso, pero sabía que al menos podía ganarse la vida haciendo lo que quería. Incluso después de casarse con mi padrastro, después de que nos fuéramos a vivir con él a Edmontn (era geólogo), siguió tocando en la orquesta sinfónica de allí. Siguió tocando hasta una semana antes de que nacieran mis hermanastras. Tenía suerte, decía, de que su marido nunca hubiera puesto reparos.

Iona tuvo un par de recaídas, la más grave cuando yo tenía unos doce años. La llevaron a Morrisville durante varias semanas. Creo que le dieron insulina; volvió gorda y locuaz. Volví de visita mientras ella estaba allí, y Jill vino conmigo, trayendo consigo a mi primera hermanita, que acababa de nacer. La conversación entre mi madre y Ailsa me hizo comprender que no hubiera sido aconsejable tener un bebé en la casa estando Iona; podría haberla “puesto en marcha”. No sé si el episodio que la envió a Morrisville tuvo algo que ver con algún bebé.

En aquella visita sentí que me quedaba aparte. Tanto Jill como Ailsa habían empezado a fumar y se quedaban hasta altas horas de la noche bebiendo café y fumando cigarrillos sentadas a la mesa de la cocina, haciendo tiempo hasta la una para la toma del bebé. (Mi madre amamantaba al bebé; me alegró saber que yo no había tomado aquellas comidas íntimas.) Recuerdo que una noche bajé la escalera enfurruñada porque no podía dormir; luego me volví parlanchina, llena de una atolondrada fanfarronería, tratando de interrumpir su conversación. Comprendí que hablaban de cosas que no querían yo escuchara. Inexplicablemente, se habían hecho buenas amigas.

Intenté coger un cigarrillo y mi madre dijo: “vamos, déjalos. Estamos hablando”. Ailsa me dijo que sacara algo de beber de la nevera, una coca-cola o un ginger-ale. Lo hice, pero en lugar de subir, salí afuera.

Me senté en el escalón trasero, pero inmediatamente bajaron la voz hasta tal punto que no conseguía entender sus suaves lamentos o consuelos. Así que paseé por el patio de atrás, más allá de la franja de luz que dejaba pasar la puerta mosquitera.

En la larga casa blanca, con sus esquinas de azulejo, vivía ahora gente nueva. Los Shantz se habían marchado a vivir a Florida. Enviaban naranjas a mis tías; Ailsa decía que aquellas naranjas conseguían que las que comprabas en Canadá te repugnaran. Los nuevos vecinos habían construido una piscina, que sobre todo utilizaban sus hijas -dos preciosas jovencitas que ni siquiera me miraban cuando nos cruzábamos por la calle- y las novios de éstas. Los arbustos habían crecido considerablemente entre el patio de mis tías y el de ellos, pero aun así podía verlos correr y empujarse alrededor de la piscina, sus alaridos, los chapuzones. Despreciaba sus payasadas porque me tomaba la vida en serio y tenía una idea mucho más elevada y noble del amor. Pero, de todas formas, me hubiera gustado atraer su atención. Me hubiera gustado que alguno de ellos viera mi pijama pálido moviéndose en la oscuridad y hubiera gritado de verdad, pensando que yo era un fantasma.

 

FIN

Nota: 9′75. Alice Munro lo sabe todo de nosotros.

 

ÍNDICE

  • El amor de una mujer generosa
  • Yakarta
  • La isla de Cortés
  • Salvo el segador
  • Las niñas se quedan
  • Asquerosamente rica
  • Antes del cambio
  • El sueño de mi madre

EL AMOR DE UNA MUJER GENEROSA

Alice Munro

Traducción: Javier Alfaya, José Hamad, Javier Alfaya McShane

RBA

 

[página 112]

“Y en cambio, saber de una persona que sí está viva, poder acercarse a su puerta y simplemente llamar, y dejar escapar la oportunidad…”

 

Cuento completo: “La isla de Cortés”

Comienzo del cuento “El amor de una mujer generosa”

Entrevista en La Vanguardia: “He escrito tantos años que ya no sé hacer nada más”

Crítica en El Cultural

 

 

 

 

 

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NOCHES EN HOLLYWOOD – James Ellroy

21 Julio, 2009

[páginas 286-288]

Me gasté el billete en una tienda de ropa usada y elegí un traje a rayas como el que llevaba Bogart en El halcón maltés. Los pantalones me quedaban demasiado cortos y la chaqueta demasiado estrecha, pero el efecto general era bueno. Me afeité en seco en los lavabos de hombre de una gasolinera y robé a un niño que vendía flores los narcisos que le quedaban.

Pom, pom, pom, llamé a la puerta de una pequeña cabaña de adobe; bum, bum, bum, mientras mi corazón sobreexcitado martilleaba el ritmo de una big band. La puerta se abrió y casi grité.

Los cuatro años transcurridos desde que había visto a Lorna por última vez le habían dejado sesenta mil kilómetros en el rostro. Estaba agrio de sol, con costuras, fosos y escamas, y sus surcos de la risa se habían convertido en surcos de enfurruñamiento más hondos que la falla de San Andrés. El cuerpo que antaño fuera voluptuoso, enfundado en satén blanco, iba ahora cubierto por un sucio sarape de criada mexicana. Desde los lugares más recónditos de lo que antes hubo entre nosotros, dragué un saludo.

-¿Qué pasa, nena?

Lorna sonrió, mostrando oro dental suficiente para financiar una revolución.

-¿No vas a preguntarme lo que ocurrió, Spade?

-¿Qué ocurrió, nena?

-Primero tu interpretación, Spade – suspiró Lorna-. Siento curiosidad.

-No fuiste capaz de aguantar. – Me alisé las solapas-. No pudiste soportar la vida peligrosa que yo llevaba. No pudiste soportar el riesgo, el romance, los dolores de cabeza y la vulnerabilidad inherentes a un caballero que recorría las malas calles como yo. Reconócelo, nena. Yo era demasiado hombre para ti.

Lorna sonrió y aparecieron más grietas en el mapa en relieve de su cara.

-Tus efectos teatrales me dejaban más exhausta que los míos propios. Entré en un convento de monjas mexicanas, me bronceé al sol y se me estropeó la piel, empecé a escribir música de nuevo y encontré a un hombre de la tierra, Pedro, mi marido. Hago tortillas, lavo la ropa en el río y la pongo a secar encima de las piedras. A veces, si Pedro y yo necesitamos más pasta, preparo margaritas en el bar Blue Fox. Es una vida sencilla y buena.

-Pero Maggie me dijo que querías verme -saqué el as que me tenía reservado- “una vez más”, como si…

-Sí, como en las películas. Es así. Vendí “Prison of Love” a unas tres docenas de cantantes de bistró que la hacen pasar por propia. Está registrada en la Sociedad de Autores bajo treinta y cinco títulos como mínimo y yo le he sacado unos buenos cinco de los grandes. Y bien, esa canción la escribí para ti en nuestros días de jóvenes inexpertos y, en nombre de lo que hubo entre nosotros durante dos segundos, te ofrezco el diez por ciento. Al fin y al cabo, fuiste tú quien me inspiró esa maldita cosa.

Me apoyé en el umbral, exhausto tras cuatro años de arder y tres días de matanzas y pandemónium.

-Me matas, nena.

Lorna se acercó a un armario y volvió con un fajo de billetes yankis. Le guiñé un ojo, me guardé el dinero, volví a la calle y entré en una cantina. El interior estaba oscuro y fresco. Unas monadas mexicanas bailaban desnudas encima de la barra. Pedí una botella de tequila, le pegué un trago y eché monedas a la gramola para todas las piezas con vocalistas femeninas. Cuando la priva me hizo efecto y empezó la música, contemplé los chochos desnudos que giraban y traté de obsesionarme.

FIN

Nota: 9. Ellroy me mata.


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Mickey Cohen y acompañante

Más información sobre la rubia aquí, aquí y en youtube

NOCHES EN HOLLYWOOD

James Ellroy

Traducción: Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí

Ediciones B

288 páginas

Índice

Venido del pasado

El blus de Dick Contino

Negrolandia Rica

Marque Axminster 6-400

Desde la ausencia

El momio

La prisión del amor

[página 169]

-Puedes llevar un perro a la salsa, pero no puedes obligarlo a que la lama.

Reseña en ElPeriódico.com

La web de Dick Contino

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EL ACCIONISTA MAYORITARIO – Petros Márkaris

14 Julio, 2009

Un ataque de tos le obliga a interrumpirse. Jadea como una locomotora tan vieja como él.

-Vives anclado en el pasado, Komatás -le digo-. Viviste cincuenta años en un manicomio y no te diste cuenta de que el mundo cambiaba. Estamos en la era de la Unión Europea y de la democracia. En lo que tú crees, ya no cree nadie.

la tos se transforma en una risa que le ahoga. Abre la boca para tomar aire y vuelvo a contarle los dientes.

-¿Qué clase de democracia? -me pregunta-. ¿Presidencialista?

-Presidencialista, sí. ¿No te enteraste de que se celebró un referéndum?

-Sí, lo sé. Entonces estaba en el sanatorio, allí tenía televisión. Grecia es una república presidencial gobernada como si fuese un reino por tres familias reales: la de los Karamanlís, la de los Papandreu y la de los Mitsotakis. Ellas eligen cada vez al sucesor.

-No hay monarquías paralelas, hay partidos políticos y elecciones. No estamos en la época del dictador Metaxás ni en Kalávrita, con los alemanes.

La risa sucede a la tos y viceversa.

-Dime una cosa, ¿qué era Kostas Simitis? -me pregunta.

-¿Qué era? Primer ministro.

-Te equivocas. Era el regente. Cuando el sucesor legal, el hijo mayor de Papandreu, creció, le entregó el poder. Y para que no pienses que odio a los unos y simpatizo con los otros, en nuestra derecha apática, Evert no era el líder de Nea Demokratía, sino el regente. Cuando el sucesor legal se hizo mayor, también le entregó el poder.

Calla y sigue tosiendo. En un momento determinado, deja de toser y empieza a respirar a intervalos cortos.

-¡Ésta es vuestra democracia! -me dice con desprecio-. Tres familias reales, en medio de una serie de regentes, y un pueblo que vota al sucesor que le mandan. Si acabases con la publicidad, ni ellos podrían hacerse autopropaganda. ¿Qué hizo Metaxás en 1936? Disolvió el Parlamento y les cortó las alas. Ahora me puedes detener y llevarme a comisaría. Al fin y al cabo, a mi edad y en mi estado, no me encarcelarán. Como mucho, me enviarán otra vez a algún manicomio. Y te diré una cosa: con los locos me lo pasaba mejor.

Estoy a punto de tirar su silla de ruedas por el suelo y sacarlo a la calle a empujones, pero en el último instante me detengo. Lleva razón. Lo encerrarán en cualquier manicomio o en una clínica. En ambos casos, morirá en medio de cuidados y atenciones, mientras que yo prefiero imaginármelo suplicando que le traigan un poco de pan de la panadería, luchando por prepararse algo de comer… Y muriendo lenta, atormentadamente, en medio del hambre y la miseria. Tampoco quiero dar a mis superiores la satisfacción de salir en la tele y vanagloriarse de haber detenido al cerebro de los asesinatos. Ni a Guikas ni al ministro. No se les serviré a Komatás en bandaja, como a Perandonakos.

Me doy media vuelta y me dirijo hacia la puerta sin decir nada.

-¿Adónde vas? -grita.

No le contesto; salgo y cierro la puerta.

Que Komatás viva la vida que le queda en peores condiciones que Kostarás, y que Guikas y el ministro nunca sepan la verdad. Ésta es mi venganza, y estoy contento. Una pequeña venganza, sí, pero he llegado a la conclusión de que soy un pequeño burgués cuya vida transcurre entre pequeñas alegrías y pequeñas venganzas.

FIN
Nota: 3. Qué aburrido Jaritos, su mujer, su hija, su diccionario y sus atascos en Atenas…

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EL ACCIONISTA MAYORITARIO

Petros Márkaris

Maxi Tusquets

Entrevista en La Gangstegera

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UN NIÑO PRODIGIO – Irène Némirovsky

10 Julio, 2009

[páginas 98-100]

Caminaban apoyándose contra las casas. Vieron en el suelo una masa negruzca rodeada por hombres inclinándose. Era un caballo muerto. Sus largos dientes relucían débilmente en las sombras.

El barin dijo:

-Si todavía supiera escribir, contaría la historia de un caballo que tuve… Era precioso… Boyardo, así se llamaba, y realmente tenía el aire de un señor entre las bestias… Recuerdo sus finos remos, temblándole al terminar la carrera, empapados de sudor. Se había hecho viejo, muy viejo… Yo ya no lo quería… Estaba bien cuidado, es verdad, pero no sentía ya orgullo por él en mi corazón… Sus ojos, que me seguían, estaban tan llenos de cosas… ahora lo comprendo. Me preguntaban: “¿Por qué? Si es que no es culpa mía… Querría ser todavía joven y hermoso… Te avergüenzas de mí… Y yo te quiero…”. Lo maté, pequeño… Sólo la muerte nos salva… ¡Si se pudiera morir!…

-Siempre se puede morir -dijo Ismael.

En su interior amanecía una gran luz, un gran sosiego.

El barin arqueó los hombros.

-Yo tengo miedo -afirmó.

Al día siguiente encontraron a Ismael ahorcado en su cuchitril. Su cuerpo se balanceaba sobre un montón de leños apilados. Se había dado muerte con sencillez, una muerte modesta, sin lucimiento, en un rincón oscuro del cuartucho, entre las telarañas… Sus padres le lloraron mucho. Al fin y al cabo, había sido un hijo dócil y bueno, incluso inteligente. ¿Por qué se habría suicidado? Los niños son extraños y crueles. Y justo ahora, en sus días de vejez, se quedaban solos…

Ismael fue enterrado en el cementerio judío, entre tumbas muy antiguas que se desmoronaban poco a poco. Nadie las cuidaba porque el cementerio estaba lejos de la ciudad, y los caminos eran malos, bacheados por las nieves.

Sus padres fueron a visitarle la primavera siguiente. Encontraron sobre la losa un ramillete de flores todavía muy frescas. Reconocieron en él una ofrenda de la princesa. Lo arrojaron lejos de sí: la ley de los judíos prohíbe dar flores a los  muertos, que sólo son podredumbre. El padre, con el alma llena de indignación y escándalo, pisoteó las rosas durante un buen rato. Pero, antes de retirarse, de acuerdo con el ritual, lanzó un puñado de guijarros sobre la tumba de su hijo.

Luego se marchó.

Así fue como vivió y murió Ismael Baruch, el niño prodigio.

FIN

Nota: 4. Flojucho. Y ñoño.

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UN NIÑO PRODIGIO

Irène Némirovsky

Traducción de Miguel Azaola
1ª edición: febrero 2009
Alfaguara

Comentario en el blog Asuntos propios

Reseña en ABC

Comentario en La librería de Javier

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LOS EUROPEOS – Henry James

8 Julio, 2009

[páginas 188-190]

-¿Dónde vas a ir?
-A Alemania. En el primer barco.
-¿Has decidido no casarte con Mr. Acton?
-Le he rechazado -dijo Eugenia.
Su hermano la miró en silencio.
-Lo siento -replicó finalmente-. Pero he sido muy discreto, como me dijiste. No he dicho nada.
-Continúa siéndolo, entonces, y no vuelvas a mencionar el asunto -dijo Eugenia.
Félix inclinó la cabeza con mucha gravedad.
-Serás obedecida. Pero ¿y tu situación en Alemania? -continuó.
-Haz el favor de no hablar de eso.
-Sólo iba a decir que suponía que se había modificado.
-Te equivocas.
Pero yo creía que habías firmado…
-¡No he firmado nada! -dijo la baronesa.
Félix no insistió más, y quedó acordado que la ayudaría en sus preparativos de marcha.

Mr. Brand, al parecer, deseaba intensamente consumar su sacrificio y pronunciar la bendición nupcial que iba a arreglarlo todo tan convenientemente. Pero la impaciencia de Eugenia por abandonar un país en el que no había encontrado la fortuna que había venido a buscar era todavía más violenta. Es cierto que no había llegado a emplearse a fondo; pero parecía sentirse justificada para generalizar, para decidir que las posibilidades de acción en este continente provinciano no eran favorables para las mujeres realmente superiores. El viejo mundo seguía siendo, después de todo, su escenario natural. La desenfada franqueza con que procedió a aplicar estas inteligentes conclusiones no fue, para el pequeño círculo de espectadores que han intervenido en nuestro relato, más que la suprema exhibición de un carácter al que las experiencias de la vida habían dotado de una inimitable flexibilidad. Tuvo sobre todo un efecto perceptible sobre Robert Acton, quien, durante los dos días que precedieron a su marcha, se comportó como una criatura muy intranquila e irritable. Eugenia pasó la última velada en casa de su tío, mostrándose más encantadora que nunca; y al despedirse de la prometida de Clifford Wenworth, se sacó de la mano un curioso y antiguo anillo y se lo regaló, acompañándolo con un beso y unas oportunísimas palabras.  Gertrude, que en su calidad de prometida había recibido también un regalo encantador, sintió una gran admiración por aquel pequeño detalle, y Robert Acton se preguntó si esto no le daba derecho, como hermano y tutor de Lizzie, a hacerle a la baronesa un generoso regalo. Le hubiera hecho muy feliz el ser capaz de hacerle un regalo a la baronesa; pero se abstuvo de manifestar de esta manera sus sentimientos, y eso hizo que al final se sintiera más bien a disgusto. Fue casi en el último instante cuando se despidió de ella…, ya tarde esa noche antes de que Eugenia se marchara a Boston para embarcarse.

-Hubiera deseado que se quedara -dijo-. No por usted, sino por mí mismo.
-Yo no hago tantas distinciones -dijo la baronesa-. Siento sencillamente tener que marcharme.
-Eso es realmente distinto de lo que yo digo -exclamó Acton-. ¡Porque usted en realidad quiere decir que se alegra!
Félix se despidió de ella en la cubierta del barco.
-Nos encontraremos allí a menudo -dijo.
-No lo sé -contestó ella-. Europa me parece mucho más grande que América.

En los últimos días que siguieron, Mr. Brand no fue claro está, la única persona impaciente. Pero hay que decir que, de todas las personas interesadas en el acontecimiento, nadie se elevó con más ardor que él a la altura de la situación.
Gertrude abandonó la casa de su padre en compañía de Félix Young. Fueron ininterrumpidamente felices y se marcharon muy lejos. Clifford y su joven esposa buscaron su felicidad en un círculo más reducido, y la influencia de ésta última sobre su esposo fue tan manifiesta como para justificar, de manera sorprendente, la teoría de los beneficiosos efectos del trato con mujeres inteligentes, que Félix había ensalzado ante Mr. Wentworth.

Gertrude permaneció ausente durante algún tiempo, pero volvió cuando Charlotte contrajo matrimonio, con Mr. Brand. Estuvo presente en la ceremonia, y pudo verse allí que Félix seguía tan alegre como de costumbre. Después Gertrude desapareció, y el eco de su alegría, mezclado con la de su esposo, volvió con frecuencia al hogar de sus primeros años. Mr. Wentworth terminó por sorprenderse a sí mismo echándola de menos.

Y Robert Acton, a la muerte de su madre, se casó con una muchacha extraordinariamente bonita.


FIN

Nota: Es Dios. Y a Dios no se le pone nota.


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pág.214

“Ten cuidado, si no quieres exasperarme tú también. Si ella no se desliga, se verá sacudida desde arriba, caerá dando golpes a tierra. ¡Bella postura para mi hija! Es incapaz de ver que es preferible salir antes que a uno lo arrojen. Y luego se quejará de sus golpes”.

LOS EUROPEOS
Henry James

Traducción de José Luis López Muñoz
Bruguera-Libro Amigo
1ª edición: mayo, 1981

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INDIGNACIÓN – Philip Roth

7 Julio, 2009

[páginas 156-157]

Como nación, nos enfrentamos a la muy clara posibilidad de una impensable guerra atómica con la Unión Soviética, mientras los valientes hombretones de la Universidad de Winesburg llevan a cabo sus heroicos asaltos a los cajones de las cómodas de sus inocentes y jóvenes condiscípulas. Más allá de vuestras residencias hay un mundo en llamas, y a vosotros os enciende la ropa interior. Más allá de vuestras fraternidades, la historia se despliega a diario: guerra, bombardeos, matanza sistemática, y vosotros estáis totalmente ajenos a todo eso. ¡Pues bien, no estaréis ajenos durante mucho más tiempo! Podéis ser todo lo estúpidos que queráis, incluso podéis dar todas las señales, como hicisteis aquí el viernes por la noche, de querer ser apasionadamente estúpidos, pero al final os atrapará la historia. Porque la historia no es el telón de fondo… ¡la historia es el escenario! ¡Y vosotros estáis en el escenario! ¡Ah, qué deprimente es vuestra terrible ignorancia de la época en que vivís! Lo más deprimente de todo es que, en teoría, estáis en Winesburg para erradicar esa ignorancia. En todo caso, ¿a qué clase de época creéis pertenecer? ¿Podéis responderme? ¿Lo sabéis? ¿Tenéis acaso idea de pertenecer a una época? He pasado gran parte de mi larga carrera profesional dedicado a la contienda política, una lucha republicana moderada entre los fanáticos de izquierdas y los de derechas. Pero para mí, esta noche, esos fanáticos no son nada comparados con vosotros en vuestra bárbara búsqueda de una diversión insensata. “¡Volvámonos locos, divirtámonos! ¡Qué tal si luego probamos con el canibalismo” Pues bien, aquí no, caballeros. Quienes dentro de estos muros recubiertos de hiedra tenemos la responsabilidad de mantener los ideales y los valores de esta institución que vosotros habéis pisoteado, no consentiremos el disfrute de esa transgresión intencionada. ¡No se puede permitir que esto continúe, y no se permitirá! Es posible regular la conducta humana, y será regulada. La insurrección ha terminado. La rebelión ha sido sofocada. A partir de esta noche, cada cosa y cada persona volverán a ocupar el lugar que les corresponde y el orden será restaurado en Winesburg. Y también la decencia. Y la dignidad. Y ahora, valientes y desinhibidos hombretones, podéis levantaros y desaparecer de mi vista. Y si alguno de vosotros decide que quiere marcharse para siempre, si alguno de vosotros decide que el código de conducta humana y las reglas de civilizada compostura que esta administración trata de imponer estrictamente para mantener el espíritu de Winesburg no son apropiados para un valiente hombretón como él… ¡por mí estupendo! ¡Que se marche! ¡Fuera! ¡He dado las órdenes! ¡Recoged vuestra rebelde insolencia y marchaos de Winesburg esta misma noche!

El presidente Lentz había pronunciado las palabras “diversión insensata” con tanto desprecio como si fueran un sinónimo de “asesinato premeditado”. Y tan manifiesta era su aversión a la “rebelde insolencia”, que podría haber estado enunciando el nombre de una amenaza dispuesta a socavar la moralidad, no solo de Winesburg, Ohio, sino de la mismísima gran república.

FIN
Nota: 6. Adoro a Roth, pero esto no es lo mejor.

Ilustración de Pablo García para La Nueva España

Ilustración de Pablo García para La Nueva España


INDIGNACIÓN

Philip Roth

1ª edición: marzo de 2009
Traducción Jordi Fibla Feito
Mondadori


Fresán habla sobre “Indignación” para Qué Leer

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EXCÉNTRICOS INGLESES – Edith Sitwell

6 Julio, 2009

[431-434]

“También capturó cabras -seguía diciendo el señor Howell-, y lo mismo que a sus gatos, les enseño a bailar, y posteriormente afirmaba a menudo que nunca había bailado con el corazón más ligero o con mayor entusiasmo en ningún otro lugar y al ritmo de mejor música… Tal vez era un hombre tan feliz, qué digo, más feliz que cualquier otro hombre en la sala de baile más alegre del país más civilizado de la tierra.”

La llegada del Duke y el Dutchess que, sorprendidos por la aparición de una fogata en una isla que, por lo demás, parecía desierta, decidieron investigar la causa, interrumpió este estado de felicidad.

Al principio, cuando supo que el capitán Dampier, su antiguo jefe, iba a bordo, el señor Selkirk se negó a que lo rescataran. Finalmente le convencieron de que se uniera a la tripulación de uno de los barcos como oficial de cubierta, y gradualmente, nos cuenta el señor Howell, “reanudó sus viejos hábitos de marinero, pero sin los vicios que a veces comporta la profesión. Se abstenía rígidamente de juramentos blasfemos”. A decir verdad, “la religión imperaba sobre todas las acciones” de aquel piadoso pirata.

Sus aventuras no habían finalizado, ni mucho menos. Por supuesto, fue testigo de la victoria del doctor Dover sobre la peste, y lo enviaron en busca de su camarada de a bordo, el señor Hatley, a quien se le había encargado una expedición desde la nave con un puñado de compañeros, pero desaparecieron, capturados por unas gentes bárbaras que los azotaron y ataron a los árboles por el cuello, una precaria situación de la que fueron rescatados por un sacerdote.

Cuando Alexander Selkirk (o Robinson Crusoe, como lo llamó Defoe), el camarada de a bordo del señor Hatley, regresó a Inglaterra, a punto estuvo de convertirse en ermitaño ornamental (aunque no remunerado), pues “en lo alto de una eminencia que había en el huerto que su padre tenía en Largo, construyó una especie de cueva, en cuyo interior meditaba, frecuentemente con los ojos bañados en lágrimas”.

Tal vez echaba de menos a sus compañeros de baile.

En cuanto al capitán Hatley, “llegó sano y salvo a Londres en 1723”, nos dice el señor Howell, y “tras este periodo no se sabe nada más de él”

Y sin embargo…

En la obra Viaje alrededor del mundo por la ruta de los grandes mares del Sur, del capitán George Shelvocke (pp. 72-73) leemos:

Teníamos continuas borrascas de aguanieve y nieve, así como chubascos, y unas nubes tenebrosas nos ocultaban perpetuamente los cielos. En una palabra, a uno le parecería imposible que cualquier ser vivo pudiera subsistir en un clima tan rígido. Y, en efecto, todos observamos que no habíamos avistado ninguna clase de pez desde nuestra llegada al sur del estrecho de Le Mair, ni tampoco aves marinas, excepto un desconsolado albatros negro, que nos acompañó durante varios días, cerniéndose por encima de nosotros como si se hubiera perdido, hasta que Hatley, mi segundo capitán, al observar, en uno de sus accesos de melancolía, que aquel ave siempre se cernía cerca de nosotros, imaginó, por su color, que podría ser un mal augurio. Lo que, supongo, le indujo más a caer en la superstición fue la serie continua de vientos tempestuosos contrarios, que nos habían oprimido desde que nos hicimos a la mar. Sea como fuere, al cabo de varios intentos infructuosos, por fin logró abatir al albatros, tal vez sin dudar de que a partir de entonces tendríamos un viento propicio.

John Livingstone Lowes observa (op. cit.) que “este podría ser el llamado “albatros tiznado” (en otro tiempo Diomedea fuliginosa, y ahora, en la jerga científica, Phoehetria palpebrata antarctica), que frecuenta las mismas latitudes, y a este albatros, como su nombre común implica, puede denominársele apropiadamente negro”.

Pues el señor Howell se equivocaba al afirmar que no se supo nada más de Simon Hatley.

Fue el original del Viejo marinero.

FIN

Nota: 7. Sí, son muy ingleses y son muy excéntricos pero en ningún momento me pareció “una de las lecturas más hilarantes de todos los tiempos”. Y todavía no sé por qué.

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EXCÉNTRICOS INGLESES
Edith Sitwell

Traducción de Jordi Fibla
1ª edición: febrero de 2009
Lumen Ensayo

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“La estupidez y la frivolidad de las mujeres, el saber de las mujeres, todas estas ofensas, en distintas épocas, pueden resultarles igualmente difíciles de digerir, aunque la última ofensa suele ser la más imperdonable, porque a veces se asume con excesiva facilidad que el cielo considera que los encantos del intelecto son un don suficiente y, en consecuencia, no concede ningún otro. En cualquier caso, sospecho que el sentimiento que abrigaban tanto el señor Emerson como el señor Carlyle con respecto a la instruida señorita Fuller era más o menos el mismo sentimiento natural masculino expresado por el señor Fatigay en His Monkey Wife, de mi amigo el señor John Collier, cuando se entera de que la mona que tiene como mascota ha aprendido por sí misma a deletrear: “Vamos, vamos, Emily, si eres tan inteligente, habrá que venderte para que actúes en el teatro”

pag. 231

“Creo que no se puede negar que, desde un punto de vista masculino, Yamba era la mujer ideal, pues combinaba en su persona las virtudes de una abrumadora comprensión de la importancia del hombre, un marcado sentido común y práctico, y amor maternal.”

pág. 291


ÍNDICE

I.   “Tiempo de repeluznos”
II.   Vejestorios y ermitaños decorativos
III.  Curanderos charlatanes y alquimistas
IV.   Algunos deportistas
V.    Algunos aficionados a la moda
VI.   Un observador de la naturaleza humana
VII.  Retrato de una dama instruida
VIII. Algunos hombres cultos
IX.    Algunos viajeros
X.     Charles Waterton: el sudamericano errante
XI.    El dios de este mundo

APÉNDICE I

XII. Sobre los beneficios de la fama póstuma

APÉNDICE II

XIII.  Seres más flexibles
XIV.  De revelaciones, cortese
s y de otro tipo, y de admirables traslados
XV.   Agudezas de veleta
XVI.  Círculos serios
XVII. Aventureros marinos (Piratería y piedad)

Nota de la autora

Reseña en elperiodico.com

Edith en la Wikipedia

“Esos ingleses chiflados” Kiko Amat

“Ingleses grillados” por Tipos Infames

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EL MAESTRO DE ALMAS – Irène Némirovsky

7 Mayo, 2009

[páginas 204-206]

Elinor llevaba un ramo de orquídeas en la mano y una sola, pálida y con el largo cáliz violeta oscuro, casi púrpura, prendida al corpiño, un largo vestido de terciopelo violeta, un sombrero negro, un espléndido abrigo de pieles y algunas joyas muy hermosas pero nada ostentosas. Junto a Dario, así se había presentado ante el alcalde, encargado de casarlos. Su mano desenguantada estaba un poco crispada. Aunque fuera su tercer matrimonio, Elinor era un ser humano: estaba emocionada. Apretaba contra su costado, en un gesto sin duda inconsciente, el bolso de terciopelo violeta con cierre de diamantes, que entre otros documentos importantes contenía la copia del testamento exigido por Dario. Bajo la piel, discretamente maquillada, su dura mandíbula estaba tensa, y sus labios entreabiertos dejaban ver los hermosos y afilados dientes, un poco más largos de lo normal. Su cabello pelirrojo relucía bajo el sombrero negro.

Ahora, en su casa, se mostraba amable con todos. Miraba sonriendo a quienes la rodeaban. Estaban todos allí, la gente a la que se mima y se halaga, la gente de la que uno se sirve, los útiles, los poderosos, los elegidos.

“Pero en realidad ya no los necesito”, pensó Dario con asombro, como si viera caer unas cadenas. Aunque, si ya no eran clientes suyos, seguirían siéndolo de Elinor: comprarían motores de la marca Wardes.

La generala Muravin también se encontraba entre los presentes. Ahora manejaba millones: podía ser invitada. De pronto Dario se acordó de la noche en que había nacido Daniel, cuando estaba delante de aquella mujer, hambriento, tembloroso, miserable, incapaz de decir otra cosa que “Necesito dinero…” una y otra vez. Toda su vida había repetido y parafraseado esas palabras. No podía creer que eso hubiera acabado, que no volvería a pronunciarlas ante nadie. ¡Cómo lo admiraba ahora todo el mundo! Los ingenuos lo creían casi un genio. Los demás lo respetaban, porque en definitiva era rico, había conquistado a la mujer de Wardes.

-El pobre Wardes… ¿Cómo se desharían de él?

-No, exagera usted; a su mujer, la pobre Clara, sí, sin duda la mató él. Pero ¿a Wardes?

Le parecía estar oyéndolos.

Entre los murmullos de la gente que lo rodeaba, ¿que no oiría si aguzaba el oído? “Dario Asfar, el charlatán… ¡Cuántos crímenes sobre su conciencia! ¿Sabía esto…? ¿Y lo otro…? ¿Y lo de más allá…?” Pero de repente una voz tímida protestaba: “Todo lo que ustedes quieran, pero curó a mi cuñada.” Siempre hay alguien (el fiel a ultranza, el alma cándida, el último y obstinado esclavo) que replica: “Pero curó a mi cuñada”.

No obstante, poco a poco iba adoptando una expresión sombría y preocupada. Había confiado en que David se presentara aunque sólo se quedara un instante. El día anterior todavía le había suplicado: “Sólo un momento, hijo”. Y al final el chico había murmurado de mala gana: “De acuerdo.” Dario había prohibido a Elinor que diera a Daniel el regalo que le había comprado: una pitillera demasiado bonita, demasiado cara. Después de gastarse tanto dinero, a cambio ella habría esperado y exigido, demasiado visiblemente, el agradecimiento y la amistad de Daniel.

“Hijo mío… -pensó Dario con dolorida ternura-. Ahora sufres y me desprecias. Pero por desgracia conozco el corazón humano. Un día heredarás la fortuna de Elinor, y entonces me juzgarás con menor dureza. Y si deseas ofrecérsela a Claude Wardes, puede que incluso bendigas mi recuerdo…”

Pero Daniel no aparecía. Por fin, los invitados se marcharon.

Dario aprovechó el primer instante que estuvo solo para preguntarle al criado:

-¿Está mi hijo en casa?

-El señorito Daniel ha llegado hace una hora. Ha subido a su habitación. Me ha parecido oír que volvía a irse. ¿Quiere el señor que vaya a ver?

-No -respondío Dario a su pesar.

Se dirigió a la habitación de su hijo. Daba dos pasos, se paraba y se llevaba la mano al corazón. No sabía exactamente qué temía. Al ver la habitación vacía soltó un profundo suspiro. Sí, era lo que se imaginaba: el chico se había marchado. Se había llevado la fotografía de Clara. Dario abrió un cajón. Vio que había cogido alguna prenda interior. Buscó con la mirada el neceser, regalo de su madre. Había desaparecido. Buscó una carta. Nada. ¡No había nada! Pero Sylvie sabría dónde estaba y le daría noticias suyas.

“Si aún me quedara mucho tiempo de vida -pensó Dario-, tendría la oportunidad de volver a verlo. Se hará mayor y se volverá más cínico y sensato. Pero cuando me muera todavía será un niño. Aún no me habrá perdonado. No volveré a verlo.”

Estaba en medio de la habitación, sombrío y cabizbajo.

Elinor entró y se acercó a él.

-¿No está Daniel?

-No. Se ha ido.

-¡Oh! -murmuró ella tras un breve silencio. Dario se dio cuenta de que se alegraba, aunque sus duros ojos se esforzaron en adoptar una expresión compasiva-. ¡Oh! ¡Pobre Dario! Qué terrible…

-Volverá -anunció Dario-. Por la herencia.


FIN

Nota: 7. Un poco folletinesco pero Irène sabía “ver”.

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EL MAESTRO DE ALMAS
Irène Némirovsky

Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco
Salamandra
1ª edición, marzo de 2009

-Así que cree que lo único que cuenta en mi vida son los negocio sy el dinero… -murmuró Elinor.

-Eso y los amores sin importancia…

-Sin embargo, soy una mujer como las demás -respondió Elinor-. Me habría gustado encontrar a un hombre que fuera mi igual. Pero me persigue una maldición o quizá sea una parte de mi naturaleza demasiado viril, que busca, aunque me pese, hombres débiles, femeninos, supeditados a mí. Nunca he podido encontrar otro tipo de hombre. Primero, Mitenka. ¿Se acuerda de aquel infeliz? Luego Wardes… Y los demás… Buscaba (y encontraba) hombres bien parecidos, físicamente sanos, fuertes, de los que saben estrechar a una mujer entre sus brazos; pero parece que hay algo en mí que pide más, que nunca está satisfecho… Y no me refiero sólo al cuerpo…

-Yo tampoco. Nunca me he topado con una mujer que estuviera totalmente a mi nivel, a mi altura. -Sonrió débilmente-. Viviendo en otro universo, situada lejos de mí, quizá… Pero parecida a mí, jamás.

Irène Némirovsky, una escritora resucitada en El País

“Retrato de un manipulador desenraizado” en Babelia

“En líneas generales, El maestro de almas, es una novela sobre la emigración y la pérdida de las raíces, que puede convertirse en la pérdida del alma a poco que las cosas se pongan mal, y muy especialmente cuando siempre o casi siempre se ponen mal. Es también una novela sobre todos los prejuicios que desde el principio alteran esta relación, llenándola de adherencias racistas e ideológicas.”

Reseña por Maria Aixa Sanz

“Antes de que anochezca” Por Mercedes Monmany en ABC

Reseña en La piná yehudit

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CUENTOS COMPLETOS – Katherine Anne Porter

6 Mayo, 2009

[páginas 709-711]

-¿Por qué no subimos a gatas? -preguntó Tadeusz-. Quizá esta vez resulte.
Hans desaprobó la idea sin vacilar.
-Nada de andar a gatas -ordenó tomando el mando de inmediato-. Todos sobre sus pies, con la excepción de Otto.
Reunieron fuerzas para una última embestida y cada uno alcanzó su propia puerta.
La puerta de la habitación de Rosa se hallaba entreabierta. Por la ranura salía un rayo de luz que se derramaba por el vestíbulo. La observaron con melancólica gravedad, a la espera de que se abriera del todo y apareciera la patrona para regañarlos. Nada ocurrió. Cambiaron de táctica y arrastrando a Otto se acercaron a la puerta, golpearon y gritaron temerariamente:
-¡Feliz Año Nuevo, Rosita! ¡Rosita, feliz Año Nuevo!
En el interior se produjo una pequeña conmoción, la puerta se abrió y Rosa asomó su lacia y bien peinada cabeza. Sus ojos parecían un tanto enrojecidos y dormidos, pero la mujer sonreía con una sonrisa alegre y provocativa. Sus pensionistas estaban borrachos como cubas, pero no parecía suceder nada más grave, gracias a Dios. La mejilla de Hans estaba más descolorida, pero el joven estaba riendo. Charles y Tadeusz conservaban una relativa tranquilidad y trataban de parecer sobrios y responsables, pero sus párpados se caían y los dos miraban de soslayo con aire alegre. Los tres sostenían a herr Bussen, quien colgado de cualquier modo y con las rodillas dobladas, exhibía una confianza feliz e inocente en su cara dormida.

-¡Feliz Año Nuevo, mochuelos! -exclamó Rosa orgullosa de sus pensionistas, quienes sabían cómo festejar un acontecimiento-. Yo también he bebido champán y ponche de Año Nuevo con unos amigos. -Tras una pausa, añadió fanfarrona-: También yo me he puesto un poquito alegre. Ahora vayan a dormir. Es Año Nuevo así que mañana deberán comenzar el año. Buenas noches.

Charles se sentó sobre el edredón de plumas e hizo una serie de contorsiones para desvestirse, quitándose la ropa de cualquier modo y dejándola donde caía. Mientras se ponía el pijama, sus ojos comenzaron a vagar a su alrededor. Primero vio una cosa y después otra, pero ninguna le resultaba familiar, nada parecía pertenecerle. Al fin, advirtió que la torre inclinada había vuelto. Allí estaba, a salvo, detrás del cristal de la vitrina del rincón. Haciendo eses atravesó el cuarto y se aproximó a la torre. Sí, estaba allí, construida de forma muy evidente, pero jamás volvería a ser la misma. Sin embargo, supuso que para Rosa, pobre mujer, aquello sería mejor que nada. Allí estaba, símbolo de algo que una vez había tenido o creyó haber tenido. Pese a los parches y pese a su falta de valor, significaba algo para ella, y Charles volvió a sentir vergüenza por haberla roto. Y repentinamente se hundió. La torre estaba allí, luciendo su osada fragilidad, como si lo desafiara a acercarse. Charles sabía muy bien que bastarían un pulgar y un índice para hacer pedazos los débiles soportes y que los trozos recompuestos caerían de un soplo. Inclinado, suspendido, siempre listo para caer, pero sin caerse jamás del todo, el azaroso y pequeño objeto -un error en primer lugar, un caprichoso dolor de cuello (las torres no deberían ser inclinadas), una curiosidad; como esos cupidos que penden del techo…-tenía algún significado en la mente de Charles. Bien, pero ¿qué significado? Se alborotó el pelo, se frotó los ojos y sacudió la cabeza y bostezó hasta casi descoyuntarse las mandíbulas. ¿Qué episodio anterior le traía a la memoria aquella estúpida torre? Si pudiera descubrir qué era tendría la respuesta de un significado, pero no era el momento apropiado. De todos modos, algo terriblemente urgente estaba actuando en él o alrededor de él, aunque no era capaz de identificarlo. Había algo perecedero, pero amenazador y molesto, que pendía sobre su cabeza o se movía con rabia y peligrosamente a sus espaldas. Si no lograba descubrir justo en ese momento lo que perturbaba con tanta intensidad en aquel lugar, quizá nunca llegaría a saberlo. Estaba de pie, soportando su borrachera como un dolor y un peso agobiante, incapaz de pensar y sentía algo que le era desconocido, una infernal desolación de espíritu: el frío y la certidumbre de que en él habitaba la muerte. Cruzó los brazos sobre el pecho y espiró con fuerza. Le invadió un sudor helado. Se dirigió a la cama, se desplomó sobre ella y se acurrucó sintiéndose indeseable.

“Todo lo que necesitas es echarte a llorar para rematar y terminar con esto”, se dijo, pero no sintió lástima de sí mismo, porque en ese momento supo que en este mundo no podría aferrarse a nada.

FIN

Nota: Regulero.

Paul Schutzer. Noviembre, 1959. LIFE

Paul Schutzer. Noviembre, 1959. LIFE

CUENTOS COMPLETOS
Katherine Anne Porter

Traducción de Adriana Bo, Toni Hill, Maribel de Juan y Horacio Vázquez Rial

1ª edición en DeBolsillo: enero, 2009

Reseña en Perfil.com

minireseña en ElCultural.es

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ESCULPIR EN EL TIEMPO – Andrei Tarkovsky

5 Mayo, 2009

[páginas 259-261]
El arte refuerza lo mejor de lo que es capaz el hombre: la esperanza, la fe, el amor, la belleza, la devoción o lo que uno sueña y espera. Si alguien que no sabe nadar se lanza al agua, su cuerpo -no él mismo- comienza a hacer movimientos instintivos para no hundirse. También el arte es algo así como un cuerpo humano echado al agua: existe como un instinto, que no permitirá que la humanidad se hunda en el campo espiritual. En el artista se expresa el instinto interior de la humanidad.

Pero, ¿qué es el arte? ¿Lo bueno o lo malo? ¿Procede de Dios o del diablo? ¿De la fuerza del hombre o de su debilidad? ¿Es quizá una prenda de la comunidad humana y una imagen de armonía social? ¿Es ésa su función? Es algo así como una declaración de amor. Un reconocimiento de la propia dependencia de otros hombres. Es una confesión. Un acto inconsciente, que refleja el verdadero sentido de la vida: el amor y el sacrificio.

Pero si dirigimos la mirada hacia atrás, reconocemos que el camino de la humanidad está lleno de cataclismos y de catástrofes. Descubrimos las ruinas de civilizaciones destruidas. ¿Qué ha sucedido con ellas? ¿Por qué se agotó su aliento, su voluntad de vivir y sus fuerzas morales? Supongo que nadie creerá que todo eso tiene una causa material. Una idea así me parecería salvaje. Y al mismo tiempo estoy convencido de que hoy volvemos a estar al borde de la destrucción de una civilización porque ignoramos plenamente el lado interior y espiritual del proceso histórico. Porque no queremos reconocer que nuestro imperdonable y pecaminoso materialismo, un materialismo que no conoce la esperanza, ha traído infinitas desgracias sobre la humanidad. Es decir, creemos que somos científicos y dividimos, para conseguir una mayor fuerza de convicción en nuestras cavilaciones científicas, el indivisible proceso de la humanidad en dos partes, haciendo luego de una sola de sus motivaciones la causa de todo.

De esta manera intentamos no sólo justificar los fallos del pasado, sino también proyectar nuestro futuro. Quizá se demuestre en tales errores la paciencia de la historia, que espera que el hombre alguna vez consiga escoger bien, sin tener que terminar en un callejón sin salida en el que la historia, una vez más, corrija el fallido intento por medio de otro paso, esta vez más exitoso. En ese sentido, es verdad lo que afirman tantos: de la historia nadie aprende y la humanidad suele, simplemente, ignorar la experiencia histórica.

Dicho en otros términos, toda catástrofe de una civilización descubre sus fallos. Y si el hombre tiene que reemprender su camino desde el principio, se demuestra así que su andadura hasta entonces no estaba marcada por el perfeccionamiento espiritual.

Con cúanto gusto querría uno abandonarse, entregarse de vez en cuando a otra concepción del sentido de la vida humana. Oriente siempre ha estado más cerca que Occidente de la verdad eterna, pero Occidente ha devorado a Oriente con sus exigencias materiales en la vida. Basta con comparar la música occidental con la oriental.

El mundo occidental grita: ¡Éste, éste soy yo! ¡Miradme! ¡Escuchad cómo sufro y cómo amo! ¡Qué infeliz y qué feliz puedo ser! ¡Yo! ¡Yo! ¡¡¡Yo!!! El mundo oriental no dice una sola palabra de sí mismo. Se pierde absolutamente en Dios, en la naturaleza, en el tiempo, y se encuentra a sí mismo en todo. Es capaz de descubrir todo en sí mismo. La música del Tao: China, seiscientos años antes de Cristo.

Pero, ¿por qué no triunfó esa idea soberana? Es más: ¿por qué se hundió? ¿Y por qué la civilización que había desarrollado no llegó hasta nosotros en forma de un proceso histórico determinado y perfecto? Es patente que esas ideas entraron en colisión con el mundo material que las rodeaba.

Lo mismo que el individuo con la sociedad, también esa civilización entró en colisión con otra. Pero sucumbió no sólo por esto, sino también a causa de su confrontación con el mundo material, con el “progreso” y la tecnología. Las ideas de la civilización oriental son un resultado, la sal de la tierra; de ellas fluye verdadera sabiduría. Pero según esa lógica oriental, la lucha es un pecado.

El núcleo de la cuestión reside en que vivimos en un mundo de ideas que nosotros mismos creamos. Dependemos de sus imperfecciones, pero también podríamos depender de sus ventajas y valores.

Y ya llegando al final, y en confianza: aparte de la imagen artística, la humanidad no ha inventado nada de manera desinteresada. Y por eso quizá realmente consista el sentido de la existencia humana en la creación de obras de arte, en el acto artístico, ya que éste no posee una meta y es desinteresado. Quizá se demuestre precisamente en ello que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.

FIN

Nota: 10. Demasiado humano.

La infancia de Iván [último fotograma]

La infancia de Iván [último fotograma


ESCULPIR EN EL TIEMPO. Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine.

Andrei Tarkovski

Libros de Cine. RIALP

Me parece muy fundada la crítica de Mereskovski. Pero eso no enfría en absoluto mi aprecio hacia Guerra y Paz de Tolstoi y ni siquiera me molesta en las páginas “equivocadas”. Un genio no se manifiesta en la perfección absoluta de una obra, sino en la fidelidad absoluta a sí mismo, en la consecuencia frente a su propio apasionamiento. El ansia apasionada de verdad, de conocimiento del mundo y de sí mismo concede un significado especial incluso a partes no especialmente buenas o incluso a las llamadas páginas “erradas”.

Es más, no conozco una sola obra maestra libre de ciertas debilidades, de imperfecciones. El apasionamiento absolutamente personal, que es lo que hace a un genio, el estar poseído por una idea individual creadora condiciona no sólo su grandeza, sino también su fracaso. Pero aquello que no queda englobado orgánicamente en la visión del mundo, ¿se puede denominar “fracaso”? El genio no es libre. Thomas Mann escribió una vez, más o menos, esto: Libre es sólo lo impasible. Lo que tiene carácter no es libre, sino que está marcado por el propio sello, condicionado y preso…

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A menudo se me ha preguntado qué simboliza exactamente la zona y hay quien se ha lanzado a las más aventuradas hipótesis y sospechas. Preguntas y suposiciones de ese tipo siempre consiguen abocarme a la desesperación y a la cólera. En ninguna de mis películas se simboliza algo. La zona es sencillamente la zona. Es la vida que el hombre debe atravesar y en la que o sucumbe o aguanta. Y que resista depende tan sólo de la conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental.

nosthalgia.com

Bonita web: La Zona

Museum of A. Tarkovsky

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LA EXPLORACIÓN DEL MAR – Robert Kunzig

30 Abril, 2009

[páginas 365-368]

Pero, por ahora, este planeta, este océano, esta vida, es todo lo que tenemos.

Con todo lo ilimitado que parece desde la playa, con todo lo ilimitado que es realmente como campo de exploración, el océano tiene no obstante límites, como estamos descubriendo en la actualidad a medida que la explotación se ha unido, de manera creciente a lo largo del último siglo, a la exploración, y a medida que nuestra capacidad para alterar la naturaleza se ha hecho global. Sin embargo, el límite más fundamental de todos no tiene nada que ver con nosotros. El océano nos sobrevivirá a nosotros y a nuestras intrusiones, pero no vivirá para siempre. Como la Tierra en su conjunto, nació en un determinado momento y morirá en otro.

Su transitoriedad radica en el Sol, que se está volviendo cada vez más brillante; esto lo hacen las estrellas a medida que avanzan en su edad mediana. Dentro unos 7.000 millones de años, aproximadamente, el Sol se convertirá en una gigante roja. Antes de ello, a medida que crezca y enrojezca, las lunas de hielo del sistema solar exterior podrán descolgarse. Además de Europa, Titán, la gran luna de Saturno, es un caso interesante: posee una atmósfera algo más densa que la de la Tierra, que es casi toda ella de nitrógeno pero mezclado con una generosa cantidad de metano. A medida que el Sol se vuelva más brillante y más rojo, llegará un momento, quizá dentro de 6.000 millones de años, en que penetrará tanta luz en la atmósfera de Titán y quedará atrapada en su invernadero de metano que su superficie se derretirá (así lo han calculado recientemente dos astrónomos de la Universidad de Arizona, Ralph Lorenz y Jonathan Lunine). El hielo de amoníaco se fundirá primero, dicen, y actuará como una especie de anticongelante que permitirá que el hielo de agua se derrita a una temperatura de -97ºC. En este frígido océano de limpiador de suelos, es muy posible que la vida (un tipo de vida diferente de la de la Tierra, para el que una mezcla de amoníaco y agua no será tóxica) comience y evolucione. Pero el momento de Titán será más breve que el nuestro. Después de sólo 500 millones de años, cuando el Sol empiece a eyectar su propia atmósfera en forma de vientos de alta velocidad, arrancará el techo del invernadero de Titán.

Por aquella época, poco más o menos, la Tierra dejará probablemente de existir. Cuando el Sol se hinche hasta el tamaño de una gigante roja, quizá no llegue a alcanzar nuestra órbita, pero es más probable que atrape nuestro planeta, lo absorba y lo vaporice. Pero la vida se habrá extinguido mucho antes. Hace pocos años, Kasting y su colega Ken Caldeira, de la Universidad Estatal de Penn, intentaron calcular ese momento, para imaginar el fin de la forma más precisa que la ciencia pueda permitir. No hay manera de saber, desde luego, si un cometa gigante puede golpearnos y esterilizar prematuramente el planeta o cuándo lo hará. Sin embargo, dejando de lado esta pizca de mala suerte, los enemigos a largo plazo de la vida en la Tierra serán el calor y el dióxido de carbono; o, más bien, una falta de dióxido de carbono. Ahora mismo estamos muy preocupados porque este gas abunda demasiado en la atmósfera, pero esto es sólo un problema a corto plazo y que hemos creado nosotros. A lo largo del tiempo geológico, la Tierra tiene un medio de desembarazarse del dióxido de carbono atmosférico: se disuelve en el agua de lluvia y corroe las rocas, se convierte en carbonato, corre en los ríos hacia el mar, y se hunde hasta el fondo marino. A medida que el Sol se haga más caliente, caerá más lluvia y se producirá más meteorización de las rocas. Dentro de 500 millones de años, la concentración de dióxido de carbono será demasiado baja para que la mayor parte de las plantas sigan realizando la fotosíntesis.

Durante por lo menos 1.000 millones de años después de esto, unas pocas hierbas y matorrales resistentes, plantas que son especialmente frugales con el dióxido de carbono, seguirán aguantando. Los continentes se parecerán seguramente a algunas partes del desierto australiano actual, con vegetación dispersa asomando entre suelo rojo. Pero dentro de 1.500 millones de años, en el supuesto teórico de Kasting y Caldeira, la temperatura media del planeta será de unos 50 ºC: lo bastante caliente para extinguirlo todo excepto los microbios, y su calor aumentará con rapidez. El agua, escasamente habitada, cubrirá las siete décimas partes de la Tierra aún restantes. La vida empezó en el agua hace 4.000 millones de años, y en la actualidad muchos investigadores creen que las bacterias de las fuentes termales del océano figuraron entre los primeros organismos. Si alguna vez exploramos un océano en Europa, éste es el tipo de vida que buscaremos. Bien pudiera ser que estos microbios fueran los últimos supervivientes en la Tierra. En último término, hasta el océano se volverá demasiado caliente para cualquier otro organismo.

Durante los 1.000 millones de años posteriores a la extinción de las plantas, la atmósfera se llenará de vapor, tal como lo hizo en el nacimiento del planeta. Pero ahora el vapor será bombardeado por una radiación solar mucho más intensa. La fracción ultravioleta de esta radiación disociará las moléculas de agua de la estratosfera en átomos de hidrógeno y de oxígeno, y el hidrógeno flotará hacia el espacio para no volver jamás. En el espacio se encontrará con otro oxígeno, expulsado por el Sol moribundo, y quizá ambos se unan para formar agua en algún otro planeta, alrededor de alguna otra estrella. Dentro de 2.500 millones de años, la última molécula de agua se habrá ido de la Tierra. El mar vino del espacio, y al espacio retornará. Hasta los microbios del fondo marino expirarán en ese momento. El planeta se hizo de polvo, y polvo volverá a ser. Durante varios miles de millones de años antes de su incineración final, la Tierra será un mundo caliente y muerto como Venus, un planeta demasiado próximo al Sol. Por primera vez en su historia estará seco.

FIN

Nota: 7. La parte de la geología un rollo. A partir de ahí estupendo.

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Gusanos Lofoforados tubícolas

ÍNDICE

Prólogo. Lejos de la costa

1. El espacio y el océano
2. Sondeando las profundidades
3. La grieta del Atlántico
4. Un mapa del mundo
5. El fondo marino en el momento de nacer
6. El reino de las holoturias
7. Islas en las profundidades
8. La vida sobre un volcán
9. Gelatinas fantásticas e iridiscentes
10. Luces animales
11. Reverdecer el océano
12. El ocaso del bacalao
13. Adonde va el agua
14. El interruptor del clima
15. El tiempo y el océano

LA EXPLORACIÓN DEL MAR. LA EXTRAORDINARIA HISTORIA DE LA OCEANOGRAFÍA.
Robert Kunzig

Traducción de Joandomènec Ros
Editorial Laetoli
Colección Las dos culturas, 7
1ª edición: febrero 2007

Reseña de Jorge Alcaide:

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DINERO FÁCIL – Jens Lapidus

29 Abril, 2009

[páginas 614-616]

-Cuando salgas de aquí no te vas a ir a un sitio soleado. Vas a buscarte un trabajo de verdad. Lejos de Estocolmo.
Bengt volvió a bajar la mirada hacia la mesa. No dijo nada más.
El silencio en la sala era denso.
-Johan, ¿no podrías contarnos cómo es un día aquí dentro?
JW dejó que la boca hablara sola. En su mente soltó a Bengt. Agradecido a Jorge para siempre. Trescientas mil coronas ingresadas en su cuenta de la Isla de Man. El chileno era una buena persona. No se había olvidado de quién le había recogido en el bosque pese a que JW los había traicionado a todos, había actuado a espaldas de Albulkarin, había vendido su alma a los yugoslavos. Jorge tenía que haberse dado cuenta de que JW había jugado a dos bandas, pero también se había dado cuenta de que JW no sabía con quién estaba tratando. De que había sido un ingenuo.
Se acabó la hora de visita.
El mono acompañó a los padres para que salieran.
Margareta volvió a llorar.
JW se quedó en la mesa de la sala de visitas.
Sabía lo que iba a hacer con el dinero.
No sabía lo que iba a hacer con la relación con su padre.

* * *

El patio de la prisión de Kumla: césped corto, sin árboles. Bloques de cemento con la superficie pulida y barras de metal relativamente nuevas; gimnasio en el exterior. Mrado y otros tres serbios levantaban pesas.
Había un pacto no escrito. Por la mañana entrenaban los serbios. Después del almuerzo les tocaba a los árabes.
La vida entre rejas era mejor para él que para muchos otros. En el trullo era alguien. La reputación le protegía. Sin embargo, el clima era más duro de lo que recordaba de la vez anterior. Comprendió en la práctica las lecciones de Stefanovic y las suyas propias. Las bandas reaccionaban. Los grupos mandaban. O eras parte o estabas jodido.
Lo que hacía polvo todo: iba a perder a Lovisa. Annika había interpuesto una demanda directamente tras la condena por drogas de Mrado. Había solicitado la patria potestad en exclusiva y un régimen de visitas para Mrado de una visita al mes en una sala de visitas de mierda con otra persona presente. Eso estrangulaba mentalmente. Le mataba lentamente.
La suerte de Mrado era que Bobban había ido al mismo sitio. Alguien con quien hablar. Alguien que le cubría las espaldas.
¿Cómo podía haber sido tan tonto el cabrón de Nenad como para no ver el parecido entre JW y esa puta a la que se había tirado hacía unos años? Todo había sido perfecto. Habrían reaccionado. Habrían escupido a Rado a la cara. Habrían vendido farla por valor de millones.
Y ahora: Radovan seguía dirigiendo la red más poderosa de Estocolmo, controlando los guardarropas de la ciudad, vendiendo farlopa, colocando alcohol, sentándose en su sillón de piel desgastado en Näsbypark, bebiendo whisky y sonriendo.
Mierda.
No era la justicia serbia. Algún día, Mrado se tomaría su tiempo con Rado. Le borraría la sonrisa. Lentamente.

Quedaba media hora para la comida. Los otros yugoslavos entraron. Mrado y Bobban se quedaron fuera.
Bobban se sentó en el bloque de cemento que hacía de banco de pectorales.
-Mrado, esta mañana he oído que han puesto precio a tu cabeza.
Mrado sabía que pasaría. Rado no olvidaba. Debía mantener el código.
-¿Por quién te has enterado?
Un tío de mi corredor. Vikingo. Condena por robo a mano armada y agresión. Se ha enterado por unos tíos latinos.
Mrado se sentó al lado de Bobban.
-¿Latinos?
-Sí, es raro.  Y un precio alto. Trescientas mil.

FIN

Nota: 4, ¿novela policiaca para pijos?

(Un 9,5  para Jens, probablemente el autor vivo más buenorro.)

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Jens Lapidus-Sommar i P1 2008

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[clic en las fotos para ampliarlas. Merece la pena]


DINERO FÁCIL.
TRILOGÍA NEGRA DE ESTOCOLMO I

Jens Lapidus
Suma de Letras

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EL ASESINO DE LA CARRETERA – James Ellroy

28 Marzo, 2009

[páginas 333-334]

Salvo este epílogo, mi relato está completo. Llevo catorce meses en Sing Sing; Dusenberry lleva nueve muerto. No se han cursado órdenes de extradición contra mí y en el mapa que adorna la pared de mi celda hay clavados sesenta y dos alfileres. Ayer cumplí treinta y siete años.

Milton Alpert está leyendo las primeras páginas de mi manuscrito en una celda enfrente de la mía, al otro lado del pasillo. Llevo una hora observándolo y parece asustado.

Ya se ha acabado. Estoy tan muerto e inanimado como esos alfileres de cabeza roja que adornan mi mapa. Al repasar estas cuatrocientas y pico páginas, veo que estuve, sucesivamente, asustado y enfurecido, que fui atrevido y cobarde, depravado y poseído de una nobleza de guerrero. Luché y huí y, cuando amé, mi emoción respondió a una voluntad de poder similar a la mía. Que él resultara débil y traidor carece de importancia; como todos los seres humanos, me uní a un amante bien parecido que llenó de gracia mis propios espacios en blanco, dejando partes de mi voluntad en suspiros y abrazos. Pero, a diferencia de la mayoría de los seres humanos, no permití que mi deseo me destruyera. Mis últimas muertes fueron por él, y por él estuve a punto de dejar con vida a mi última víctima, pero al final mi voluntad se mantuvo intacta. Poseí la experiencia, pero no pagué el precio final.

Otros lo pagaron por mí.

Al quitarles la vida, los conocí en los momentos más exquisitos de su existencia. Al acabar con ellos cuando eran jóvenes, ardientes y llenos de salud, asimilé una impetuosidad y un sexo que habrían languidecido de no haberlos usurpado para mi propio uso. Lo que hice fue en parte para acallar mis pesadillas y calmar mi rabia terrible, y en parte por la emoción y la sensación de poder de alto voltaje que me proporcionaba el asesinato. No puedo resumir mis impulsos con una perspectiva mayor que ésta.

Así, busca causa y efecto; participa de mi brillante recuerdo y de mi absoluta sinceridad y llega a la conclusión que quieras. Construye montañas de elipses y bastiones de lógica de interpretaciones de la verdad que te he dado. Y si he ganado tu credibilidad retratándome abiertamente, con fragilidades incluidas, créeme si te digo lo siguiente: he alcanzado puntos de poder y de lucidez que no pueden medirse por ningún parámetro lógico, místico o humano. Tal era la santidad de mi locura.

Ahora se acabó. No me someteré a la duración de mi sentencia. Completada esta despedida en sangre, mi tránsito en forma humana ha llegado a su punto culminante; subsistir más allá resulta inaceptable. Los científicos dicen que toda la materia se dispersa en una energía irreconocible pero penetrante. Me propongo averiguarlo volviéndome hacia dentro y cerrando mis sentidos hasta que implosione en un espacio más allá de toda ley, de toda carretera, de todo límite de velocidad. De alguna forma oscura, continuaré.

FIN

Nota: 6. Otro asesino múltiple más…

James Ellroy

James Ellroy

“Confieso que he matado” por Rodrigo Fresán

comentario en Ojos de papel

reseña en elmundo.es

James Ellroy
EL ASESINO DE LA CARRETERA

Ediciones B
Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté
1ª edición Septiembre, 2008
ÍNDICE
I. Los Ángeles
II. San Francisco
III. Crímenes de oportunidad; asaltos de pesadilla (1974-1978)
IV. El rayo cae dos veces
V. El rayo se dispersa
VI. Como fugitivo: llenando el mapa (enero 1979-septiembre 1981)
VII. Implosión

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LAS HERMANAS GRIMES – Richard Yates

25 Marzo, 2009

[páginas 222-224]

-Peter, tu padre pegaba a tu madre. Eso es algo que supe, y sé que tú también lo sabías. Ella me dijo que los tres muchachos lo sabíais. No me mientas. ¿Cómo murió?

-Mamá murió de una enfermedad hepática.

-…”complicada por una caída que tuvo en casa”.  Óyeme, he escuchado esa canción más de una vez. Vosotros debéis de conocérosla de memoria. Pues de esa caída quiero oír hablar. ¿Cómo se cayó? ¿Se hizo daño?

-Yo no estaba cuando pasó, tía Emmy.

-Por Dios, qué manera de evadirse. No estabas presente. ¿No preguntaste nunca nada?

-Claro que pregunté. Eric sí estaba; me dijo que ella tropezó con una silla en el salón y se golpeó en la cabeza.

-¿Y crees que eso basta para que alguien se mate?

-Podría ser, claro, si se golpea fuerte.

-Está bien. Háblame de la investigación policial. Porque sé que hubo una investigación, Peter.

-Siempre hay una investigación en un caso así. No encontraron nada, pues no había nada que encontrar. Pareces una especie de… ¿Por qué tantas preguntas, tía Emmy?

-Porque quiero saber la verdad. Tu padre es un hombre brutal.

Pasaron junto a varios árboles y casitas con un trasfondo de altas montañas a lo lejos, y Peter se tomó su tiempo antes de contestar, tanto tiempo que ella empezó a temer que estaba tratando de buscar un lugar para poder dar la vuelta y llevarla de regreso a la estación.

-Es un hombre con limitaciones -dijo por fin, escogiendo cuidadosamente las palabras-, y en muchos aspectos un hombre ignorante, pero yo no diría que es “brutal”.

-Brutal- insistió ella, ahora con un temblor-. Es brutal y estúpido y mató a mi hermana, la mató con veinticinco años de brutalidad, estupidez y negligencia.

-Vamos, tía Emmy, termina con eso. Mi padre siempre hizo lo que pudo. Igual que la mayoría de la gente. Cuando pasa algo terrible, por lo general nadie tiene la culpa.

-¿Qué quieres decir, por amor de Dios? ¿Es eso algo que aprendiste en el seminario, junto con “ofrece la otra mejilla”?

Había reducido la marcha, y señalizó el giro, y ahora ella vio un sendero corto, un jardín de césped bien cortado, y una pequeña casa de dos pisos, exactamente como se la había imaginado. Habían llegado. El interior del garaje donde él estacionó el coche estaba más ordenado que la mayoría de los garajes. Apoyadas contra la pared había dos bicicletas, una con un asiento de niño atrás.

-¡Tú bicicleta” -exclamó ella por encima del coche. Se había bajado con rapidez, todavía temblando, y sacó de la maleta del asiento posterior; como se necesitaba un buen ruido para puntualizar su ira, cerró la puerta del coche con todas sus fuerzas-. ¡Eso es lo que hacéis! Debe de ser hermoso veros pedalear con la pequeña, ¿cómo se llama?, los domingos por la tarde, bien tostados por el sol, bien sexis ambos con los vaqueros transformados en pantalones cortos… ¡Debéis de ser la envidia de todo New Hampshire! -dio la vuelta al coche para reunirse con él, pero se había quedado inmóvil y la miraba, parpadeando-. Luego volvéis a casa y os dais un baño, ¿os bañáis juntos?, y a lo mejor os manoseáis un poco en la cocina mientras preparáis los cócteles y luego coméis, acostáis a la niña y os quedáis sentados charlando de Jesús y la resurrección durante un tiempo, y luego llega el acontecimiento principal del día, ¿no? Tu mujer y tú vais al dormitorio y cerráis la puerta, os desvestís ayudándoos el uno al otro y entonces, ¡oh, Dios mío! Las fantasías hechas realidad…

-Tía Emmy -dijo él-, eso está mal.

-Está mal. Respirando fuerte, con las mandíbulas apretadas, llevó la maleta por el sendero en dirección a la calle. No sabía adónde iba, pero sí que estaba haciendo el ridículo, sin embargo no había otra dirección.

Se detuvo al final del sendero, sin mirar hacia atrás, y después de un momento oyó un ruido metálico de monedas o de llaves y el paso dado por zapatos de suela de goma: él venía hacia ella.

Se dio la vuelta.

-Oh, Peter, lo siento -dijo, sin mirarlo-. No hay palabras para decir cuánto lo siento.

Él parecía turbado.

-No tienes que pedir disculpas -dijo, cogiendo la maleta-. Me parece que estás muy cansada y necesitas descansar -la estaba observando con atención como si no la conociera, más como un psiquiatra joven que como un sacerdote.

-Sí, estoy cansada -dijo ella-. Y ¿sabes una cosa? Tengo casi cincuenta años y nunca he entendido nada en toda mi vida.

-Está bien -dijo con tranquilidad-. Está bien, tía Emmy. Ahora, ¿te gustaría entrar y conocer a la familia?

FIN

Nota: 9. Richard Yates “sabía”.

LAS HERMANAS GRIMES
Richard Yates

Alfaguara

Comentario en el blog Las victorias parciales

Artículo en El País “Un ácido retrato social” por JAVIER APARICIO MAYDEU

Leer primer capítulo en Primeras Páginas

en Alfaguara no se enteran…

Todo el arte de la prepotencia consiste en elevar los gustos y antipatías personales a la categoría de principios estéticos o morales y aplicar a un plano internacional las experiencias personales más insignificantes…

[página 694]

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DELITOS A LARGO PLAZO – Jake Arnott

24 Marzo, 2009

[páginas 426-428]

-No eres fea, ¿sabes? -dije mientras me sentaba-. Para ser una fulana. No hace mucho que te dedicas a esto, ¿verdad, cielo?
-Yo no me dedico a eso.
-¿Sabes la pinta que tiene una puta al cabo de unos años? Primero se le empieza a estropear la cara. No es precisamente bonito.
-Ya se lo he dicho. No soy una prostituta.
-¿De verdad? Entonces solo eres una timadora, ¿no?
No hubo respuesta.
-Solo te diviertes un poco, ¿no? Estafas a los clientes. Te echas unas risas. El caso es que estamos cerrando todos los tugurios, cariño. Se acabó la diversión. Y puede que tu jefe tenga pensada otra cosa para ti.
-¿De qué estás hablando?
-Puede que quiera ponerte un pisito y hacerte trabajar como es debido. ¿Te gustaría eso? Un pisito en la parte barata de Mayfair, recibiendo a un cliente cada cuarto de hora.
Ella se dio unos golpecitos en un lado de la boca con un dedo. Tenía esmalte de uñas desprendido en los incisivos. Me incliné un poco sobre la mesa.
-¿Te gustaría eso? -dije un poco más alto.
-Oiga -soltó ella-, no soy una puta. No me puede acusar de eso.
Me recliné en la silla y solté una risita. Me lo estaba pasando bien.
-Ah -dije en tono cantarín-. Conoces tus derechos, ¿verdad?
-No tengo por qué decir nada.
-Claro que no. Yo podría utilizar un testimonio verbal contra ti. Mira, querida, la policía se está poniendo dura con la prostitución. Ante el juzgado de Marlborough Street se forma una cola continua de fulanas y chulos. La semana pasada hubo una chica que conocía sus derechos. En lugar de ir allí, fue al tribunal superior. Le cayeron tres meses. ¿Te apetece pasar una temporada en la cárcel de Holloway?
-No, no me apetece.
-Pues empieza a cooperar.
-¿Qué quiere?
-Eso está mejor. Dime el nombre de tu jefe.
-Arthur Springer.
-Y yo soy la reina de Rumanía. Su verdadero nombre.
Ella se encogió de hombros.
-Attilio algo. No sé el apellido.
-¿Y qué es eso de que soborna a la policía?
Jeannie alzó la vista hacia mí. Unos ojos muy abiertos y duros. Parecía preocupada.
-Oiga, se lo ruego, no sé nada de esto.
Asentí con la cabeza despacio.
-Muy bien. Lo dejaremos así. ¿Qué le has contado a mi amigo?
-No he dicho nada.
-Exacto. Verás, a mi amigo se le ha metido en la cabecita que se ha cometido un delito importante. Tú no sabrás nada de eso ¿verdad?
Ella negó con la cabeza despacio.
-Eso está bien. -Sonreí-. Te ha gustado mi amigo, ¿verdad?
Ella esbozó una sonrisa insulsa.
-Es mucho más simpático que usted.
Simpático. Por un momento, su expresión se suavizó. Como la de un niño. Durante ese instante pareció muy serena. Hermosa. Un anhelo terrible en su interior. Deseo. Pensé en lo mucho que debía odiarme. Me hizo sentir vacío.
-A lo mejor le darías un revolcón gratis -dije con desprecio.
Su cara tensó su disgusto.
-Cabronazo asqueroso -murmuró ella en voz baja, desdeñosa.
De repente sentí unos celos inexplicables. No lo entendía. Entonces pensé: A lo mejor Dave se ha enamorado de la fulana. A lo mejor se trata de eso. No me extrañaría. Decidí poner fin a todo lo más rápido posible.
-Bueno, Jeannie -anuncié-. Hoy es tu día de suerte. Solo vamos a amonestarte.
Me levanté, y la silla chirrió contra el suelo. Jeannie me miró frunció el ceño.
-Vamos, cariño. Te dejamos marchar.
Ella rodeó la silla en dirección a la puerta. Esos jodidos malteses pueden ser brutales. Una vez vi a una puta a la que le habían rajado la cara con una navaja de afeitar. De oreja a oreja. Evidentemente, no se había portado bien, pero se negó a declarar contra el chulo. La pobre tonta estaba muerta de miedo.
Y entonces lo dejé pasar.
-Te conviene dejar ese negocio, Jeannie -dije en voz baja detrás de ella-. No es saludable.
Una vez fuera, tuve una charla rápida con Dave.
-No va a decir nada. La voy a soltar. ¿Te parece bien?
-Sí, claro -asintió él de buena gana.
Dejé que Dave se la llevara. Recorrieron el pasillo charlando entre ellos. Sentí celos, por supuesto, pero también inquietud; tenía una vaga sensación que no me quitaba de encima. Algo no iba bien o algo estaba a punto de ir mal.

FIN

Nota: 10. swinning sixties + Londres + gangsters= PER FEC TA

“-¿Y nunca te sentiste tentado de unirte al partido?
-No. Mi viejo quería, claro. Pero yo nunca le vi el sentido. El comunismo es un tinglado para pobres. No tienen nada y quieren compartirlo contigo.”

pág. 374

DELITOS A LARGO PLAZO
Jake Arnott

Prólogo de Rodrigo Fresán
Traducción de Fernando Garí Puig

Mondadori – Roja&Negra
Primera edición: enero de 2009

Comentario en el blog Ven que te llevo

Entrevista  a Jake Arnott

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NUESTRA PANDILLA – Philip Roth

3 Marzo, 2009

[páginas 173-174]

Y, una vez recibida esta nueva orden, ¿qué fue lo que hizo Satán? Voy a leéroslo, tal como está en la Biblia: “Y salió Satán de delante de Jehová e hirió a Job de una mala sarna desde la planta de su pie hasta la mollera de su cabeza”.

Y ¿guardó Satán la vida de Job, como Dios le había ordenado? Me temo que la respuesta es sí, que eso fue precisamente lo que hizo.

Estoy seguro de que todo recordamos el triste final de aquella historia. Job no perdió su fe, sino que la mantuvo fuerte y aumentada. Y el Señor, como aquí queda registrado, “le entregó a Job el doble de lo que poseía antes”.

(Tricky cierra la Biblia. Se enjuga rápidamente el sudor de las escamas con el dorso de la garra.)

Mis queridos compañeros de Condena, desafío a Satán a que refute estas acusaciones que acabo de hacerle. Desafío a Satán a que niegue su papel en el caso de Job. Lo desafío a que niegue que intervino voluntariamente y sabiendo muy bien lo que hacía, en provecho de los enemigos jurados del Infierno. Lo desafío a que niegue que si aquello no constituyó un acto de pura y simple traición, fue por lo menos una rotunda desatención de los intereses de los Réprobos, como si Satán hubiera estado al servicio de los Justos.

Ahora bien, Satán preferirá calificar estos actos de “malvados” y “diabólicos”. Pero a lo que hizo yo lo denomino rendirse; y voy a deciros otra cosa: así es como lo denominan los líderes del Cielo, también. Porque, no nos llamemos a engaño: conozco bien a los del otro lado. Me he entrevistado con sus representantes. Sé lo despiadados y fanáticos que son, y, puedo asegurároslo, si os rendís a su Voluntad, si con ello pensáis que evitaréis la consagración de una sola alma a su Bondad, cometéis un grave error. Lo único que conseguiréis es aumentarles el apetito. Porque este Dios de la Paz no quiere solamente a Job. Quiere a todos los Job. Y si no le salimos al paso, todas y cada una de las veces, llegará el día, amigos míos en que lo oiremos aporrear las Puertas del Infierno.

Y por eso os digo que ha llegado el momento de no seguir apaciguando al Dios de la Paz. Por eso os digo que ha llegado el momento de intensificar nuestras actividades y lanzar una nueva ofensiva en esta batalla por las mentes y los corazones y las almas de los hombres. Porque no es otra cosa que una batalla ideológica, lo que sostenemos; y por eso necesitamos un Demonio que esté dispuesto a defender sus ideales y sea capaz de defenderlos. Lo que no cuenta no es el tamaño ni la edad de los cuernos que cada uno tenga; es lo se sepa hacer con ellos. Es nuestra vida entera lo que debéis juzgar aquí. Es el objeto de nuestros afanes. Es todas las cosas en que creemos. Lo que estoy tratando de deciros esta noche es que la marea de la Historia está de nuestra parte, y que sabremos mantenerla a nuestro lado, porque nuestro lado es el bueno, es decir el lado del Mal. Y no nos llamemos a engaño: si salgo elegido, intentaré, como Demonio, que el Mal acabe imponiéndose; intentaré que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no tengan que conocer jamás el terrible flagelo del Bien y de la Paz.

Gracias.

LUEGO VI A UN ÁNGEL QUE BAJABA DEL CIELO Y TENÍA EN SU MANO LA LLAVE DEL ABISMO Y UNA GRAN CADENA, DOMINÓ AL DRAGÓN, LA SERPIENTE ANTIGUA, QUE ES DIABLO Y SATANÁS, Y LO ENCADENÓ POR MIL AÑOS. LO ARROJÓ AL ABISMO, LO ENCERRÓ Y LE PUSO ENCIMA LOS SELLOS, PARA QUE NO SEDUZCA MÁS A LAS NACIONES… APOCALIPSIS

FIN

Nota: 7. Hasta con Roth cuesta leer sobre Nixon.

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NUESTRA PANDILLA
Philip Roth

Traducción de Ramón Buenaventura
Literatura Mondadori

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ÍNDICE

Nota del traductor

1. Tricky reconforta a un atribulado ciudadano
2. Tricky da una conferencia de prensa
3. Tricky sufre otra crisis, o Conferencia de los Cerebrines
4. Tricky se dirige a la Nación (el famoso discruso “Algo huele a podrido en el Estado de Dinamarca”)
5. El asesinato de Tricky
6. En la senda del retorno, o Tricky en el infierno

Comentario en el blog Ladridos crepusculares

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ÁNGULOS MUERTOS – Rubén Figaredo

28 Febrero, 2009

[páginas 168-170]

La cruzada báltica por la libertad ha utilizado siempre la música como arma. El primer festival nacional de la canción se celebró en Estonia en 1869. En agosto de 1989 se produjo el acto más multitudinario de la Revolución Cantada, que pedía la independencia de la Unión Soviética. Unos dos millones de estonios, letonios y lituanos formaron una cadena humana de más de 560 kilómetros que unía las capitales de las musicales repúblicas. Privada de la imprenta y la lengua por las sucesivas potencias extranjeras. Letonia sólo ha podido conservar su esencia gracias los romances cantados que pasaron de generación a generación, demostrando que la memoria es incombustible mientras quede alguien vivo para contarlo. A sólo unos kilómetros de Riga se abre la herida del antiguo campo de concentración de Salaspils. Aquí perecieron la práctica totalidad de los judíos letones. La indiferencia local ante el holocausto se debe a que durante décadas los hebreos fueron los propietarios de los medios de producción, explotaron y miraron por encima del hombro a la población local, tratando a la cultura y la lengua vernácula como una “cosa de campesinos”. No es extraño, ya que San Agustín y los padres de la iglesia siempre defendieron, en algunas de sus tan queridas discusiones bizantinas, que antes de la confusión de lenguas de la Torre de Babel el hebreo había sido realmente la lengua originaria de la humanidad y, después del incidente de la confusio linguarum, había sido preservado por el pueblo elegido. Así, dando fe de las marcas  de los sucesivos yugos llegamos a la católica Lituania, el último país en abrazar al oso romano y abandonar sus ritos paganos. El país tiene otras dos religiones, una es el baloncesto -aquí hasta la policía se inclina respetuosamente ante un conciudadano de Paul Gasol- mientras te multan. La música cierra esta santísima trinidad de devociones, el Certamen de Música Popular se celebra cada cuatro años y puede congregar a cientos de miles de personas cantando la misma canción en anfiteatros al aire libre.

Atravesando autopistas falsas custodiadas por celosos guardianes, enemigos de Marinetti, llegamos al corazón de la región del ámbar. Primero Palanga, con sus suburbios en los que sobrevivían los rusos, esos fantásticos esclavos que durante toda la historia parecen no saber vivir sin un dueño. De cualquier forma, los palanganeros del statu quo, no conocen fronteras, disponen de un hábitat muy amplio, viven muy bien gracias al miedo y la necesidad de los otros.

Las nuevas necesidades, y los miedos recientes, parirán nuevos esclavos. Las cosas no son, son tal y omo somos, y nuestra libertad para ir y venir nos acerca al punto final de esta singladura, la lengua de arena de Nida, a la que se accede desde el puerto de Kláipeda tras un corto trecho en transbordador. En una casa del pueblo pasó los veranos de 1930 y 1931 Thomas Mann. La mitad de este parque natural, en el que es preciso pagar para entrar, pertenece al oblast de Kaliningrado, el Könningsberg prusiano en el que nacería Immanuel Kant, y que pasaría a Moscú tras la capitulación occidental de Postdam. Las dunas de Nida, pomposamente conocidas como “el Sahara lituano” se asoman en su cara este a un quieto espejo que parece el aceite de una instalación de Wilson, y en su lado oeste a un mar rabioso, también un poco aceitoso, donde unos pocos valientes doman las olas en sus tablas de fibra. Es hora de volver, un barco espera en Tallin.

Este es también el final de estas Cartas Bálticas, que por los caprichos del destino han coincidido con el final de este año impar, que siempre recordaré como “el año de mi tesis”. Aquel en el que me doctoré con honores, aunque no hay mayor honor que contar con vuestra atención benevolente. Mi única intención es explicarme lo que vivo escribiéndolo y compartir mis inquietudes de “homo digitalis” con vosotros.

Esta carta a los caballeros de Livonia pretende agradecer lo que me han enseñado, que la riqueza no es optar a lo que sólo está vedado a las economías más potentes, sino valorar aquello que no está definido por su precio, lo que sólo los ricos de espíritu saben valorar.

FIN

Nota: 5. Los viajes bien y mucho bla bla personal y prescindible.

Ángulos muertos

Ángulos muertos

ÁNGULOS MUERTOS. NUEVAS ENTREGAS PARA VIAJEROS

Rubén Figaredo

Cicees, Abril de 2008

Colección Máquina de las palabras

Artículo en El Comercio digital

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TUMBAS DE POETAS Y PENSADORES – Cees Nooteboom

26 Febrero, 2009

[páginas 240-242]

EPÍLOGO

Paul Celan

1920-1970

Joseph Roth

1894-1939

He llegado al último de todos los cementerios, que es al mismo tiempo, como si así hubiera de ser, el más triste. Primero un largo viaje en Metro hasta la estación de Villejuif, después otro largo trayecto de autobús, en la línea 285, a la banlieu. Restaurantes marroquíes, oasis y palmeras pintados sobre la entrada, mucho más alegres que todo lo demás que uno puede ver en estos pagos. Cimetière de Thiais, ahí deben de estar Celan y Joseph Roth, dos exiliados al final de su viaje.

Las anchas cancelas de color cemento esperan, poco amigables, al otro lado del bulevar. Apenas hemos empezado a buscar cuando sale del edificio del cementerio una joven negra como una exhalación, señala las cámaras de Simone y nos informa de que aquí no está permitido hacer fotografías en ningún caso. Su insistencia nos deja claro que toda discusión sería inútil. Al poco rato envía al cementerio a dos caballeros en bicicleta, un curioso dúo que vemos repetidamente pasando por detrás de las lápidas, dos espías que nos han puesto. Hay que hacer las fotos entre estas escenas de película. Los dos difuntos, que tenían mucho y poco en común, reposan muy apartados el uno del otro. Cuerpos de color de arena. No hay tierra a la que uno pueda “volver”, no hay campo negro y fecundo, más bien una playa sucia al final del verano, llena de terrones y piedras; un terreno que, a todas luces, no ha visto un rastrillo desde hace mucho tiempo. En febrero de 1933, Roth escribió a Stefan Zweig una carta que pone bien de manifiesto que no albergaba falsas esperanzas: “Entretanto le habrá quedado a usted claro que vamos camino de grandes catástrofes. Con independencia de las de carácter privado -nuestra experiencia literaria y material está ya aniquilada-, todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas. La barbarie ha conseguido gobernar. No se haga ilusiones. El infierno gobierna”.

Hasta qué punto tenía razón sin duda lo experimentaron en sus propias carnes muchos de los muertos de este libro, cada uno a su manera, Benjamin, Bobe, Nabokov, Montale, Machado: exiliados, condenados, víctimas, como también lo fue Stefan Zweig. No es una expresión muy correcta, pero no acierto a decirlo de otra manera: la historia se practica con personas, para ella hacen falta cuerpos y destinos, es preciso revestir la abstracción una y otra vez de nuevo. Roth, de cuya obra la mitad consiste en periodismo clarividente, ya no puede escribir para los periódicos en los que durante los turbulentos años de Weimar, había informado sobre el desempleo, la inflación surreal, el aburguesamiento de la Revolución rusa, las bandas hitlerianas y el fascismo meridional de Mussolini. Vagabundea por ahí mientras todavía se puede, está a menudo en Amsterdam, donde Fritz Landshoff aún puede editar sus libros en Querido, bebe, viaja y escribe, escribe, viaja y bebe, hasta que muere en París en 1939. Para el hombre que aún, en una colaboración por el Wiener Sonnund Montagezseitung del 27 de mayo de 1935, había escrito en tono nostálgico sobre el entierro de su “su” emperador Francisco José y, también, en este artículo, había soñado con una renovación del viejo Reich imperial y real, la anexión de Austria debió de constituir, al igual que las escenas que tuvieron lugar entonces, cuando se obligó a los judíos a limpiar las aceras con cepillos de dientes, una dura humillación. Él fue, como Auden dijo de Freud, an important Jew who died in exilio [un judío importante que murió en el exilio]. Austria debió de llavárselo de este desolado y tedioso rincón que todavía hiede a destierro. Todo lo que Roth había predicho con tanta claridad se cumplió en la vida de Celan, sólo que luego no hubo sitio para la claridad. La lengua en la que Celan quiso escribir sus poemas se vio corrompida como instrumento, fue sumida en la confusión por la mendacidad criminal hasta tal extremo que en su poesía se presenta como una mezcla de silencio y tiniebla, cifrada, en fragmentos que poseen la belleza de las ruinas, como un himno de duelo y despedida. Mientras estoy al lado de su tumba no puedo dejar de pensar en su conversación con Heidegger, que había leído meticulosamente su obra y con el que ya mantenía correspondencia, una conversación que tuvo lugar en su refugio de montaña cerca de Todtnauberg, sobre el cual escribe Rüdiger Safranski en su libro Un maestro en Alemania. Martin Heidegger y su tiempo. Una conversación sin catarsis ni reconciliación, pero de ella surgió un enigmático poema que busca una abertura pero no la encuentra:

Todtanuberg

Árnica, eufrasia, el

trago del pozo coronado

por un dado con una estrella,


en la

cabaña,

la línea escrita en el libro

-¿qué nombre acogió

antes que el mío?-

la lína escrita en

el libro, sobre

una esperanza, hoy,

en la futura (in-

minente)

palabra

del corazón

de un pensador

césped húmedo del bosque, desnivelado,

orquídea y orquídea,

aisladas

lo crudo, más tarde, durante el viaje,

claro,

quien nos conduce,

el hombre

que escucha lo que se habla


los a medias

recorridos senderos

de estacas en la tubera alta,

humedad,

mucha.

Tres años después, la noche del 19 al 20 de abril de 1970, Paul Celan se lanza al Sena y se ahoga.

La última tumba, nuestro camino, que han decidido la intención y el azar, ha llegado a su fin, pero los muertos no nos dejan en paz. Me he sentado a una mesa en Le Tournon, un café del VI Arrondissement, no lejos de los Jardines de Luxemburgo y del Senado. De pronto, Simone ve una placa detrás de mí: “Aquí venía siempre el escritor austríaco Joseph Roth”. Y, debajo, leo en francés estos versos, que escribió sentado ante esta mesa:

Una hora en el lago,

un día en un mar,

la noche una eternidad,

el despertar, el grito del infierno,

el levantar, una lucha por la claridad


Tres años después sufriría un colapso en esta misma mesa y moriría al cabo de cuatro días.

Creo que tal vez este último muerto quería decirnos algo más.

FIN

Nota: 6. Espeso. Para mitómanos de la muerte.

Cees Nooteboom. Amar la vida es también hablar de la muerte


Tumbas de poetas y pensadores. Fotografías de Simone Sassen

CEES NOOTEBOOM

Siruela, 2007

ISBN: 978-84-9841-115-7

TRADUCTOR: María Cóndor Orduña

COLECCIÓN: BIBLIOTECA AZUL SERIE MAYOR

NÚMERO PÁGINAS: 264


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UNA NOVELA RUSA – Emmanuel Carrère

24 Febrero, 2009

 

[páginas 292-295]

Ya ves, hay una cosa que me pregunto a menudo. Tus jornadas son interminables, de las siete de la mañana a medianoche: citas, conferencias, viajes, libros que escribir y leer, nietos para los que no sé cómo encuentras el tiempo de ocuparte con amor, la Academia, recepciones, estrenos, cenas mundanas, y en esta agenda sobrecargada ni un solo intersticio, ni un momento de soledad y retiro. Tienes la cabeza ocupada sin cesar y yo me digo que si hiciera la cuarta parte de lo que haces tú caería derrengado al cabo de una semana. Pero por la noche, cuando vuelves a casa y te acuestas, entre el momento en que apagas la luz y el instante en que te duermes, ¿en qué piensas? Un poco en el torbellino del día, sin duda, en la jornada del día siguiente, en lo que tienes que hacer, decir y escribir, pero no creo que sólo pienses en esto. ¿En qué, entonces? ¿En tu padre, cuyas cartas relees a veces, y con el que a veces sueñas que vuelve? ¿En tu hijo, al que tanto quisiste, que tanto te quiso, y del que hoy estás tan alejada? ¿En la niña que fuiste, la pequeña Poussy, en el recorrido triunfal y tan difícil de tu vida? ¿En lo que has logrado, en lo que no has conseguido?

Quizá me equivoco, pero creo, mamá, que sufres en esos raros momentos en que estás a solas contigo misma. Y en cierto modo, ¿sabes?, eso me tranquiliza.

Es de lo que quería hablarte en esta carta, de nuestro sufrimiento. Anochece, los transeúntes empiezan a escasear debajo de mi ventana, la tienda de comestibles de enfrente va a cerrar y apagar las luces, pero yo tengo todavía una hora por delante. Lo que creo es que debiste de enfrentarte muy temprano a un sufrimiento espantoso y cuyo origen no era sólo la trágica desaparición de tu padre, sino todo lo que él era: su tormento, su negrura, su horros a la vida, de la que te hizo su confidente. El hombre al que más amabas en el mundo se consideraba algo podrido sin remedio: algo que yo también pienso por mi cuenta. Tuviste que cargar con ello. Y, también muy temprano, optaste por negar el sufrimiento. No sólo por ocultarlo y aplicar lo que tú misma dices que es la máxima de tu vida, never complain, never explain: no, por negarlo. Por decidir que no debía existir. Fue una elección heroica. Creo que fuiste heroica. Desde la chica pobre y radiante de la que tanto me gusta contemplar las fotos hasta la apoteosis social de estos últimos años, has seguido tu camino sin desviarte nunca, con una determinación y una valentía que me dejan atónito, pero en este camino por fuerza has sufrido muchos daños. Te prohibiste sufrir pero también prohibiste que se sufriera a tu alrededor. Ahora bien, tu padre sufrió, como condenado que era, y el silencio sobre este dolor, más aún que su desaparición, lo convirtió en un fantasma que atormenta la vida de todos nosotros. Tu hermano Nicolas, sufre. Mi padre, tu marido, sufre. Yo sufro y también mis hermanas, aunque no me arrogue aquí el derecho de hablar en su nombre. Tú no nos negaste, no, tú nos amaste, hiciste todo lo que estuvo en tu mano para protegernos, pero nos negaste el derecho de sufrir y nuestro sufrimiento te rodea hasta el punto de que era necesario que alguien lo asumiese un día y le diera voz.

Estabas orgullosa de que yo fuera escritor. A tu juicio, no hay nada mejor. Fuiste tú la que me enseñó a leer y me inculcó el amor a los libros. Pero no te gustó la clase de escritor en que me he convertido, el tipo de libros que he escrito. Habrías querido que fuera un escritor como, no sé, Erik Orsenna: un hombre feliz o que, en todo caso, lo parece. A mí también me habría gustado. No he podido elegir. Recibí como legado el horror, la locura y la prohibición de expresarlos. Pero los he expresado. ES una victoria.

Escribo estas últimas páginas y te imagino leyéndolas dentro de unos meses, cuando salga este libro. Sé que lo que antecede te ha hecho sufrir, pero creo que sufriste aún más durante todos aquellos años en que sabías, aunque yo nunca te lo hubiera dicho, que yo estaba escribiéndolo. No nos hablábamos, o muy poco. Tenías miedo y yo también. Ahora ya está hecho.

 

Quisiera contarte un recuerdo de infancia. Era en la piscina, al sol, en vacaciones. Tendría unos cinco o seis años y aprendía a nadar. El monitor me sostenía a flote mientras me hacía atravesar la piscina. Tú estabas sentada en el otro extremo, en los escalones, con los pies en el agua, y no me perdías de vista mientras yo recibía la clase. Llevabas un bañador de una pieza, de rayas blancas y negras. Eras joven, eras hermosa, me sonreías y yo te amaba como desde entonces no he podido amar a ninguna mujer, ninguna ha reunido los requisitos necesarios, excepto, ahora, mi hija. Atravesar la piscina quería decir ir hacia ti. Me mirabas acercarme y yo, con la barbilla fuera del agua, la mano del monitor debajo de mi vientre, te miraba mirarme y estaba increíblemente orgulloso de aproximarme a ti nadando, de que tú me mirases mientras nadaba.

Es extraño, pero algunas veces, al escribir este libro, recobré aquella sensación inolvidable: la de nadar hacia ti, atravesar la piscina para ir a tu encuentro.

Es hora de partir. Voy a cerrar este cuaderno, apagar la luz, devolver la llave de la habitación. La recepcionista, que ayer, cuando llegué, me recibió como a un viejo conocido, seguramente me dirá, riéndose: da skórava, hasta pronto, y yo responderé da skórava, pero será mentira. Recorreré por última vez hasta la estación las calles nevadas de Kotelnich. Aguardaré en el frío la llegada del tren. Mañana por la mañana estaré en Moscú, pasado mañana llegaré a París y me reuniré con Hélène, Jeanne, mis hijos. Seguiré viviendo y luchando. El libro ya está terminado. Acéptalo. Es para ti.

 

FIN

Nota: 8. Un cabrón que escribe muy  bien.

 

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

UNA NOVELA RUSA

Emmanuel Carrère

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama

 

Artículo en Letras Libres

Artículo en El Mundo